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Full text of "Los Misterios Del Plata Juana P. Manso"

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ESCRITA EN 1846 

POR 

Juana P. Manso de Noronha 

Ik, 



X. TOMMASI 

19 0 0 



LOS 


MISTERIOS DEL PLATA 

s NOVELA 

HISTÓRICA ORIGINAL 

POR 

JUANA P. MANSO DP NORONHA 



BUENOS AIRES 

Imprenta “Los Mellizos’’ 


18 9 9 






« PALABRA SOIRE ESTE LIBRO 


Al poner á esta obra el título de “Misterios 
del Plata”; no es mi ánimo imitar los Misterios de 
Parts de Eugenio Stic,' ni hacer otros Misterios de 
Londres. 

Mi país, sus costumbres, sus acontecimientos 
políticos y todos los dramas espantosos de que sirve 
de teatro luí ya tantos años, son un misterio ’ para 
el mundo civilizado*. 

Misterios negros como el abismo , casi increí- 
bles en esta ¿poca y que es necesario que aparezcan 
á la luz de la verdad para que el crimen no pueda 
llevar por mas tiempo Ja máscara de la virtud; para 
que los verdugos y las victimas sean conocidas y el 
hombre tigre — conocido hoy con el nombre de Juan 
Manuel Rosas, ocupe su verdadero puesto en la his- 
toria contemporánea; el de un tirano atroz y sangui- 
nario tan hipócrita como infame. 



4 — 


Si la sangre de mis conciudadanos no grita- 
ra venganza! de continuo me bastaba haber nacido 
sobre aquella desventurada tierra para, no permitir 
que su verdugo y mas cruel opresor sea considera- 
do, un valiente y viejo paladín de la libertad. Es 
necesario que el mundo entero sepa lo que los Ar ^fu- 
tinos deben á ese Rosas, oprobio y vituperio <j| la 
humanidad entera. 

“Los Misterios del Plata”, van d ofrUkr 
can los hechos históricos y leales un amplio conoci- 
miento de esos países, desconocidos por unos y ca- 
lumniados por otros. Llamamos la atención de los 
lectores sobre las notas de este libro. 


LA AUTORA. 


Nota:— E l lenguaje empleado en esta obra es casi seme- 
jante al que se usa en el país, y si alguna diferencia tiene 
es en ventaja; es decir, menos grotesco. — (La Autora). 



CAPÍTULO I. 


La Estancia 


Era una hermosa tarde de otoño de 1838. La 
vegetación empezaba á cubrirse de ese velo oscuro, 
de ese tinte fúnebre que anuncia la proximidad del 
invierno. 

El sol terminaba su diurna carrera coronando 
el horizonte por nubes de zafir y de esmeraldas, el 
resto del cielo estaba puro y azul, azul del Plata 
tan aterciopelado y triste. 

Una breve brisa doblaba apenas los tallos de 
las blancas y rojas margaritas que esmaltan los cam- 
pos de Buenos Aires, besaba la frente de la pen- 
sativa violeta entre sus verdes hojas mientras que 
el corpulento y triste ombú continuaba en su des- 
deñosa inmovilidad por que solo los silbidos del pam- 
pero podían curvar su copa colosal. 

A lo lejos volaban espantados los repugnantes 
chimangos, las blancas gaviotas iban graznando á es- 



— 6 — 


conderse entre los huncos de la laguna, entremez- 
clándose á los gritos de estos pájaros el agudo y 
fatídico chillido del chajá que atravesaba allá á lo 
lejos el desierto!. 

Los relinchos de los potros, el bramar de los 
toros, los balidos tristes del cordero, el ladrar* de 
los perros y el galope seguro de los caballos reso- 
nando por el campo, todo anunciaba en fin del di% 
la terminación de los afanes del campesino que des* 
pues de un dia entero de fatiga se recoge á sus 
ranchos para gozar algunas horas de reposo y solaz 
en el hogar doméstico. 

Aquel que no ha atravesado las verdes y de- 
siertas llanuras de Buenos Aires, que no ha aspira- 
do el agreste perfume de las flores que en el verano 
esmaltan sus campos, que no ha -visto las secas y 
parduzcas ramas del cardo elevar sus 'vástagos es- 
pinosos en el invierno; no puede comprender toda 
la poesia que encierran los cuadros de la vida del 
campo, en el Sud de América!. 

En medio de una verde y dilatada llanura se 
elevaba á algunas leguas del ancho Paraná, la es- 
tancia de uno de los sicarios del tirano argentino. 
Esta casa hecha de cal y ladrillos cuyas habitaciones 
eran cómodas y regularmente amuebladas, era lo que 
se llama en el lenguaje del campo “una azotea”. 

A su lado bien que un poco apartado se ele- 
vaban los ranchos, como una tradición viviente del 
origen primitivo de la estancia. Toda estancia tie- 
ne sus ranchos que forman los dos departamentos 



esenciales de la casa. En primer lugar la cocina, 
que siempre es un rancho grande (el rancho, quiere 
decir una casa con las paredes hechas con algunos 
palos groseros cubiertos de barro y estiércol, y el 
techo de paja) en segundo lugar es el galpón. 

La ramada es siempre cubierta pero no siem- 
pre tiene paredes. La ramada dá cabida de dia á 
algunos instrumentos de labranza, de noche es .el 
dormitorio general de los peones, menos el capataz 
que generalmente tiene su cuarto. 

La cocina es un cuarto sin adornos de especie 
alguna — talvez una mesa donde amasan el pan ca- 
sero que sirve para el gasto de la estancia; en el 
medio del suelo de esta es el lugar donde siempre 
arden trozos de leña habiendo alrededor algunas cabe- 
zas secas de animales, que sirven de asiento y en un 
rincón del cuarto están dos ó tres ollas de fierro con 
altos piés y los indispensables asadores, especies de 
barras de hierro para ensartar la carne del asado. 

• En cuanto á la ramada, fuera de los instru- 
mentos de labranza, nada mas hay en ella. Tanto 
el gaucho como el peón, su cama consiste en su re- 
cado ó como ellos llamaü apero, duerme vestido, y 
su cuchillo, su lazo, las bolas y el tirador, todo 
.queda con él dia y noche y mientras vive, faltarles 
estos aderezos, es faltarle un miembro de su cuerpo, 
un brazo, una pierna. 

La estancia de que hablamos era rica y bien 
acondicionada, pero como no haremos mas que entre- 
verla de lejos, sentada en su verde llanura, rodea- 



— 8 — 


da de su indispensable plantación de duraznos, con 
su tambo, su tranquera y su palenque al frente y 
costados, no nos detendremos á examinarla mas. 

La hora del descanso de las fatigas diurnas 
había pues llegado para el habitante del campo. 
Una vez llegados á las casas queda solo encerrar 
los ganados en sus respectivos corrales que son en 
tanto número y dimensión cuanto es necesario á los 
trabajos y riquezas lie la estancia; atar las vacas 
lecheras en el tambo, los caballos á soga con su 
cena en el palenque y cerrar la tranquera. 

Una vez llenas estas últimas operaciones, el 
mate circula alegremente y después de una hora de 
reposo cada uno come con buen apetito un pedazo 
de asado y bebe una taza de caldo. 

La noche era una de esas noches sin luna de 
cielo transparente y estrellado llena de poesía y de 
misterio. 

Los habitantes de la estancia, sentados en cír- 
culo uno á la par de otro escuchaban en silencio aquel 
de entre sus compañeros que al compás de una me- 
lodiosa guitarra cantaba unas sentidas décimas de 
amor, verso sin pulimento hijo del corazón ó del 
dolor que los dictó, música tan selvática y sentida co- 
mo las palabras, tristes y monótonas como el desierto. 

El cantor había dado al viento la última frase 
de su canto y la mano apoyada con negligencia so- 
bre su guitarra, parecía bajo la impresión de la mú- 
sica que acababa de ejecutar, sus compañeros en si- 
lencio parecían escucharle todavía. — De repente en 



— 9 — 


medio del silencio resonó el eco fatídico del gallo. 

Las nueve y media! dijo una mujer de la 
rueda— al mismo tiempo resonó á lo lejos el galope 
igual y mesurado de un caballo.... 

Oyes? preguntó uno de los peones al otro que 
estaba á su lado. 

Es un caballo solo, dijo tomando la palabra el 
mas viejo del círculo. 

Poco tardó el ladrido de los perros en anun- 
ciar que el pasajero que á aquella hora cruzaba por 
el campo se dirigía á la estancia misma; un relin- 
cho lejano, advirtió que su caballo reconocía la ha- 
bitación, y los relinchos de los otros caballos le res- 
pondían dándole bienvenida, los perros reconocien- 
do sin duda un amigo cesaron de ladrar y un mi- 
nuto despue; un hombre á cabedlo pasaba en la 
tranquera. f 

— Abrid; gritó el desconocido — traigo órdenes 
apresuradas y un despacho para el Sr. Juez de Paz; 
me manda S. E. el Ilustre Restaurador. 

A esta palabra mágica, la tranquera se abrió y 
dió paso al ginete y su alazan. 

El Juez de Paz, que era el dueño mismo de la 
estancia, salió en persona á recibirlo y haciéndolo 
entrar á la sala, cerró la puerta tras sí, quedando 
á solas con el enviado de su amo. 



CAPÍTULO II. 


El gancho Miguel 


Así se llamaba el personaje que á hora tan 
inusitada llegaba á la estancia con un mensaje tan 
importante. 

Miguel, era uno de esos seres infelices aban- 
donados por una madre criminal en la puerta de 
un hospicio. La nodriza que le dieron era campe- 
sina, así él se crió en el campo y desde la edad de 
catorce años era gaucho. 

Prefería la libertad del desierto á cuanto pu- 
dieron ofrecerle de bienes y comodidades; su caba- 
llo tordillo era todo su tesoro, era el único que 
tenia, su guarda ropa lo llevaba consigo y no obs- 
tante, Miguel siempre andaba aseado, porque él mis- 
mo tenia cuidado cada dos dias, de lavar su ropa 
en el arroyo que hallaba al paso. 

Ninguno de los arreos indispensables á la per- 


11 


sona y al caballo del gaucho le faltaban, y todos en 
el mejor estado posible. 

Como era bien comportado todas las puertas 
le estaban abiertas; después de eso, Miguel era tan 
silencioso, tan comedido que era generalmente que- 
rido por todos los estancieros. 

Su estatura alta, su talle flexible y delicado y 
sus maneras suaves al paso que tenían la natural 
tinte selvática debida á su estado y educación. 

Con todo, su aire era distinguido y su fisono- 
mía triste al paso que regular no carecía de un cier- 
to tinte poético. Era demasiado blanco para un 
campesino; sus cabellos finos y rubios le caían sobre 
los hombros en rizos naturales; sus ojos grandes, 
azules, una extraña espresion de audacia y altivez; 
su nariz, pequeña y cerrada indicaba un carácter 
disimulado, su boca pequeña y punzó estaba guar- 
necida de unos dientes blancos y pequeñitos, era la 
boca, de un niño; con todo, si abandonaba su natu- 
ral seriedad, era solo para marcar en ambos lados 
del rostro dos imperceptibles líneas de un desden 
sin límites. Miguel, era uno de esos hombres que 
han nacido para ser un ángel ó un demonio!. StC 
voz era un poco velada pero profunda en sus mo- 
dulaciones, su palabra corta y mordaz, su marché 
lenta y segura como de un hombre que no conoce 
el miedo. 

Su inteligencia natural lo elevaba sobre todos 
sus compañeros y como payador era considerado 
el mejor de los dos lados de la Provincia, Sud y Norte. 



12 — 


Miguel, era el mas afamado domador, y el va- 
quearlo mas seguro, porque desde Buenos Aires 
hasta el pié mismo de los Andes era fama que el 
conocía á ciegas, y los mismos pampas del desierto 
al verlo cruzar en su tordillo las calladas llanuras 
de la Pampa se contentaban con saludarlo amigable- 
mente desde sus toldos y ofrecerle un pedazo de 
yegua azada y á veces alguna linda jerga como pre- 
sente de amistad; después de eso Miguel podía con- 
versar con ellos porque sabia su lenguaje. 

Entre los diferentes estados que tomaba ó ejer- 
cía contaba también el de chasque, era reconocido por 
su discreción, prontitud y diligencia en desempeñar 
cualesquier misión, y por eso el ojo perspicaz del 
tirano había sabido escogerlo entre tantos otro9 
gauchos que llevaban aquella vida errante é incierta. 

Miguel había rehusado todo empleo ó distin- 
ción, pero Rosas tan montaraz como él, conocía las 
guaridas del gaucho y lo mandaba llamar siempre 
que una comisión delicada se ofrecía, en que temie- 
se escribir, porque entonces la palabra servia á sus 
fines, porque la palabra proferida, solo deja tras sí 
V’ recuerdo de lo que fué, mientras el papel es un 
ócpumento peligroso que mañana puede aparecer 
¿vímo un testimonio importuno: y el astuto déspota 
bien conocía sus intereses en esta ocasión, para no 
fiar á la pluma sus órdenes que después de ejecu- 
tadas debían tomar el carácter en su resultado de 
un exceso de adhesión por parte de sus partidarios. 

Miguel era pues el mensajero mas seguro y 



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discreto que se podía encontrar. A pesar de su na- 
tural inteligencia y buenas cualidades no podía juz- 
gar hasta que punto se envileció sirviendo los odio- 
sos y sanguinarios fines del tirano, que él conside- 
raba bueno y justo porque tenia sus maneras y su 
lenguaje, porque era el gobernador de la Provincia 
que Miguel creía legítimamente electo, y después 
de eso sin nocion de ningún género, sobre el dere- 
cho de cada hombre, y sobre el verdadero sentido 
de la palabra «Libertad»; no creía obrar sino muy 
bien sirviendo al Dictador, á quien por otra parte 
estimaba personalmente, porque aunque rico y pre- 
sidente, le daba la mano, lo hacia sentar en su pre- 
sencia, tomaban mate juntos y conversaban larga- 
mente de caballos, de yeguas, de trillas, de aperos, 
de potros y de todo aquello que pueda interesar 
la atención del gaucho y luego el gobernador siem- 
pre terminaba diciendo: 

— Amigo Miguel no deje de venir de vez en 
cuando á tomar un cimarrón». 



CAPÍTULO III. 


El Juez de Paz del Baradero 


Así que el Juez de Paz hubo cerrado la puer- 
ta de la sala, sentóse al lado de una gran mesa 
que se encontraba en el medio del cuarto, é hizo 
señas al mensagero de que hiciera otro tanto. 

El Juez de Paz del Baradero, era uno de los 
mas viles esclavos del tirano, porque ni era un 
hombre tan falto de luces y de esperiencia que no 
reconociese el horrible sistema á que se vendía. 
Era una de esas figuras vulgares y estúpidas que 
solo son susceptibles de trocar su natural nulidad 
para tomar el carácter de fieras carniceras. 

Una vez sentados ambos personajes, trataron 
de examinarse mutúamente á la manera de los 
gauchos: es decir, con esa ojeada oblicua tan rápi- 
da como el pensamiento, y que es peculiar á núes- 
ros campesinos. 


15 — 


La desventaja quedaba toda de parte del Juez 
de Paz que no solo como hombre de ciudad no 
poseía perfectamente esta manera de investigación, 
sino que ( lidiaba con antagonista muy superior en 
inteligencia y diplomacia. 

Después de una corta pausa, empezó el Juez 
de Paz la conversación, porque entendió que el 
mensagero se limitaría solo al rol de dejarse inte- 
rrogar. 

— Viene del pueblo amigo? — Preguntó el Juez 
de Paz. 

— Es verdad — respondió el otro arrojando so- 
bre el interrogante una mirada oblicua como si 
quisiera penetrarle al fondo del alma. 

— Habló con el viejo? — continuo el Juez. 

— Así fué: — replicó Miguel. 

— Por supuesto que le platicó de mi. 

— Mándale muchas memorias y este decreto 
que hará usía publicar mañana en el pueblito y 
el domingo después de misa por el teniente Alcal- 
de. Y al acabar de decir estas palabras sacó Mi- 
guel de debajo de su poncho bichará, un pliego 
cerrado con los sellos de la República. 

El Juez abrió el pliego y pudo comprender 
por la ninguna importancia de su contenido, habi- 
tuado por otra parte á las astusias de su amo, que 
aquella no era sino la capa de algún misterio y que 
la verdadera misión del mensagero era otra. 

El decreto en cuestión era sumamente favora- 
ble á los habitantes de aquel distrito, doble nloti- 



16 — 


vo para sospechar que se exigía la parte de 
ellos alguna prueba de adhesión. 

Después de una breve pausa en que el Juefc 
de Paz hacia estas reflexiones y su compañero ¿ 
echaba en silencio las inacabables ojeadas oblicuas, 
procuró reatar el hilo de una conversación q«e 
había terminado el primer capítulo de la embajada; 
esperando para el fin el verdadero desenlace. 

— ¿Qué novedades corren por el pago de 
los puebleros? — preguntó el Juez. 

— Barcos que suben el Paraná, — dicen por 
allá que hay, — replicó Miguel. 

— ¿Cómo cuantos serán? 

— Yo no sé más que de unos, — y esta fué 
acompañada de una mirada significativa. 

— Ah! — dijo el Juez. 

— Parece — continuó el joven — que viene de 
pasajero un enemigo de la Patria. 

— Un salvaje unitario! — exclamó el Juez pa- 
rando las orejas como el tigre á la proximidad de 
su presa. 

— Es posible, — dijo Miguel, — según informa- 
ron al viejo, en mi presencia. 

— Entonces es preciso que esta noche mis- 
ma me ponga de vigía con gente armada en la 
costa del Paraná. 

Basta; conque allá nos encontraremos mañana 
á la noche. Vd. tiene que publicar mañana de ma- 
ñanita el decreto que traje: déme dos hombres se- 
guros y bien armados, nada más. 



— Y si el barco llega mañana de día? 

— Según entendí platicar,— dijo Miguel,— no 
debe estar hasta de aquí á dos días, el barco viene 
subiendo la corriente y el patrón es entendido. Esta 
madrugada Vd. me manda á reconocer el monte 
para hacer un corte de leña en él, con dos peones 
de confianza, y mañana á la noche Vd. mismo llega 
en persona para principiar el corte, con toda la 
gente armada porque dicen que andan bullas de 
unitarios. De ahí, cuando el barco enfrente á 
nosotros, el patrón ha de pasar para pedirnos car- 
ne fresca: aqui Miguel miró de frente al Juez y calló. 

El Juez por su parte estalla de boca abierta, 
oyendo al mensagero, entrándole apenas en la ca- 
beza el diabólico é hipócrito plan que por la boca 
de aquel mozo le trazaba su amo. 

Era claro que alguno de los emigrados argén- 
tinos que habían tenido la dicha de escapar de las 
uñas del lobo, se dirigía por el Paraná á Corrien- 
tes ó al Paraguay y que el tirano quería apoderar- 
se de su persona sin aparecer como violador del 
ajeno pabellón, bajo el cual se había confiado la 
persona contra quien se tramaba tan inicuo plan; 
era claro que este infeliz estaba vendido desde 
Montevideo de donde era probable que venía, ciu- 
dad dominada entonces por Dn. Manuel Oribe, hoy 
verdugo y teniente del tirano asesino Rosas, i 1 ) 


(!) Debe tenerse presente la í-poeo 1846, en que se 
escribió esta obra.— (Nota del recopilador). 



18 — 


El decreto debió escitar entre aquellos habitan- 
tes tanto reconocimiento como entusiasmo. Luego 
en seguida, estando en la faena de cortar leña á la 
orilla del río, apareció un enemigo del sociego pú- 
blica: andaban bullas de unitarios, quién sabe si 
aquel no venía á desembarcar en la Provincia para 
atentar á la tranquilidad del país, ó á la preciosa 
vida del restaurador!... 

Era tan natural que aquel Juez de Paz y los 
vecinos del distrito en prueba de gratitud le ofre- 
cieron la cabeza de aquel salvaje unitario que en- 
contraban al paso! 

Faltábale saber al Juez de Paz si el sujeto en 
cuestión debía ser remitido vivo ó si sólo su cabe- 
za separada del cuerpo, debía llegar á Buenos 
Aires. 

Con este fin interrogó á Miguel en estos tér- 
minos: 

— ¿No le parece amigo que haríamos un 
bien de agarrar ese picaro unitario que quien sabe 
lo que viene á hacer por aquí, y remitírselo al vie- 
jo, vivo ó muerto ? — Y en la reflexión con que fue- 
ron pronunciadas estas últimas palabras estaba 
encerrada la cuestión que decidiría del destino del 
prisionero. 

— Los que mueren, — contestó Miguel con 
voz triste, — nada pueden decir, de nada sirven, al 
instante se vuelven polvo y gusanos, cuando me 
hubieran de regalar un caballo yó prefería que fue- 
ra vivo porque muerto ¿de qué me podría servir? 



El Juez de Paz entendió que no era la vida 
del individuo en cuestión lo que quería el tirano, 
él deseaba el hombre; ¿era en rehenes de la fideli- 
dad de alguno de sus secuaces, ó tan solo ántes de 
darle la muerte quería gozarse, en sus lágrimas? — 
¿Llenarlo de privaciones, de injurias, de oprobios 
de males y darle una lenta y cruel agonía? 

Quien sabe; lo que parecía indudable al Juez 
era que el tal sujeto debía ser muy odiado de Ro- 
sas para quererlo tener vivo entre sus uñas. 

Miéntras él hacía estas reflexiones, Miguel se 
puso de pié, habiéndo concluido su misión. 

Convenidos en todos los puntos diéronse am- 
bos las buenas noches. 

El Juez encerróse con llave y cerrojo; en 
cuanto á Miguel, tomó su recado y tendiéndolo ba- 
jo un colosal ombú al lado de su caballo, no tardó 
en dormirse profundamente. 





CAPÍTULO IV. 

Los pasajeros de la Balandra Constitución 


Era este el noveno día, después que la Balan- 
dra «Constitución» había visto desaparecer tras sí la 
linda población de Montevideo. 

Los pasajeros que traía á su bordo eran: un 
hombre de unos 36 años, una mujer algunos años 
menor y un niño de unos 9 años de edad, que res- 
pondía al nombre de Adolfo. 

Estos personajes componían la familia Avella- 
neda. (’) 


(*j El Dr. Marcos M. Avellaneda, gobernador de Tu- 
cumán y Jefe de la Liga del Norte, joven de grande talento 
y prendas de la mayor estimación fué degollado en Octu- 
bre de 1841 á la edad de 26 años por Manuel Oribe, con 
otros personas, á saber: coronel D. Mariano Acha, Dr. Gor- 
gonio Dulce, Dn. Gregorio Gonzales, On. José Cubas, Espe- 
che, Jefes, oficiales y soldados, los cuales en virtud de una 
capitulación, habían depuesto las armas. 

Pasan estos hechos horribles á la posteridad para 
eterno baldón de sus autores! 

El héroe de este romance histórico es Dn. Valentín 
Alsina; — como se publicase antes de la caída de Rosas, 
se hizo uso del- seudónimo de Avellaneda paro perpetuar 
el márür de Tucumán. (La Autora.) 



El Dr. Avellaneda era el argentino emigrado, 
vendido al tirano por su teniente Oribe, entonces 
presidente de la República del Uruguay. 

Su mujer y su hijo lo acompañaban en este 
viaje, cuyas funestas consecuencias estaban ellos 
bien lejos de preveer!... 

Era un hermoso día del mes de Mayo; tiempo 
había que el sol doraba las copas de los árboles 
que reflectan sus frentes colosales en la limpia cor- 
riente del Paraná. 

El río argentado y sereno apenas se permitía 
algún leve pliegue en la superficie de su cristal, la 
brisa murmurando entre el follaje de los árboles 
venía cargada de los aromas de las moribundas 
flores del otoño, y de las yerbas olorosas que cre- 
cen en las selvas de Sud América. 

La balandra se adelantaba suavemente por en 
medio del río evitando aquí y allá las verdes islas 
que como esmeraldas» flotantes asoman sus curiosas 
frentes de los senos del Paraná. 

Las hojas del verde ceibo, caían secas y ama- 
rillas una á una de su tronco, como una á una 
suenan en la eternidad las horas pasajeras de la 
transitoria vida del mortal... 

La calandria modulaba oculta en el enmaraña- 
do bosque sus suaves cadencias, y el martin pesca- 
dor arrojando su triste silvido, inclinaba su pi- 
co rosado hasta el borde del agua v luego que 
sacaba su presa, huía contento á su nido... algu- 
na vez entre las matas relucían los ojos del ya- 



guareté ó tigre, ó sobre el fayá de las flores granas, 
ostentaba sus hermosos colores el guaá; y allá á 
lo lejos como un gemido de dolor se escuchaba el 
ave agorera de los guaranís, el melancólico curucú 
siempre escondido en el centro de las selvas mas 
impenetrables! 

Los últimos adioses de la vegetación bajo 
aquel cielo puro y azúl, en medio del silencio y de 
la majestad de la naturaleza, tenía algo de tan so- 
lemne y tan melancólico que no basta la palabra á 
describirlo! 

La cubierta de la balandra, presentaba el cua- 
dro siguiente: 

El Dr. Avellaneda estaba sentado hácia un 
costado del barquichuelo; era un hombre alto, flaco 
y pálido. Su fisonomía noble y tranquila era como 
el transparente de una alma más noble pero agita- 
da y combatida por la tempestad de la vida. 

Una barba negra y fina sombreaba su rostro 
varonil; su ancha y calva frente era el asiento de 
la inteligencia y de todas las más distinguidas fa- 
cultades del espíritu; su nariz aguileña y regular, 
su boca pronta á la palabra y sus ojos negros á 
flor de rostro, coronados de arqueadas cejas, de 
largas pestañas, y bajo los cuales se veian dos cir- 
cuios violetas, traicionaban el orador locuaz, el lite- 
rato infatigable que ha gastado las mejores horas 
de su juventud en estudios profundos, y tal vez 
el político que luchó para dar á su patria, leyes y 
constitución. El Dr. Avellaneda, tal como acabamos 



— 23 — 


de describirlo, con sus maneras suaves pero dignas, 
con su voz sonora y melodiosa, era uno de esos 
hombres-tipos que una vez vistos no se olvidaban más. 

En el momento de que hablamos, un silencio 
profundo reinaba sobre la cubierta de la balandra, 
solo interrumpido por el ruido de la ''quilla cortan- 
do las aguas, y por todos esos ruidos armoniosos 
del desierto. 

El Dr. Avellaneda, sentado en uno de los cos- 
tados del buque, con una mano sosteniendo su 
frente, con la otra pendiente sobre la rodilla, deja- 
ba girar sus ojos sobre el magnífico panorama vi- 
viente que se desarollaba ante su vista. Su rostro 
expresaba en aquel momento una profunda aunque 
suave tristeza; parecía que una lágrima estaba pron- 
ta á correr por sus pálidas facciones. A medida 
que las lejanas y floridas escenas de su primera ju- 
ventud le venían á la mente, los azahares de la 
vida errante del proscripto le era mas amargos! A 
medida que contemplaba la riqueza y hermosura de 
su suelo patrio, mas amarga se le tornaba su pere- 
grinación sobre la estrada tierra! 

Aquella patria tan bella cuanto amada, aquella 
patria á dos pasos de él y de la cual lo alejaba tal 
vez para siempre, la voluntad de un hombre!... El 
capricho y la tiranía del usurpador de la soberanía 
del pueblo! 

Su mujer sentada á_ dos pasos de él con los 
brazos cruzados sobre el pecho, yá fijaba sus ojos 
sobre las verdes orillas del río, yá con una especie 



— 24 — 


de angustia, sobre el rostro pálido y triste de su 
marido, yá con inquieta ternura sobre la cabeza in- 
fantil de su hijo que recostado sobre el borde, se 
divertía en contar los yacarés que venían según su 
costumbre siguiendo la embarcación, ó yá al oir el 
lúgubre quejido del curucú, con un estremecimiento 
involuntario arrojaba una mirada de desconfianza 
sobre el patrón de pié sobre la toldilla fumando 
tranquilamente su cigarro. 

La mujer de Avellaneda, no era bella, pero 
tenía uno de esos rostros, donde el Señor se com- 
place en grabar en signos misteriosos las nobles fa- 
cultades del alma, su rostro no era bello, pero po- 
seía el difícil don de expresar todos los sentimientos 
con la misma facilidad de la palabra, con la misma 
rápidez del pensamiento, y si las circunstancias lo 
exijían, sabía tomar también una tal expresión de 
estupidez, de indiferencia y de tranquilidad que en- 
gañaría al observador mas suspicaz; porque esta 
mujer, naturalmente viva de imajinación y apasio- 
nada de carácter, poseía á la vez una voluntad de 
bronce y una fuerza tal de carácter capaz de acállar 
y encubrir las sensaciones mas tumultuosas de su 
alma, y su voz sumamente melodiosa, resonaba se- 
gura y llena en el momento de mayor peligro sin 
traicionar sus sufrimientos interiores. 

El patrón de la balandra de pié sobre la tol- 
dilla, fumaba tranquilamente su cigarro. 

Era un hombre bajito y regordeton nervudo y 
velloso de cuerpo, su color era cetrino, estrecha 



-O — 


la frente, pequeños y vivaces los ojos pardos, se- 
mejantes casi á los del gato montes. Una ancha 
cicatriz le atravesaba el rostro barbudo, pero de 
tan singular manera que parecía que el hombre te- 
nía dos caras partidas al medio. 

Era muy raro verlo sonreír, y por lo general 
su rostro presentaba un tipo de estupidez é indife- 
rencia 'que era solo la máscara de su sórdida codi- 
cia v maldad. Este hombre era un genovés llama- 
do Caccioto. 

Dos ó tres marineros sentados á proa y un 
loro ceniciento que decía desvergüenzas en todos 
los idiomas conocidas, componían el cuadro de la 
cubierta de la balandra « Constitución*. 



CAPÍTULO V. 


Explicaciones necesarias 


Mientras que la balandra se adelanta lentamen- 
te por medio del Paraná, conduciendo al Dr. Ave- 
llaneda á las manos del tirano, victima de la mas 
horrible traición, condescienda el lector en volver 
con nosotros algunos dias atrás para ver que cir- 
cunstancias presidieron á tan negra trama. 

El Dr. Avellaneda era como ya sabemos un 
emigrado, mejor diremos un proscripto cuya cabeza, 
ya había sido sido puesta á precio por el tirano. 

Fugitivo y escapado apenas de las garras del 
tigre, vivía pacíficamente retirado en Montevideo 
con su familia, ejerciendo su profesión de abogado» 
con tanto talento como probidad. Pero no era él 
el único proscripto refugiado allí, y el espectáculo 
de aquella emigración laboriosa y honrada, que ga- 
nada casi tranquilamente su pan á la corta, distancia 




de cuarenta leguas de Buenos Aires, era para Rosas 
un espectáculo odioso que le ocasionaba fiebres de 
cólera. Llevado del deseo de sangre y de lágrimas 
que lo devora, hizo un infame tratado con Oribe 
que de Presidente de un pais libre é independiente, 
descendió á ser el ministro de los crímenes de un 
salvaje usurpador. 

Rosas exigió la entrega de los emigrados que 
vivían pacíficos en la capital de la República del 
Uruguay; pero Oribe temió tal vez indignar el pue- 
blo contra sí por tan inaudita é infame felonía y 
contentóse solo con encarcelar los emigrados y en 
seguida mandarlos desterrados al Brasil, donde nin- 
gún recurso se les presentaba para vivir. 

El Dr. Avellaneda había sido de esté número, 
y después de una residencia de algunos meses en 
la isla de Santa Catalina, volvió á Montevideo por 
que su manera de vida, adquirida por tantos años, 
no lo dejaba habituarse á la monotonía de aquellos 
isleños pescadores. 1 

Érale imposible á él, hombre acostumbrado á 
las luchas del foro y á los grandes trabajos intelec- 
tuales, poder pasar sus dias en el ocio y la inacción 

Al volver á un pais del que acababa de ser 
desterrado, su objeto era, arreglar definitivamente 
sus negocios, recoger los restos de su fortuna y to- 
mar consigo á su mujer y su hijo para ir á estable- 
cerse en Corrientes, pais nuevo y que necesitaba 
hombres de algún saber, para tomar una forma mas 
nueva y civilizada: allí pues encontraba él un vasto 



— 28 — 


campo donde ejercitar su actividad intelectual y sus 
luces. 

Una vez en la rada de Montevideo, trasborda- 
do en un buque de guerra hizo su proposición al 
gobierno y esperó la respuesta 

Algunos dias después, Avellaneda recibía de 
manos de Oribe la respuesta que Rosas le había 

trazado desde Buenos Aires Y esta era favorable 

al odiado proscripto porque lo ponía, por medio de 

una vil traición, entre las manos del caribe! Una 

♦ 

vez en tierra, arreglados sus asuntos y expedito 
para partir, cuidó en buscar un hombre fiel á quien 
poderle fiar su vida, porque no se le ocultaban, los 
riesgos que corría debiendo en su tránsito á Cor- 
rientes enfrentar lugares peligrosos, ocupados por 
tenientes de Rosas. 

El verdadero patrón de la balandra Constitución 
era un joven llamado Lostardo, genoves también, 
pero enteramente diverso de Caccioto. El Dr. Ave- 
llaneda le había corrido con un negocio de éste ob- 
teniendo un pleno suceso, y en seguida como Los- 
tardo era un pobre mozo que apenas ganaba de 
que vivir, el Dr. no le pidió nada por su trabajo, 
haciéndose en el marino genoves, un amigo seguro 
y sincero. 

No podía confiarse en mejores manos y asi, 
arregló todo perfectamente. 

La víspera de su partida una orden positiva 
del Presidente, obligó á Avellaneda á embarcarse 
con su familia, y esperar á bordo la madrugada del 



— 29 — 


dia siguiente, en que la balandra debía darse á la 
vela. 

Pero los pasos del proscripto habían sido se- 
guidos; convencido Oribe de no poder seducir á 
Lostardo se había arreglado de manera que su plan 
era infalible, no excitaba por su rapidez sospecha 
alguna y todo venia tan naturalmente que nadie po- 
día sospechar la verdad. 

Vamos á ver como todo sucedió á medida de 
sus deseos y en mal de Avellaneda. 



CAPÍTULO VI. 


El muelle de Lafón 


Las diez sonaban lentamente, la triste campa- 
na de la Iglesia Matriz y «las diez han dado y sereno» 
repetían las voces de los guardianes de la noche, 
diseminados por la ciudad. 

Era una noche tibia y serena como solo se 
encuentran en el Plata. La luna triste y silenciosa 
surcaba el éter transparente, no obstante ligeras 
nubecillas empezaban á velarla por instantes. 

En aquel momento, tres hombres atravesaban 
con paso rápido y seguro la grande plaza.— Uno, el 
mas alto iba adelante en tanto que sus dos compañe- 
ros lo seguían respetuosamente á cierta distancia- 
iban los tres embozados en sus capas, apesar de que 
las moribundas brisas del verano no permitían aun 
usar de mayor abrigo, pero era evidente que aque- 
llos tres hombres evitaban ser conocidos. 


— 31 


Al acabar de atravezar la plaza, estos tres in- 
dividuos echaron á andar por una calle todavía ilu- 
minada por las luces de las tiendas y almacenes y 
por la cual andaba aún bastante gente; los hom- 
bres redoblaron el paso y en breve empezaron á 
descender por una de esas calles que tiene Monte- 
video, en declive y que casi todas ván á dar al 
muelle. 

Esta calle, llamábase antiguamente de «San 
Juan» y creo que hoy de Ituzaingó. Esta calle co- 
mo más próxima á la mar que estaba enteramente 
á oscuras y solo á la mitad de una de las veredas 
se notaba aun el reflejo de luz que salía de un 
cuartejo redondo, llamado por todos el «cafesito de 
San Juan». 

Los honrados propietarios de este café servían 
sus marchantes con esmero, y á pesar de la desnu- 
dez del cuarto, y de las ningunas comodidades que 
él ofrecía, el café que allí se tomaba era tan bueno 
y los guizados que allí se comían eran tan gustosos 
que siempre el café tenía concurrencia, pero ya se 
sabía que siempre era ésta decente v juiciosa por- 
que el dueño del cafesito de San Juan no habría 
consentido por nada en el mundo admitir en su ca- 
sa borrachos ó pendencieros. 

Al llegar en frente de la puerta de el café, el 
hombre que iba adelante se paró y sus compañeros 
lo imitaron; entonces bajando un poco el emboze 
de la capa arrojó una mirada rápida al interior del 
cuarto. Dos hombres cenaban sentados tranquila. 



mente á una mesa: el primero era un joven de 
unos 25 años de edad, tostado por el aire del mar y 
por los rayos del sol; su aire era franco y abierto y 
su fisonomía no carecía de cierta gracia y belleza va- 
ronil; el que le hacía compañía parecía ser un otro 
marinero inferior á él. 

Como el embozado se disponía á seguir su 
camino, los dos marineros salieron del cafesito des- 
pués de pagado su escote, y la voz agasajadora del 
dueño del café, pronunció estas palabras. 

Buen viaje, siñor Lostardo! Addio Piero. 

Los marineros les respondieron á su vez, y 
pronto el ruido monótono y firme de sus pasos re- 
sonó en la calle desierta, ese paso del marinero 
donde parece que hay algo de estraño, como del 
hombre que poco habita la tierra. 

Estos cinco personajes continuaban á bajar ha- 
cia la orilla del mar, cosa que no demandaba mu- 
cho tiempo en la pequeña ciudad de Montevideo. 

Pronto llegaron frente de esos sombríos edifi- 
cios de piedra llamados las bóvedas; allí el mas 
alto de los tres embozados de capa, hizo señas de 
parar á sus dos compañeros que obedecieron á su 
mandato, y él continuó solo, en seguimiento de los 
dos marineros. 

Los dos italianos andaban en silencio y su 
sombrío acechador, apenas asentaba el pié sobre 
las lisas piedras de la calle con miedo de ser no- 
tado. 

Una vez pasadas las bóvedas, bajaron todos 



— 33 — 


tres á lo que hoy se llama el muelle de Lafón; es 
este un grande malecón de piedra que facilita el 
embarque y desembarque de los diferentes produc- 
tos que forman el comercio del pais. 

Sobre este muelle están establecidas algunas 
de las oficinas del resguardo, prolongándose á la 
derecha hácia la plaza llamada de la Aguada; y 
dejando á su izquierda el muelle. 

Los lugares en que nos acompaña el lector efi 
este momento son en estremo bulliciosos de día 
pero de noche reina un profundo silencio: de día, 
el ruido del tráfico mercantil, los juramentos y 
las desvergüenzas en todos los idiomas, porque de 
día aquellos sitios son el verdadero receptáculo del 
cosmopolitismo y muy embarazado había de verse 
quien pretendiera reconocer la nacionalidad en 
aquella nueva torre de Babel. De noche todo en- 
mudece y se tranquiliza; los silbidos amenazantes 
del huracán, ó el blando murmullo de las olas y 
las ráfagas de la brisa que trae el eco lejano 
de la canción del infatigable pescador, el ruido 
monótono de los remos de algún bote; la errante 
cantinela de algún descansado marinero y de rato 
en rato la voz del sereno que canta, la hora y 
el «quién será»! de los vigilantes centinelas que 
guardan la costa. 

Llegados al muelle de Lafón los dos marineros» 
se dirijieron al lugar donde su bote había quedado 


Los Misterios del Plata 


9 



— 34 — 


amarrado. Después de investigar un poco, Pedro 
dijo al que parecía su superior: 

— Non lo trovo mai ¡per Dio! 

Lostardo, á quien estás palabras eran dirijidas* 
iba á responder sin duda: cuando detras de una de 
las casillas del resguardo se oyó un silbido; éste 
fué contestado con otro igual y casi al mismo tiem- 
po una gruesa piedra acertadamente dirijida vino 
á dar de lleno en la frente del jóven patrón que 
cayó al suelo anegado en su sangre y sin poder 
dar ni un gemido! 

Su compañero pronunció una horrible blasfemia 
y echó á correr gritando socorro; en aquel momento 
un hombre bajito y de gruesas formas, salió detrás 
de la orilla mas próxima y acercándose al herido 
sacó de los bolsillos de éste, que yacía sin movi- 
miento y sin sentidos, algunos papeles que guardó 
cuidadosamente, y tornóse á ocultar con presteza, 
porqué una porción de gente, corría hácia el lugar 
donde estaba Lostardo. 

Pedro lo levantó ayudado por los otros y un 
oficial que parecía llevar la voz de mando les gritó: 

«Al hospital el herido 

En efecto; la comitiva principió á alejarse, y 
en breve un profundo silencio sucedió al ruido que 
por un instante había turbado la tranquilidad de 
aquellos sitios. 

El hombre bajito oculto detrás de la casilla, 
salió entonces, y el alto embozado en la capa á 
quien seguíamos, desde la Plaza Mayor, salió tam- 



— 35 - 


bien de los arcos de un oscuro portón desde donde 
había asistido como testigo ocular á todas las esce- 
nas que acabamos de describir; pasadas todas con 
una indecible rapidez. 

La luna que poco antes se encontraba velada 
de ligeras nubes, reapareció mas luminosa y serena, 
por eso mismo. Los dos hombres se aproximaron uno 
al otro; el encapado abrió enteramente el embozo, 
y la luna dando de lleno en su rostro, mostraba un 
hombre de unos cuarenta años de edad, sus cejas 
negras espesas juntas, y un rostro largo, vacilento, y de 
color acobrado; ojos grandes y verdosos que brilla- 
ban en la oscuridad como los ojos de los gatos; no 
carecía de cierta dulzura en el mirar, mas según en 
las circunstancias en que se hallaba el individuo, ó 
los sentimientos que lo animaban, su mirada se vol- 
vía vidriosa, y un algo de sangre, de odio y de atroz, 
se reflectaba en ella. Grandes bigotes cubrían unos 
labios amoratados y finos, que cuando se abrían 
daban paso á unos dientecitos blancos y puntiagudos, 
semejantes á los de los negros minas. Debajo de 
su sombrero se ocultaba una frente achatada y es- 
trecha, donde era imposible divisar el menor des- 
tello de inteligencia ó de nobleza; y si hubiera 
descubierto su cabeza, un frenologista diría al verlo 
que era la cabeza de un famoso asesino! 

Este hombre era el Presidente Oribe! En cuan- 
to al individuo oculto tras la casilla, y que con 
tanto acierto acababa de poner á Lostardo en manos 
d^ los cirujanos, y apoderádose de sus papeles; al 



— 36 — 


pálido reflejo de la luna, el lector podría distinguir 
en su rostro barbudo, una cicatriz tan estraña que 
parecía dividirle la cara en dos. 

Esto equivale decir que era Caccioto ! Y 

Caccioto era el bombero de confianza, el confidente 
particular del Presidente Oribe. 

Llegados uno á la par de otro, Oribe se sentó 
sobre una grada de piedra, y Caccioto quedó en 
pié á corta distancia con su pesada gorra de piel 
de oso encasquetada; porqué aunque aquellos dos 
hombres, estuviesen colocados en tan diferentes 
posiciones sociales, no por eso sabían ménos en su 
conciencia, que el crimen los igualaba, y que allí 
no había presidente ni marinero, sino dos malvados. 
— Muy bien Caccioto. — fueron las primeras pala- 
bras de Oribe á su digno confidente. Unas de 
aquellas raras y estrañas sonrisas, vino á entreabrir 
los lábios severos del hombre, y respondió con un 
tono de falsete : — Un tantino, mió caro patrone! 

Oribe continuó: — Eres un famoso tirador de 
piedra, creo que le distes en un ojo. 

— No! respondió Caccioto, — sono certo que 
foi al mezzo de la testa. 

— Ah! bravísimo! pero vamos, te apoderastes 
de sus papeles! 

Caccioto llevó la mano al bolsillo de su cabes- 
tan y sacó una gran cartera de cuero negro. — Dopo 
il matino che" le seguiva Ecellenza, tuto el dia, e 
cuando ando á la capitanía, e nella casa del consi- 



— 37 — . 

natario ni fine sabea tanto come lui, tutos los 
negocios. 

— Tienes el bote listo? 

— Credo que si. 

— Avellaneda, ese infame unitario duerme á 
esta hora ó espera su fiel Lostardo, pero se engaña 
del todo! tu te presentas en lugar del tal tonto de 
Lostardo, llevas sus papeles que mejor prueba de 
que el otro resignó el mando en tí, á causa de su 
herida, que tu tendrás cuidado de decir que la re- 
cibió en una pendencia. 

— Certo! replicó el bombero. 

— Por lo demás, — prosiguió el presidente, — 
ya tienes mis instrucciones, creo que el viento es 
favorablg, aprovéchalo para salir del Puerto y una 
vez ese unitario en manos del Restaurador, hecha 
la balandra á pique. 

Oribe se levantó para retirarse sin duda, pero 
Caccioto no se movía. 

En aquel momento la luna dando de lleno en 
el rostro de aquellos* dos picaros, era fácil de ver 
la mirada socarrona y desconfiada del genovés que 
tácitamente decía: 

— «Mió caro padrone non andevo via senza 
il dinaro che me avete promesso » y los ojos cente- 
llantes de furor, de avaricia, y de odio de Oribe 
que le respondía: 

— Si no me fueras necesario te mataría, te 
destrozaría con mis uñas ! 



— 38 — 


Un silencio significativo reinaba entre los dos. 
Oribe sacó una bolsa llena de oro, y la arrojó á los 
pies de su confidente, con un movimiento de cólera 
indescriptible. 

Caccioto á su vez, sentóse sobre las anchas 
piedras del muelle Lafón, mientras Oribe de pié á 
algunos pasos de él, parecía el demonio del crimen 
que surgía por un momento en persona á la faz de 
la tierra. 

El italiano sacó del mismo bolsillo de su cabes- 
tán, una linterna sorda, y empezó á contar el dinero 
con todo, sosiego. 

Te he dicho, — le dijo Oribe temblando de 
ira, que el viento es favorable, y que sería prudente 
dar á la vela, porqué puede Lostardo haber vuelto 
en si, volver su compañero y 

Caccioto sacó en silencio del seno un ancho 
cuchillo de monte y lo volvió á esconder. 

En su horrible lenguaje quería decir: si vuelve 
mientras estoy aquí lo asesinaré. 

Después que hubo concluido de contar el dine- 
ro dijo: 

— Questa é la ’metá! 

— El resto lo recibirás en Buenos Aires 
cuando el salvaje unitario esté en manos del Gober- 
nador. Otra sonrisa de Caccioto que respondía: 
— Ma! mió caro padrone, credo que una carta de 
lia V. E.!.... 

Oribe sacó un papel del seno, y lo entregó á 



— 39 — 


Caccioto; éste, acercándose á la lúe de la linterna 
sorda, abrió el pliego y se puso á leerlo. 

— Como! bribón,! exclamó el Presidente. Ca- 
ccioto le contestó con su risita sarcástica: — Misma- 
mente que il maior Montero que Rosas mando fusilar 
á la Recoleta, eh!.... (‘) 

— Pues que! tu sospechas de mi? 

Caccioto por la primera vez quitóse respetuo- 
samente su gorra. 

— Col perdone de la V. E. son precauciones 
qui prendo. 

- Acaba! — le dijo Oribe furioso. 

Caccioto bajó la escalera y sacó el bote oculto 
entre unas piedras, entonces levantó la voz diciendo 
á su amo y víctima al mismo tiempo, pues encon- 
traba un placer en atormentarlo. 


• 0) El mayor Montero era un oficial á quien Rosas 
intentó seducir, y llevar á su ejército el año 1829. El Mayor 
rehusó, y cuando Rosas se vió de gobernador, su primera 
dirigencia íué mandar llamar á Montero. Este vino á su 
presencio; Rosa3 lo trató muy bien y le dijo que quería darle 
una colocación honrosa; el mayor'no se atrevió á rehusarla 
y el gobernador le entregó un pliego cerrado para llevarlo 
en aquel momento á su hermano Prudencio Rosas que es- 
taba en la Recoleta. 

Montero, obedeciendo sus órdenes, montó á cabullo. 
Llegó al punto designado y entregó el oficio. Prudencio 
Rosas, después de leerlo, llamó 4 hombres v un oficial, y 
mandó arrodillar al mayor. El infeliz. Montero, pidió expli- 
caciones, Prudencio le mostró la orden terminante de su 
hermano el gobernador. Montero pidió á lo menos un 
sacerdote ú quien confesarse, y escribir algunas lineas á 
su mujer é hijos que eran 3 ó 4: nada de esto le fué con- 
cedido, y el desventurado Montero fué en el mismo instunte 
fusilado. 1830. — (La Autora .) 



40 — 


— Ahora me ne vado vero á la V. E. pero 
credo que no mancará il negocio. 

— Por que estas bien pago y seguro; con- 
testó Oribe. 

— Vero! — dijo Caccioto. Cuanto se fa uno 
pagar para hacer il bene, con piú razón per cometere 
un crimen, si deve domandare il denaro. 

— Tu llamas un crimen entregar ese unitario '• 
los unitarios no son hombres, son cosas! 

La respuesta de Caccioto, fué una carcajada, 
tan horriblemente infernal y sarcástica que Oribe 
se sintió temblar hasta última fibra de su sér! 

Un sudor frío le mojó la frente, rechinó ios 
dientes y con una sonrisa feroz murmuró: 

— Oh! yo me vengaré d<* tí. italiano! 

En ese momento Caccioto se alejaba remando 
tranquilamente y pensando consigo: — No te ser- 
viré más; eres muy mezquino; Rosas es mas malo 
que tú pero al ménos arroja el dinero á manos 
llenas al paso que roba mas que tú también. 

El presidente quedó de pié sobre la muralla 
de piedra. 

A lo lejos resonaron las once. 

Una hora transcurrió aún, cuando en la rada 
se oia el rumor de la cadena de una ancora que re- 
tiraban del fondo del mar y miéntras la lenta cam- 
pana daba á lo lejos media noche y que la voz 
triste y uniforme de los serenas repetía la hora en 
medio de la ciudad dormida. La balandra Constitu - 



— 41 


ción salió del laberinto de buques que contenía en 
ese tiempo la pequeña bahía de Montevideo. 

Como lo había dicho Oribe, el viento era bue- 
no, y la nave impelida por él, pronto con todas sus 
blancas velas tendidas, empezó á deslizarse por las 
aguas semejante á la blanca garza que vuela de 
noche entre los huncos de la laguna. 

Al ver alejarse la balandra, Oribe de pié so- 
bre las piedras del muelle la seguía con vista torva, 
v melancólico era su segundo crimen. 

Era la segunda vez que vendía la sangre ino- 
centes!... á su pesar se estremeció y la memoria de 
Cipriano ( J ) el amigo de su juventud y compañero 
de armas le vino á la mente!... 

De repente con un movimiento brusco tornóse 
á embozar en su capa y empezó á alejarse con ese 
paso rápido del hombre que parece querer huir de (*) 


(*) No recordamos precisamente el nombre de este 
individuo amigo íntimo y compadre de Manuel Oribe; sabemos 
solo que en tiempo de la guerra del Brasil, Oribe y su her- 
mana doña Margarita tenían un contrato con este individuo 
paro el contrabando de ganados, el cual tráfico estaba prohi- 
bido bajo pena de la vida por nuestros jefes. El compadre 
de Oribe fué sorprendido infringiendo esta ley; pero liado en 
que el contrato era á medias con su compadre, entonces 
coronel de dragones no intentó defenderse. 

Su mujer vino á ver á Oribe y ésta se chanceó sobre 
su aflicción diciéndole que su marido no corría peligro. 

Pasaron la tarde todos juntos en familia; á la noche 
hicieron su partida de naipes como de costumbre, y Oribe 
-se despidió diciéndole: “Hasta manara compadre”. 

En esa madrugada el contrabandista de ganados fué 
fusilado por orden del coronel de dragones Manuel Oribe! • 

(La Autora ) 



— 42 — 


si mismo ! . Por el lado opuesto que él se alejaba, 
dos hombres llegaban al muelle con andar vacilante... 
Uno de los dos traia vendada la frente y por su 
marcha se comprendía que solo lo mantenía en pié 
una de esas profundas é invariables resoluciones de 
la voluntad del hombre! 

Al llegar á la orilla del mar su primera ojeada 
fué hácia su buque ... no viéndolo, los dos, por su 
movimiento rápido dirigieron una mirada paja fuera 
del puerto y pudieron ver la balandra que se aleja- 
ba á toda vela! 

El hombre de la venda, arrojó uno de esos gri- 
tos sin palabras donde la desesperación, el dolor y la 
rabia se esprime en una sola inflexión de la voz; 
uno de esos gritos que parten el alma de quien los 
dá y llevan una especie de pavor á quien los oye! 

— Pedro! es clamó, per dio; stiamo venduto 
£ome due cañe. 

Lostardo, que el lector debe dé’ haber reconoci- 
do en el hombre de la venda: hizo un movimiento 
como si quisiera precipitarse'' al mar, y alcanzar á 
nado su buque: pero Lostardo estaba al fin de sus 
fuerzas y de su corage, su sér físico como su sér 
moral sufrian una horrible revolución y cayó sin 
conocimiento en los brazos de su fiel compañero. 


CAPÍTULO VIL 


Los leñadores del Paraná 


En medio de una ancha plaza formada por un 
claro del bosque, estaban reunidos el Juez de Paz 
del Baradero con su gente y el gaucho Miguel. 

Divididos en diferentes grupos aquí y acullá, 
los gauchos se divertían jugando los naipes; otros 
conversaban á media voz entre los árboles, el Juez 
de Paz que siempre se encontraba preocupado con 
su dignidad, sin querer asociarse con nadie, se 
aburría á las mil maravillas. El pensativo Miguel, 
se entretenía puliendo varillas de álamos, pero era 
este entretenimiento un disfraz con que según su 
carácter observador, el procuraba siempre penetrar 
á los otros. 

* 

En medio de la plazuela, ardían fogones á 
cuyo alrededor se asaban frescos y gordos costilla- 
res de carne y en un pozo lleno de brazas se podía 




— 44 — 


distinguir una cabeza de ternera con cuero, que se 
asaba también. 

A la orilla del rio estaban diseminados tres ó 
cuatro hombres con sus hachas en la mano á guisa 
de quien se preparaba á cortar, leña, pero en lugar 
de trabajar como parecía su designio, estos hombres 
solo se ocupaban de conversar, y como sus palabras 
y pensamientos pueden dar á mis lectores una idea 
del pais donde pasan estos sucesos y' demostrar 
claramente verdades que están hoy casi desconocidas 
aunqué contemporáneas; nos entretendrenos oyendo 
la conversación de los fingidos leñadores. 

— Ha visto señó Julián; — decía un moceton 
de unos 20 años á otro leñador, — que cosa tan sonza 
esta de estar aquí con el hacha en la mano, cuando 
no es' posible todavía comenzar el corte de leña, pues 
los árboles están aún hojosos. 

El sujeto á quien iba dirigida esta alocución 
respondió. 

— Y velai, tres dias que aquí estamos amo- 
lados con perdón de Vd. ño Simón, añadió dirigién- 
dose á aquel viejo que el lector recordará haber 
distinguido un instante la noche pasada en la estan- 
cia, que se describe en el primer capítulo de esta obra. 

El viejo movió la cabeza con desdén y continuó 
con los ojos fijos en el agua corriente. 

El otro prosigió: 

— ¿No era mejor estar trabajando en la estan- 
cia ó asistir á la función del Pueblito á causa del 
papel que mandó el viejo? — Bien haya amigo San- 



— 45 — 


tiago, ei hombre! Pucha que dende que el está de 
gobernante nosotros los campesinos es que estamo,s 
en el eandelero. 

— Es verdad, contestó el que había dado 
principio á Ja conversación, y ahora si que nos res- 
petan los puebleros; cajetillas del diablo! que antes 
ni por un demonio se querían poner chaqueta! aver 
que ahora andan de poncho y diz que el viejo va 
á dar orden para que mesmo en Buenos Aires anden 
tuitos de chiripá y calzoncillos! cosa linda ha de 
ser, ver á todos los tinterillos de gauchos! 

Una risada general acogió esta salida, solo el 
viejo Simón estaba sério. 

El mocetón animado por esta aprobación se 
dirigió al viejo. 

— Apuesto que ño Simón no me oyó por es > 
se quedó mustio. 

El viejo levantó lentamente la cabeza y miró 
á su interlocutor de pies á cabeza, como se dice 
vulgarmente; después dijo con calma: 

— Te oí bien Santiago, ¿que hay con eso? 

El otro replicó: 

— Como no señó Simón. 

— ¿De que? 

— Pues no halla Vd. á gracia ver los caje- 
tillas de poncho y chiripá! 

— No! no me hace gracia eso porqué mira 
tú, si viniera un gobernante pueblero y quisiera 
mudar nuestro modo de vestir, á nosotros no nos 
había de acomodar, porqué dende chicos así nos 



— 46 — 


enseñaron á vestir; pues lo que no quieras para tí, 
no quieras para tu prójimo. 

— Sí, respondió Julián; pero los puebleros son 
unitarios y los unitarios no son nuestros prójimos 
porqué diz que el Papa los descomulgó. 

Simón sacudió la cabeza con su desdén habitual. 

Santiago añadió; 

— Ño Simón, es medio amigo de los unitarios. 

— Yo soy amigo de mis paisanos, respondió 
•el viejo. 

— Si, pero los unitarios, ya ha dicho el viejo 
en su gaceta que no son argentinos. 

— Si: — dijo Simón con amargura — son judíos! 
y los que peliaron sobre los Andes y entre los 
Andes, ¿que eran? 

— Eran porteños!, dijo Santiago. 

— Y Lavalle, Suarez, Diaz, Videla Olavarria! 
¿que eran? Esos que llamas unitarios ¿que son? 

— Si, ¿pero pa que son ahora enemigos de la 
Patria ? 

— Y sin ellos, ¿tendrías vosotros Patria, hoy? 

— Ah! dijo Julián, siempre que existiera el 
viejo,! Ninguno más patriota que él. 

Simón descubrió su pecho cruzado de honrosas 
■cicatrices y dijo: — Estos son recuerdos de la Inde- 
pendencia de la América y de la libertad del Uruguay! 
Desde 1810 hasta el año 28, no supe nunca lo que 
era descanso He conocido todos los gefes y sol- 

dados del ejército de los Andes, he asistido á todas 



las victorias y derrotas.... nunca vi en ellos al 
gobernador Rosas! 

— ¿Y eso que quiere decir? preguntó Julián. 

— Nada, dijo bruscamente Simón. 

— Este señó Simón, continuó Santiago, es 
enemigo de la federación.... y hasta del viejo!!! 

— No lo permita Dios! dijo Julián. 

— ¿Por qué? preguntó el viejo, con sosiego. 

— Por que 

— Me matarían! continuó Simón. — ¿Que me 
importa vivir ó morir! Lo que yo deseaba nunca hedever! 

— ¿Que deseaba Vd? 

— Paz!!! respondió el anciano en voz grave. 
Si, cuando los españoles nos derrotaban en Cancha 
Rayada, ó huían ellos mismos en Suipacha, yo 

hubiera sabido lo que habría de suceder mas tarde! 

no enristraba ni una sola vez la lanza! ¿Para que? 
Para ver hoy matarse hermanos contra hermanos! 

— Pues á mi no me importa nada de eso ! 
dijo Julián; gobierne el viejo y Iviva la Federación! 

— Ah hijito el mozo federal!, dijeron los otros 
gauchos presentes en la contienda. 

El viejo bajó la cabeza en silencio y ahogó un 
suspiro pronto á escaparse del fondo de su corazón ! 
Era un antiguo soldado de la Independencia, un 
guerrero de Mayo que había visto las carnicerías de 
Moquegua y de Forota, y había cantado el «Oid 
Mortales...»^) en la cuesta de Chacabuco y al Sol 

0) “Oid mortales el grito sagrado” — del Himno Na- 
cional. — (La Autora). 



— 48 — 


de Ayacucho! Era Simún un pálido recuerdo de los 
hombres de entonces; había militado bajo los Balcar- 
ceces, hoy muertos en el destierro...! viejos paladi- 
nes de la Libertad que huyendo del tirano, encon- 
traron una tumba en la tierra extraña donde fue- 
ron á dejar sus restos á la sombra del insulto, por 
lo menos! (') 

Simón había cargado mil veces lanza en ristre, 
á la voz mágica de Belgrano, y por fin lo había 
visto colocar en su féretro de gloria, envuelto en la 
Bandera Nacional! Había conocido al severo San 
Martin y visto á Bolivar! 

Los colosos de la América, todos eran familia- 
res á la memoria de Simón. 

Todos estaban grabados con caractéres indele- 
bles en su mente! ¡La cruz de Salta!... la cima de 
los Andes, el fragoso Perú, el ardiente Quito, las 
fértiles campiñas Orientales mas tarde, todos eran 
lugares que el veía sin cesar, poblado de sus héroes, 
de los patriotas y soldados de la Pátria! 

El oscuro salvaje Rosas, cabecilla de ayer, que 
jamás aspiró el humo de la pólvora ni oyó el estri- 
dor de los aceros de la pelea, ¡solo le inspiraba 
horror y desprecio ! El, ¡ Rosas ! el profanador de los 
sagrados dogmas de Mayo, el perseguidor atroz de 


(') En osla época do barbarie, han sido profanados 
hasta h>s sepulcros, y una tarde la mazorca quebró una 
porción de ellos, esparciendo los huesos porqué deoian ellos 
que eran de salvajes unitarios. — (La Autora ). 



— 49 — 


la virtud y del talento, él que había clasificado de 
unitario á todo aquel que la riqueza ó el mérito fa- 
vorecía! 

La conversación continuo: 

— Vea Vd., dijo Julián, que pasaba por el 
exaltado del pago, es preciso ser un unitario muy 
taimado para negar los bienes que el viejo ha he- 
cho al país ahi está el decreto que mandó el otro 
día diciendo de que todo gaucho es hombre libre 
y puede ir á la votación y de ahi también que 
siempre que un federal neto precise de caballos, 
puede tomarlos, no importa la marca y aunque lo 
demande al Juez, diciendo que es para servicio de 
la santa causa no le hacen nada ¿ y que dice Vd. á 
esto nó Simón ? 

— Digo, respondió el viejo, que para que 
vosotros fueseis hombres libres eligieseis por voso- 
tros mismos las autoridades del país es que nosotros 
ios soldados de Mayo derramamos nuestra sangre. 
¿ Qué cosa nueva viene á decir el gobernador? 

Mire amigo, dijo Julián, mejor es no platicar 
del viejo porque Vd. me hace calentar! 

Y esto diciendo empezó á acariciar el cabo de 
su puñal. 

Simón sin hacer caso de su amenaza continuó: 

Que estamos nosotros haciendo aquí? 

— Eso es lo que digo vó, interrumpió Santia- 
go, qué diablos hacemos aquí nosotros? 

— Estamos aquí por mandato del viejo, ó el 
Juez nos quiere apacentar seriamente? 



— 50 — 


— El misterio no tardará en reventar, dijo 
Simón, sacudiendo la cabeza como quien está con- 
vencido de que Rosas no daba un solo punto sin 
nudo, como dice el refrán. 

En aquel momento salía de detrás de una isla 
la proa de la balandra Constitución que las vueltas 
del Río y las islas que en el medio de él surjían, 
habían impedido ver hasta entonces. 

— Barco! grito uno de los hombres que es- 
taba en la orilla; y Julián á esta voz desapareció 
detrás de los árboles y entrando en la plazuela se 
acercó al oido del Juez de Paz, y después de decir- 
le algunas palabras secretas, volvió á su puesto no 
sin que esta maniobra fuese percibida por Simón; 
así cuando Julián volvió sus ojos se encontraron 
con los del viejo, y por uno de aquellos movimien- 
tos internos espontáneos, cada uno de ellos sintió 
que enfrentaba su enemigo. Por que el odio como 
el amor tiene sus instantes únicos en la vida, ins- 
tantes en que es irresistible la impresión que reci- 
bimos y en que una muda pero tácita revelación 
tiene lugar. 



CAPÍTULO VIII. 


Sigue: 


Así que Caccioto enfrentó los leñadores, como 
en aquella parte del río desde el buque podían co- 
gerse las ramas de los árboles, él les pregunto: 

— ¿Hay carne fresca? 

Julián tomó la palabra. 

— Pués nó amigo: cuanto quiera. 

Rápido como el rayo, Caccioto ayudado de los 
marineros bajó las velas y largó el cable á tierra 
para que amarrasen la balandra; porque es el modo 
d* fondear en los ríos, cuando el tiempo es sereno 
y no hay peligro de temporal. 

La mujer de Avellaneda seguía estíos movi- 
mientos con inquietud; cuando la noche de su par- 
tida habían visto llegar á Caccioto en lugar de 
Lostardo, su temor había sido sumo, pero los pape- 
les del joven patrón que el otro traía consigo pare- 




— 52 


cían una garantía de que era un amigo de Lostardo, 
quien por su heridas estaba inhabilitado de poder 
dirigir la embarcación la cual por otra parte no po- 
dría demorarse en el puerto. 

Asi, Avellaneda habia creido lo que muy hábil 
y astutamente le habia contado Caccioto; pero su 
mujer sintió una especie de angustia que muchos 
llaman presentimiento y que raras veces engañan; 
Así, ella no perdía movimiento al patrón y al ver 
la balandra amarrada á tierra se acercó á su marido 
instintivamente como si temiera verlo desaparecer 
de su lado. 

Avellaneda, por su parte, no estaba tranquilo 
y sus ojos fijándose en los de su mujer le decían 
que tomaba por imprudente la conducta del patrón. 

Así, llamó á éste aparte y le dijo: 

— Creo que Vd. haría bien en desamarrar y 
seguir río arriba. 

— Porque? preguntó el genovés — Avellaneda 
repuso — porque yó soy un proscripto, como Lostar- 
do, debió decirle; ésta gente puede querer saber 
quién es el pasajero que Vd. lleva; mi nombre es 
demasiado conocido y de esto puede resultarme un 
mal muy grande, tal vez perder mi vida ó cuando 
ménos ser conducido como prisionero. 

— Oh! — dijo el bombero — osté está baco il 
pabillone di Montevideo e dopo no stiamo á la 
guerra per ahora. 

— Eso es lo de ménos — dijo la mujer de 
Avellaneda, el Presidente Oribe y su digno amo 



— 53 — 


Dn. Juan Manuel Rosas, no se paran en médios. 

Caccioto dijo, afectando indiferencia: 

— Entonces voy á tomar la carne in térra 
con lo marineros e andiamo, eh? 

— Si, respondió Avellaneda, hará Vd. bien y 
lo mejor era no tomar cosa alguna. 

Caccioto hizo como que no le oia y dando su sil- 
bido semejante al del muelle de Lafón, puso la tabla 
á tierra y bajo con los marineros en busca de carne... 

Una vez en tierra, internóse con los hombres 
en la plazuela acompañado de los marineros. 

Un hombre quedó el último en la orilla del 
río; éste dando una ojeada en torno de sí, miró 
luego para los pasajeros y encontró sus miradas 
inquietas fijas en él, entonces el hombre cruzando 
los brazos hacia atrás á la manera de los presos hizo 
señas á Avellaneda y desapareció entre los árboles. 

Este hombre era Simón, que al ver al pros- 
cripto Avellaneda, como hombre habituado á las 
revoluciones, conocía también las tramas de la tira- 
nía y de un golpe adivinó todo, tanto más cuanto 
conocía á Avellaneda personalmente por haberlo 
visto el año 28, cuando éste mozo solo con la edad 
de 26 años, había sido nombrado primer ministro 
de gobierno. 

Mamá, dijo el niño Adolfo con aire de zozo- 
bra, has visto el viejo que iba detrás de todos lo 
que hizo? 

Sí, — le contestó su padre, ¿y qué entiendes 
por eso? 



Papá; con las manos amarradas atrás llevan á los 
presos! Y al decir estas palabras, Adolfo empalide- 
cía mirando á su padre porque su precoz inteligen- 
cia, le enseñaba el riesgo que en aquel momento 
los amenazaba. 

Adelaida! — digo el Dr. á su mujer — sea lo que 
quiera, que el Señor nos envía, te recomiendo á 
mi hijo y ten resignación! 

Adelaida pálida y casi sin aliento apretaba las 
manos de su marido entre las suyas heladas y mo- 
jadas de un sudor frió. 

Tú temes algo?— le preguntó ella á media voz. 

El Dr. la miró tiernamente, porque la pobre 
mujer con aquella pregunta- quería encubrir sus 
propios temores que se traicionaban hasta en el 
mover de sus labios. 

Después de un corto intérvalo, el Juez de Paz 
con algunos hombres y el patrón de la balandra 
subían por la tabla. 

Adolfo se acercó á su padre pasando su ma- 
necita alrededor de su cuello y fijando sus ojos en 
los recien venidos. 

Avellaneda tomó un aire indiferente y Adelai- 
da con aquella fuerza de carácter que poseía y de 
la cual ya hemos hecho mención, serenó las veloces 
palpitaciones de su corazón y miró agradablemente 
á aquellos, cuya sola vista le helaba de pavor, hasta la 
última gota de su sangre. 

El Juez de Paz los saludó con indiferencia; 
ellos correspondieron del mismo modo. 



— 55 — 


Los semblantes anunciaban la curiosa impacien- 
cia de ver llegar el fin de aquel drama, por parte 
de los satélites del tirano, mientras que las victimas 
destinadas al sacrificio apenas, ocultaban su terror. 

* El Juez de Paz, pidió sus papeles al patrón y 
éste sin resistencia los entregó, después de exami- 
narlos en silencio se los devolvió y pidió su pasa- 
porte á Avellaneda; éste sin inmutarse se puso de 
pié y le dijo: 

— No tengo pasaporte, traigo solo conmigo 
la orden de deportación á Corrientes. 

— Su nombre de Vd? — replicó el Juez. 

— Valentín de Avellaneda: dijo el proscripto, 
con un timbre de voz tan sonoro y lleno, que im- 
puso respeto á los que le oian; y en seguida como 
si se envaneciera de cuanta virtud y saber encerra- 
ba aquel nombre, posó una mirada serena y ma- 
gestuosa por los que le rodeaban 

Una crcla pausa sucedió . . El Juez volviéndo- 
se á él, le ayo — baje Vd. á tierra. 

— No es posible — contestó Avellaneda — Soy 
proscripto de Buenos Aires, desterrado á perpetui- 
dad y mi cabeza está puesta á precio; conozco per- 
fectamente cual sería mi suerte al poner el pié 
en tierra. 

— Luego Vd. confiesa que es un salvaje uni- 
tario? — preguntó el Juez. 

Avellaneda se sonrió. — He dicho tan solo que 
soy un proscripto, cosa que Vd. sabe también co- 
mo yo. 



— ¿Pues aqui no corre Vd. el mismo riesgo? 

Estoy bajo el pabellón Oriental y si estoy 
condenado á caer en manos de mis contrarios, quie- 
ro por lo ménos que me prendan á bordo de un 
buque perteneciente al Estado del Uruguay y en 
el cual flamea la bandera de su nacionalidad. 

El Juez de Paz se mordió los labios, y volvién- 
dose á su gente les dijo: 

— Amigos: el salvaje unitario Avellaneda, el 
enemigo taimado de la Patria y de la santa causa 
de la Federación, en fin, atentador del sociego pú- 
blico y de la preciosa vida de S. E. el ilustre Res- 
taurador de las Leyes, está delante de nosotros! 

Apenas acababa de pronunciar .estas palabras 
un grito uniforme le respondió: 

¡Mueran los salvajes unitarios! 

¡Viva el Restaurador de las Leyes! Y todos 
los caudillos desnudaron sus armas y los rostros to- 
maron un aspecto amenazador. 

— Amigos — continuó el Juez, hace tres días que 
S. E. os ha dado una prueba nada equivoca de su 
amor de padre, correspondámosle como hijos; entre- 
guémosle su enemigo — . 

¡ A muerte el salvaje unitario! — gritaron todos 
aquellos engañados campesinos, y Julián el más 
atrevido de entre ellos alzó el brazo sobre el pros- 
cripto; pero una mano de acero le comprimió la 
garganta, haciéndolo retroceder al centro del grupo 
de donde había salido. 

Julián todo aturdido procuraba desacirse de 



aquella especie de collar de hierro y apénas libre 
dé él, volvió el rostro espumando de coraje y encon- 
tró la mirada profunda y serena de Miguel. 

— ¿Porque se mete Vd. en lo que no debe? 
dijo Julián conteniendo apénas su furor. 

— ¿ Porque levanta Vd. el brazo armado so- 
bre un hombre indefenso y desarmado ? Sobre un 
hombre que ya pertenece al Sr. Juez de Paz? — res- 
pondió Miguel. 

El Juez de Paz que nunca olvidaba que en la 
comedia de la vida, él representaba un papel impor- 
tante, alzó la voz imponiendo silencio; agradeció á 
Julián su celo que sin embargo tachó de impruden- 
te y aprobó la acción de Miguel. 

De esta manera no descontentó á ninguno al 
paso que tampoco dijo cosa que valiese de nada. A 
ese respecto el Juez de Paz era hombre entendido 
porque no desconocía ese lenguaje embrollado de 
la insignificancia, que Shakespeare ha calificado, tam- 
bienen su Hamlet. 

¡Palabras! ¡Palabras! ¡Palabras! 

-/Como lo había dicho Miguel; Avellaneda per- 
tenecía ya al Juez de Paz, pero era necesario el 
aparato y llevarlo amarrado, requisito sin el cual no 
se hacía nada bueno. 

Entonces dió órden á dos hombres que eran 
Santiago y Julián, de apoderarse de Avellaneda. 

Adelaida se arrojó casi desmayada á los bra- 
zos de su marido que ella amaba con pasión, de- 
rramando un torrente de lágrimas. Adolfo cuyps 



— 58 — 


instintos de hombre empezaban á revelarse había 
tomado un grueso bastón y con el rostro encendido 
de ira, los ojos llenos de lágrimas se colocó delan- 
te de sus padres, como si sus débiles fuerzas bas- 
tasen á salvarlos de los males que les amenazaban. 

Julián fué el primero que se movió y Adolfo 
descargó su palo sobre él. El campesino furioso 
alzó su cuchillo sobre el inocente y valeroso niño, 
que tan naturalmente procuraba defender á sus pa- 
dres. Julián con los ojos centellantes, iba á descargar 
el golpe cuando por un rápido movimiento se sin- 
tió retener el brazo de manera que la presión era 
tan fuerte que parecía quererle quebrar el hueso. 

Estaba muy reciente el recuerdo para poder 
desconocer la fuerza hercúlea que lo doblegaba de 
nuevo. 

Los ojos del impeturbable Miguel volvieron á 
encontrarse con los de Julián, pero por esta vez, 
Miguel temblaba de indignación. 

— ¡ Cobarde ! ! ! — fué la palabra que sus la- 

bios convulsos pudieron proferir. 

El Juez intervino de nuevo y á pesar de las 
lágrimas de Adelaida y de su hijo vencido por su 
natural flaqueza de niño; Avellaneda, buen y hon- 
rado ciudadano, fué conducido á tierra amarrado 
como un malhechor. 

A pié por medio del campo rodeado de los 
dos séres que tanto amaba, emprendió su marcha en- 
tre dos filas de hombres á caballo armados de ter- 
cerola y sable desnudo en la mano. 






CAPÍTULO IX. 

Lágrimas 


A cuatro leguas de la márgen del Paraná en 
medió de una de esas selvas ó florestas que en el len- 
guaje de los campesinos llaman islas, vénse aun esparci- 
das las ruinas parduzcas y desiertas de un monas- 
terio, que según tradición del pais era una funda- 
ción de los primeros Jesuítas que vinieron poco 
después del descubrimiento del Rio de la Plata por 
Solis. 

Haría por lo ménos dos siglos que la desierta 
capilla del monasterio era solo habitada por las fa- 
tídicas lechuzas y que sus anchos y sonoros claus- 
tros estaban solos y pavorosos como las tumbas de 
los muertos. 

El tiempo sereno y agradable había sido suce- 
dido por un aire tempestuoso y de lluvia; el cielo 
azul y brillante por las negras nubes de la tormén- 



— 60 — 


ta, asi como en la vida del hombre se truecan las 
horas de placer en llanto, las risas en dolores, las 
esperanzas brillantes, en amargas realidades. 

La noche había llegado oscura y amenazadora, 
un viento caliente del norte, soplaba con violencia 
agitando tumultuosamente las robustas copas de los 
anchos ombúes, las frentes elevadas de los álamos, 
las negras ramas del cipré; el trueno retumbaba en 
medio efe la selva, relámpagos de fuego entreabrían 
lás negras nubes que giraban en enormes grupos 
por el espacio. 

Los rugidos del jaguareté, los aullidos de los 
perros montaraces, los balidos de los tímidos corde- 
ros y una infinidad de écos lúgubres ó pavorosos se 
mezclaban solo á la voz profunda y magestuosa de 
la tormenta que se acercaba como la tremenda mal- 
dición de un Dios irritado. 

Sin embargo, en el monasterio abandonado su- 
cedía un rumor musitado; bajo su techo desierto, 
la vida, este negro drama cuyo límite de cada dia 
es la eternidad; ostentaba sus escenas, y en corto 
cuadro era la copia fiel del mundo. 

Llantos, risas, opulencia, miseria, vicio, virtud, 
compasión, indiferencia, todos unían alli sus opues- 
tos colores, todo se mezclaba en pequeño grupo para 
dar la idea exacta de los elementos de que se com- 
pone nuestra humana existencia sobre la tierra. 

En medio de la Iglesia levantada otro hora 
como homenage de la Divinidad, ardía una grosera 
hoguera cuya amarillenta llama esparcía triste clari- 



— 61 — 


dad en derredor; las nubes laterales yacían en profun- 
da oscuridad esparcidas al pie de las columnas que 
las sustentaban, hombres de pie con la tercerola en 
la mano estaban silenciosos é inmóviles como las 
viejas estatuas de los despojados santos que aun 
permanecían en los nichos de sus altares. Casi en 
frente del altar mayor donde solo había quedado una 
cruz colosal con el cristo crucificado; sobre un goco 
de paja estaba recostado un hombre, pálido; cargado 
de cadenas pero cuyo rostro sereno y noble solo 
revelaba su profunda compasión por los dolores de 
los dos séres que tenia á su lado; eran estos una 
mujer pálida y desgreñada cuyo rostro desfigurado 
ojos llorosos y miradas vagas, revelaban una de esas 
desesperaciones que el corazón humano no es bas- 
tante á contener; y un niño arrodillado y que com- 
primía sus sollozos, oraba con las manecitas cru- 
zadas sobre el pecho, con aquel inocente fervor de 
la cándida niñez! 

Era esta la familia Avellaneda! 

De cada lado del altar otros dos hombres ar- 
mados guardaban el preso. 

Eran estos dos individuos, un viejo tostado y 
ennegrecido por el sol, cuyo rostro varonil y mar- 
cial revelaban el antiguo soldado. 

Su estatura mas que mediana, sus miembros 
fornidos era el tipo de uno de esos hombres como 
ya no hay hoy; su rostro era largo y huesudo, su 
nariz aguileña, su boca bien cortada y franca, la frente 
alta y apenas coronada por algunas raras mechas de 



— 62 — 


cabellos mas blancos que las nieves eternas qne co- 
ronan la cima del Chimborazo; sus ojos grandes 
negros tenían una tristeza particular; parecia al mirar 
aquel hombre que era extraño á cuanto lo rodeaba 
y que su pensamiento siempre astaba en otros luga- 
res ó remontados á otras épocas pasadas y lejanas. 

Era el viejo Simón. 

El otro era un joven de cabellos rubios, de 
ojos tristes azules, que en aquel momento eran mas 
tristes todavía y que parecia concentrar todas sus 
facultades en oir las palabras graves que lentamente 
pronunciaba Avellaneda. 

Sus miradas iban de uno á otro de aquellos 
tres personajes y después las volvía hácia Simón, 
V los ojos del antiguo lancero encontrándose con 
los suyos, tenían tal aire de simpatía por él y por 
aquellos tres infortunados, que Miguel, pues era el 
mismo, sentía una especie de revolución estraña en 
sus' ideas y manera de sér. 

El silencio de la capilla era profundo, la voz 
sonora de Avellaneda era la única que resonaba con 
las últimas palabras que profería para los suyos. 
Afuera, los aullidos de las fieras del bosque, el sil- 
bido del viento entre los claustros como un gemido 
de muerte y el éco del trueno retumbando en la 

llanura vecina En el primer claustro ardían 

hogueras y el resto de la gente del Juez de Paz 
jugaba y bebía reventando de rato en rato una viva 
carcajada satánica y burlesca. 

Los sollozos del niño Adolfo, los ayes doloro- 



sos de su madre, completaban este cuadro que no basta 
mi pluma inhábil á trazar con todos sus claros y oscuros. 

Adelaida!— decía el preso — serena tu corazón y 
vuelve los ojos á ese Dios de bondad que él te dará 
fuerzas con que sobrellevar este golpe: su mujer 
sacudió la cabeza con incredulidad. 

— Es la última noche que pasamos juntos — 
decía Avellaneda — y es necesario emplearla mejor que 
en llorar. Yo necesito que Vds. me presten aten- 
ción y recojan mis últimas palabras, porque ellas y 
mi bendición de esposo y de padre es lo único que 
les puedo legar! 

— Oh! tú no morirás, — exclamó Adelaida do- 
lorosamente. — No! aparta de mi mente ese horrendo 
cuadro, yo imploraré, yo rogaré, me arrastraré á los 
pies de ese hombre. 

No! dijo Avellaneda — será todo inútil, mi muerte 
debe estar decretada, y Rosas no sabe que cosa es 
la piedad. Deja que se cumpla mi destino; tú debes 
conservarte para nuestro hijo; no me lo dejes com- 
pletamente desamparado sobre la tierra ! él 

te recordará los dias que hemos pasado juntos en 
el mundo, en él revivirá mi nombre y mi recuerdo! 

Y al decir esto besó á Adolfo en la frente. 

— Papá; déjame morir contigo como el hijo 
de aquel valiente capitán, que fusiló Rosas, en San 
Nicolás de los Arroyos junto con su padre! ( J ) — 
decía el niño. 

( l ) D. Manuel Belgrano, cuya familia está proscripta 
por Rosas y algunos fusilados. (La autora). 



— 64 — 


— ¿Qué dices Adolfo?— No, hijo mió; vive 
para consolar á tu madre y ¡5ara vengar un dia tu 
Pátría, si es que ese tirano que hoy la despedaza no 
ha caído ya en holocausto , de tanta sangre como 
ha derramado. 

— Oh papá! cuánto odio á ese hombre! 

— No odies el hombre, respondió el preso; 
detesta el tirano de tu Pátria; no lo odies porque 
asesina á tu padre, al fin yo no soy mas que un 
miserable grano de tierra, detesta en Rosas, el opre- 
sor de tus paisanos, el enemigo de la ley, del honor, 
de la virtud y cuanto noble y buena tendencia tiene 
el corazón del hombre; cuando llegues á serlo, no 
persigas á ninguno de su familia, porque ellos no 
tienen la culpa de sus crímenes. Adelaida— prosi- 
guió dirigiéndose á su mujer — que el ejemplo de tu 
marido que va á perecer en el cadalso, no te haga 
infundir egoísmo y dureza en nuestro hijo; críalo 
como hombre, enséñalo temprano á luchar contra la 
opresión, enséñalo á considerar en cada semejante 
un hermano. Adolfo dijo volviéndose á este, — mira 
que todos los hombres son hermanos; nunca niegues 
á tu semejante aquel amparo ó servicio que exija de 
ti, sé generoso con todos, parte tu pan la mitad 
para tí y la otra para quien veas que lo necesite. 

Sigue la carrera de las leyes, pero no con el fin 
de enriquecerte; no defiendas sino aquellos que en tu 
conciencia reconozcas justos y no llores dinero á 
los pobres sino aquel muy absolutamente preciso 
para no hacerte daño á ti mismo. Nunca seas Juez 



— 65 — 


para no verte obligado á firmar la muerte de un 
hombre: eso es bárbaro y anti-humanitario. 

Nunca seas fiscal porque el papel de acusador 
es infame. 

La defensoría de menores y esclavos es la mas 
bella colocación posible, aspira á ella y vé de obte- 
nerla para ser verdaderamente el apoyo de los dés- 
validos 

Adolfo oía á su padre con una especie de 
veneración religiosa, en tanto la desesperación de 
Adelaida aumentaba gradualmente, al paso que mas 
y mas profundizaba la horrible pérdida que hacía en 
un esposo adorado y en un hombre de tan altas 
virtudes, que deferia tanto del común de los indi- 
viduos. Desde que nacistes, hijo mió — prosiguió el 
Doctor — me ocupé de escribir un tratado particular 
para tu educación moral, está entre mis papeles y 
ruego á tu madre que si puede salvar nuestro equi- 
paje »te enseñe á leerlo todos los dias y te explique 
constantemente aquellos puntos que tú no entiendas, si- 
guiendo las máximas que yo he trazado para tí, allí da 
rás la mejor prueba de respeto y amor á mi memoria. 

Cuando un dia quieran echarte en cara mis 
cadenas y el patíbulo que me espera, recuerda que 
tu padre te dice ahora, últimos instantes en que te 
vé, que muero victima de un tirano feroz y sangui- 
nario, mis crímenes son: mi amor al pais donde hé 
nacido, un nombre sin mancilla y un poco de inte- 
ligencia que Dios ha querido concederme. 

Los Misterios del Plata 


3 



66 — 


En aquel momento un trueno espantoso retum- 
bó y un relámpago hizo empalidecer la luz de la 
hoguera, iluminando la colosal figura del Dios-hom- 
bre crucificado. Los silenciosos centinelas se santi- 
guaron. La tormenta rompió enteramente en su furor. 

Avellaneda apesar de sus cadenas, medio se 
sentó sobre la paja, su hijo y su mujer lo rodearon 
con sus brazos y los tres quedaron unidos como un 
solo individuo! 

Avellaneda continuó: — nunca me han parecido 
tan dulces vuestras caricias como en este momento! 
Será porque es la última vez que mis ojos os ven, 
que oigo el éco de vuestra voz, que escucho las 

palpitaciones de vuestros corazones 

Pobres! — dijo — reuniendo aquellas dos cabezas 
queridas sobre su pecho! yo soy el mas feliz de los 

tres! yo voy á morir pero vosotros que siempre vais 

á echarme de ménos 

Oh! quien podrá nunca colmar el vacío inmen- 
so que vos déjas! — prorrumpió su mujer — Oh! Diós 
no es justo cuando consiente al crimen triunfar de 
la virtud y de la inocencia! 

Avellaneda no respondió, temiendo que su voz 
no traicionase las violentas emociones de su cora- 
zón. — Al fin era mortal, era joven aun, y dejaba 
tras si, una existencia doméstica lo mas feliz posible. 
Le costaba separarse y dejar abandonados sin con- 
suelo aquellos dos séres tan amados! ^ 

Desde el momento en que les dijera adiós 
hasta el cadalso siempre habrían de trascurrir algu- 



— 67 — 


nos dias, cuya soledad y amargura lo asustaban mas 
que las bocas de los fusiles asestadas á su pecho. 

El silencio volvía á reinar absoluto, cuando 
entró el Juez de Paz con otros personajes que ha- 
bían venido del pueblo del Baradero con el fin de 
hacer .un sumario al inocente Avellaneda. El pros- 
cripto pensó que su última hora había llegado. 



/ V/' 


CAPÍTULO XI. 

Proceso de un unitario 


Antes que Rosas hubiera colocado en los fastas 
de la Historia Argentina los meses de Abril y Oc- 
tubre de 1840, ántes que despojándose completa- 
mente de todo velo de respeto á las leyes y á la 
humanidad, hubiese patrocinado los horrores de la 
mazorca y el fusilamiento de los 57 primeros de 
Acintiá y Tucuman, acostumbraba á matar judicial- 
mente sus víctimas haciendo tomar á sus particulares 
venganzas, el color de ejecuciones judiciarias; para 
eso había levantado el proceso de los Reinafés (*), 


(*) Los Reinafés eran una familia de Córdoba, cuatro 
hermanos, de los cuales uno era el gobernador de aquella 
provincia. Cuando el general D. Juan Facundo Quiroga ex- 
• gobernador de la Rio.ja empezó á conocer la intención de 
Rosas era usurpar no solo la soberanía de la República Ar- 
gentina, sino también avasallar como lo ha hecho mas tarde, 
todas las provincias del interior; Quiroga, aunque él mismo 


— 69 — 


asesino y ladrón, dió muestras de descontentamiento ó tal vez 
Rosos hizo esparcir esta voz; lo cierto es que debiendo Qui- 
rogo volverse de Buenos Aires á la Rioja, Rosas escribió á los 
Reinafés para que Quiroga fuese asesinado en el territorio 
cordobés.. 

Así sucedió, Rosas, según su costumbre, alzó los gritos 
v llamó á los Reinales ó Buenos Aires para que se justifi- 
casen ante la opinión pública, pues eran sus amigos y él no 
quería que pesase sobre ellos la mancha de asesinos. Los 
cuatro hermanos vinieron á Buenos Aires: Rosas los recibió 
con su llanto de cocodrilo y á las 24 horas los man jó pren- 
der; el mayor de los hermanos logró escaparse llevando 
consigo las importantes cartas de Rosas y las cláusulas de) 
contrato hecho para el asesinato de Quiroga. 

Rosas metió á los Reinafés en la cárcel, los cargó de 
prisiones, el proceso empezó y él halló medio de compren- 
der en él once individuos. 

Ha sido el proceso mas escandaloso que nunca existió, 
todos los abogados de Buenos Aires que defendieron á los Rei- 
nafés ganaron su causa porque no existió prueba alguna 
suficiente á condenarlos; no hubo Juez que los condenase, y 
fué entonces que empezaron las persecuciones á los abogados 
fallando tentativas de asesinatos sobre algunos de ellos. Por 
fin Rosas que á toda costa quería la sangre de los Reinafés, 
hizo sentenciarlos á muerte por el Dr. Maza, presidente en 
aquel tiempo de la Asamblea Nacional ('escarnio de esta ins- 
titución) Presidente de la Cámara de Justicia y Ministro de 
Rosas. Los Reinafés tres hermanos con mas de ocho indivi- 
duos inocentes y que de ninguna manera estaban complica- 
dos en negocio alguno fueron fusilados en la Plaza de la 
Victoria, sus cuerpos colgados doce horas; espectáculo hor- 
rible! y negado el sepulcro á sus restos!!! 

sus incautos cómplices . y el de t)on Domingo Cú- 
llen. 

A la verdad que mas vale en nuestra opinión 
este último partido de mostrarse cual es, que el 
infierno que antecedió la muerte del francés Bacle ( 2 ), (*) 

(*) Bacle, francés de nacionalidad, estaba establecidU 
en Buenos Aires eon una litografía;, intentó ausentarse á 
Chile, ó disgustado del aspecto que tomaba el país, ó porque 
Chile le prestase mas ventajas. Rosas .jo hizo prender y 



— 70 — 


conducirá la Cárcel, se echó sobre sus bienes y en desprecio 
de los reclamaciones de los agentes de la Francia, prendió 
otros dos franceses mas cayos nombres no tenemos presen- 
tes en este momento. 

Bode cargado de cadenas fue atormentado de todos los 
maneras posibles en su prisión, al fin murió envenenado por 
no haber motivo legal que ostentar para fusilarlo publica- 
mente. Los otros dos franceses sufrieron igual destino. Este 
fue el origen del Bloqueo de la Francia, el año 1838 (?) — La 
Autora. 

y de tantos infelices á quienes hizo fusilar juzgán- 
dolos antes, por los tribunales que él manchaba y 
profanaba convirtiéndolos en ciegos instrumentos de 
sus maldades y venganzas. 

Avellaneda pertenecía aún á esa época, en que 
Rosas temía mostrarse tal cual es, un salvaje asesino 
sediento de sangre y de riquezas hecho el amo ab- 
soluto de bienes y vidas, gracias á la manera con 
que ha sabido desenfrenar las masas bárbaras de un 
país conmovido y revolucionado aun por la decla- 
ración de la Independencia y habituado á una gue- 
rra sin tregua ni cuartel. 

Consecuente con este infame sistema adoptado 
por su amo, el Juez de Paz asi que se apoderó de 
Avellaneda, lo condujo á aquel monasterio en ruinas 
y convocó las autoridades del pueblo á fin de levan- 
tar una sumaria información cuyos fundamentos eran 
mentiras inícñas y atroces que tomaban reo al ino- 
cente pasagero que seguía viaje para Corrientes en 
la Balandra Constitución. 

El proceso de la nueva víctima del caribe, se 
fundaba primero en la declaración del patrón, en la 
misma que afirmaba el Juez que se había tomado 



— 71 


también la parte de acusador, y en una série de 
descabelladas presunciones, que ellos tomaban por 
otras tantas evidencias que deponían contra el acu- 
sado. 

Cuando el Juez de Paz entró en la capilla con 
sus dignos acompañantes, mandó poner en pié á 
Avellaneda, sentáronse ellos en las gradas del altar, 
y para' llevar á cabo la farsa principió el interroga- 
torio. 

Acerquen á ese salvaje unitario para aquí, — dijo 
el Juez. 

Dos guardias colocaron el preso en frente á sus 
torpes verdugos y continuaron á sortenerlo porque 
el peso de cadenas con que lo habían cargado no le 
dejaba movimiento alguno, impidiéndole guardar un 
perfecto equilibrio en pié sin ayuda de los otros. De 
la manera como lo colocaron quedaba frente á frente 
con la imágen de Cristo y fijos los ojos en aquel 
símbolo de la redención y del martirio, esperó sereno 
é indiferente el principio de aquella indigna ficción 
de la justicia. 

Avellaneda cargado con los honrosos grillos 
de la tiranía, ante la figura de Dios-hombre cruci- 
cado, en tanto que sus sicarios volvían las espaldas 
al altar, parecía allí como el símbolo de la humani- 
dad esclavizada demostrando toda la inutilidad del 
sacrificio y martirios del Cristo. 

— Es Vd. — preguntó el Juez — el salvage as- 
queroso unitario Valentín de Avellaneda. 

— Soy — contestó el proscripto — el Doctor Don 



Valentín de Avellaneda, abogado de profesión y 
amante de mi patria como debe serlo todo hombre 
de honor.— Juez — Déjese Vd. de pataratas — Vd. es un 
salvage unitario. 

— Felizmente — replicó el Doctor — ni Vd. ni 
los suyos saben lo que dicen; en cuanto á su amo de 
Vd., ese sabe perfectamente lo que hace y lo que 
dice, como sea conveniente á su sistema. 

— No insulte Vd. al gobierno. 

— Hace mucho tiempo que no hay gobierno 
en la República Argentina, sino un tirano atroz que 
la enluta y destroza. 

— Y no poder degollar ahora mismo este 
hombre! murmuró el Juez; de ahi continuó en voz 
alta. 

— Porque ha venido Vd. al Paraná? 

— Porque era el camino para Corrientes. 

— Mentira! Vd. venia á desembarcar con el 
fin de atentar á la tranquilidad del país y tal vez á 
la preciosa vida de S. E. el Ilustre Restaurador de 
las leyes. 

— Acabe Vd. si es su intención hacerme fu- 
silar ahora mismo, lo prefiero yo á escuchar tantas 
infamias y desatinos de la boca de un hombre que 
se llama Juez de Paz!!! Título sagrado que está 
profanando el vil ejecutor de las venganzas de un 
déspota. 

— Moderese Vd!!! 

— Silencio! ciervos del Tigre Argentino! 

Silencio! á la voz del libre y del patriota! del 



— 73 — 


hombre que lleva alta la frente y pura la concien- 
cia, del hombre que marchará al suplicio mas sereno 
que sus verdugos, mas sereno que el monstruo que 
no podrá dejar de temblar azorado cuando sepa mi 
muerte! !! 

Adelaida y su hijo de rodillas con las manos 
tendidas hácia el proscrito parecían implorar que no 
acelerase su muerte. 

El Juez de Paz confundido con aquella pala- 
bra, rápida vibrante y sonora, con aquella mirada 
noble y magestuosa que á su pesar le obligaba á 
bajar los ojos buscaba en su mente insultos y san- 
deces con que contrarrestar el lenguage soberbio y 
soberano de Avellaneda. 

Los dos hombres de cada lado del altar, les 
temblaba la carabina en el hombro. 

Simón le parecía oir sus héroes Moreno y Cas- 
telli abogando por los derechos hollados del hombre. 

Miguel por la primera vez de su vida compre- 
dia el inicuo papel que había representado por igno- 
rancia de verdades que ahora como rayos herían su 
dormida inteligencia y la despertaban de un golpe. 

Mientras que Avellaneda apenas pudiendo sos- 
tener sus hierros, con el rostro animado, el ojo bri- 
llante, la sonrisa del desprecio en los lábios parecía 
burlarse de sus acusadores y gozar del imperio ab- 
soluto que su alta inteligencia y sú virtud le daban 
sobre aquellos bárbaros. 

Señores — dijo el Juez — están Vdes. oyendo la 
audacia, la terquedad de hereje, taimado y sucio 



— 74 — 


unitario, él insulta las leyes de la patria en la per- 
sona del Ilustre Restaurador de las Leyes; que mas 
prueba de su contumacia? Señores! no lo dudemos. 
Este vil, traidor y salvage inmundo asqueroso uni- 
tario venia con el designio de asesinar á S. E. y 
revolucionar el país. Señores! firmemos el acta de 
acusación y una felicitación á S. E. porque la Divi- 
na Providencia se ha dignado conservar sus precio- 
sos dias, salvándolo de las asechanzas de este feróz 
y contumaz Unitario. 

Una carcajada sarcástica y feróz resonó en. me- 
dio del silencio que hizo estremecer los circunstan- 
tes y que perdiéndose entre las arcadas de la igle- 
sia parecía repetirse en cada uno de los ángulos. 

Todos miraron en torno de si agobiados pero 
nadie sospechó que fuera ninguno de los que allí 
estaban. 

Si hubieran podido penetrar las espesas som- 
bras que cubrían el coro, habrían podido distinguir 
el bulto de un hombre que llevaba en la cabeza una 
gorra de piel de oso y una cicatriz en el rostro que 
le hacía de una cara dos. 

Hombre satánico que se burlaba de Dios y del 
infierno, del bien y del mal. 

El Juez de Paz continuó: — Este debe ser algún 
salvage unitario escondido entre estas ruinas. 

Otra carcajada respondió á,.estas palabras. 

Los campesinos empezaron á temblar azorados 
creyendo que sería el ánima de algún fusilado que 
andaba errante por aquellos agrestes sitios y todos 



principiaron á rezarle un padre nuestro en voz baja 
con el fin de su descanso eterno. 

El Juez de Paz, á mas de su superstición natu- 
ral, temía ver su dignidad comprometida y temiendo 
si hacía otra alusión á los unitarios que otra nueva 
risada no lo comprometiera"mas y mas, trató de que 
se firmaran los dos papeles, cuyo contenido era 
obra del mismo Rosas. 

Después de firmados, volvió á sentarse y habló 
así: 

Señores: nosotros podíamos hacer fusilar en el 
instante este monstruoso unitario. 

Un sollozo de Adolfo interrumpió al Juez, al 
mismo tiempo, un rayo cayendo en algunos de los 
apartados aposentos del monasterio hizo estremecer 
el edificio hasta en sus cimientos. 

El horror de la tempestad, los rugidos de las 
fieras y el sitio en que se encontraban tenía suma- 
mente atemorizados los gauchos. 

Solo tres de entre aquellos hombres eran in- 
sensibles á vanos temores. 

El viejo lancero, porque él había oído la voz 
de la tormenta entre los Andes, allí donde moles 
inmensas de nieve rodaban con estrépito al abismo 
y donde gruesas piedras volaban como simples gra- 
nos de arena. 

Miguel, porque su alma era mas elevada y ani- 
mosa y porque en aquel momento se operaba en él 
una de aquellas revoluciones estrañas que mudan un 
individuo totalmente en otro. 



— 76 — 


Y Julián, quien de un natural salvage y feroz, 
ardía de odio y de venganza contra la familia del 
proscripto, contra Miguel y hasta contra el viejo Si- 
món, que nada había hecho sino sorprender su acción 
en el bosque. 

El Juez continuó: 

Sin embargo, de los delitos de este asqueroso 
unitario que merecía la muerte ahora mismo creo 
que debemos entregarlo vivo en las manos de S. E. 

Apoyado!! ! — Contestaron las otras máquinas ju- 
diciarias. 

— Yo mismo en persona quiero ponerlo á la 
disposición del Ilustre Restaurador de las Leyes. 

— Estoy muy cansado de estar en pié — dijo 
el preso — acabe Vd. su farsa y déjeme descansado 
una vez que no muero ahora y que debo preparar- 
me á probar todas las torturas que el tirano me im- 
ponga; bueno será contemplar mis fuerzas para que 
la división de los tormentos que me prepara, le du- 
re mas tiempo. 

El Juez se levantó diciendo: 

— Acomoden ese asqueroso unitario por ahí; 
múdense las guardias y téngase pronto para partir 
cuando yo lo ordene. 

Avellaneda volvió á ser acostado sobre la paja, 
puso su hijo á su lado en tanto que su muger de 
rodillas ante el altar se preparaba á pasar orando el 
resto de la' noche. 

Los centinelas fueron renovados y todo volvió 
á quedar en el mas profundo silencio. 



CAPÍTULO XII. 


Simón y Miguel 


Cuando según la orden del Juez de Paz los 
centinelas fueron relevados, Miguel apenas libre de 
su tercerola, en lugar de procurar descansar como 
iban á hacerlo sus otros compañeros, salió al aire libre 
y como aquellas ruinas le eran familiares dirigióse á 
una especie de recinto que tal vez sirvió en otro 
tiempo de jardín ó cementerio á los Jesuítas. 

Miguel sentía su cabeza pesada, su corazón 
oprimido, el aire le faltaba á sus pulmones érale 
estrecho el cláustro, necesitaba el viento que sopla- 
ba con violencia, necesitaba de encontrarse al des- 
campado en medio del horror de la tormenta que 

la lluvia calase sus vestidos Sentía, en fin la 

necesidad de aturdirse, para serenar el tropel de 
emociones y de ideas que lo agitaban. 

Como todas las almas nuevas y timoratas, el 


— 78 — 


joven gaucho, se veía por la primera vez de su 
vida en contienda con su conciencia. 

Sus simples creencias se rompían de un golpe 
haciendo lugar á una multitud de reflexiones é in- 
certidumbres espantosas para un hombre, que como 
Miguel, tenía una inteligencia bastante clara aunque 
inculta. 

Al encargarse de aquella misión había imagi- 
nado en el Dr. Avellaneda una especie de oso, y 
encontraba en él y en su familia séres interesantes 
y simpáticos Corredor de los desiertos era tam- 

bién la primera vez que se le ofrecía á la vista un 
hombre encadenado. 

Sobre todo, antes de conocer al proscripto él lo 
creía sinceramente un enemigo de la patria, un mal- 
vado, pero aquellos consejos de Avellaneda á su 
hijo, su noble lenguaje para con sus acusadores, 
todo confundía y martirizaba á Miguel. 

Fatigado de alma y de cuerpo cayó al pié de 
un árbol con esa especie de abandono de un sér que 
sufre y duda de lo que hasta allí respetó como ver- 
dad. 

Un relámpago de fuego brilló en aquel momen- 
to; y Miguel pudo ver los cabellos argentados y el 
rostro triste del viejo lancero que se encontraba á 
su lado con los brazos cruzados sobre el pecho en 
actitud meditativa y solemne. 

— Si las palabras que voy á proferir, hubie- 
ran de llevar mi cabeza al suplicio — dijo Simón — ni 
así mismo me callaría porque si no me engaño el 



79 — 


caballo es de buena raza aunque le hayan dejado 
tomar malas mañas. 

— Es verdad — contestó el joven — el mejor ár- 
bol tuerce el tronco cuando el vástago no se cría 
derecho. 

— No se si me habré equiv ocado joven, pero 
creo que Vd. tiene un buen corazón; esta mañana 
ha salvado delante de mí dos vidas que sin Vd. ha- 
brían sido infaliblemente sacrificadas 

La primera vez, — replicó Miguel — no hice mas que 
cumplir con las instrucciones que se me dieron á 
respecto del preso; en la segunda seguí el impulso 
natural de todo hombre cristiano de defender al 
débil. 

— ¿Y cómo puede Vd. si es cristiano, haber 
llenado una comisión tan infame como ha sido la de 
contribuir á entregar este hombre inocente? 

— Inocente! ah! desde que he conocido 

este hombre, que lo he oido hablar, estoy en los 

mayores conflictos no sé que creer! Pues 

que el gobernador será como él lo llama Un 

tirano ! ! ! 

— Es verdad, joven; es un tirano espantoso. 

Si Vd. hubiera conocido los viejos de la patria 
vería la diferencia que existe entre aquellos y este 
hombre que hoy está de gobernador en Buenos 
Aires. 

— Yo nada sé señor, Simón: criado en el cam- 
po, viviendo siempre en el desierto, á nadie conozco 
y sirvo al gobernador por que es el único que me ha 



— 80 — 


hecho algunos bienes á él le debo mi caballo mi ape- 
ro y siempre me está haciendo regalitos. 

— Y dinero ? 

— Ha querido darme por diversas veces pero 
yo no lo he recibido nunca. 

— Es Vd. mas ignorante que culpado. 

— Pero dígame señor Simón ¿es cierto que 
este hombre, esté preso, está inocente ? 

— ¿No lo ha oído Vd. hablar á él mismo? 

— Es verdad! y dijo cosas tal y cual solía 

decir el cura en otros tiempos. 

— En otros tiempos! — respondió el viejo con 
amargura — cuando los ministros del altar predicaban 
solo la unión y el amor del prójimo: cuando no se 
gritaba en los púlpitos «Mueran los salvages unita- 
rios!» 

— Pero dígame por su vida señor Simón ¿qué 
viene á ser los unitarios? 

— Vd. no vé Miguel que los unitarios ó los 
que califican asi son argentinos como nosotros? 

— Si por cierto; mas son los puebleros. 

— ¿Y Vd. cree que el gaucho no es hermano 
con el pueblero? no vé Vd. que es la misma patria. 
Es también como decir que el hombre de color no 
tiene carne y huesos como el blanco y que no tiene 
iguales derechos que éste. 

— Por fuerza, yo he visto negros y blancos 
morir, y lo mismo muere uno que otro pero vol- 
viendo á los unitarios, el gobernador me ha dicho 
mil veces á mi mismo que los unitarios eran here- 



— 81 


ges, y enemigos de la patria y que si no fuera por 
él vendían el país al extrangero. 

— Mire amigo, yo soy patriota viejo y no de 
estos tiempos; yo conocí los dias de la España, crea 
que era mejor ,que hoy. 

— ¿Qué dice señor Simón, el tiempo de los 
godos era mejor? 

— Por supuesto amigo; nosotros es verdad que 
eramos colonos de la España, pero todo el mundo 
trabajaba quieto en su casa, no se prendía, no se de- 
gollaba á ninguno, el país era rico y todos vivíamos 
como hermanos. 

— ¿Mas, Vd. peleó contra la España? 

— Si amigo! y pelié bien, á lo ménos mi in- 
tención era buena, porque creía servir á la patria; 
mas si yo hubiera adivinado que tanta sangre verti- 
da era al cohete ! Si hubiera pensado que todo ha- 
bía que servir para que Rosas hiciera tanta heregía 
con la patria, nunca amigo! nunca el viejo Simón 
era capaz de ser soldado. 

— Pues yo creía que el gobernador también 
había sido héroe de la patria. 

— Dígaselo Vd. al lancero Simón ! Jamás! ami- 
go él peleó, ni sabe lo que es eso ! es al contrario, 
cuando en el año veinte mandaba los colorados de 
las Conchas y que el viejo Martin Rodríguez (hoy 
desterrado en Montevideo) quizo entrar á la Plaza 
me contaron los mesmos colorados que su coman- 
dante se escondió por ahí y mandó decir al general 
en gefe que le acababa de dar un cólico y nombra- 



9 


— 82 — 


se otro comandante; de susto el hombre se fué en 
dos aguas! 

— Mas, señor Simón, este hombre, está preso? 

— ¿Pero cómo pudo Vd. servir en semejante 
comisión ? 

— Que quiere amigo ! el gobernador me man- 
dó llamar, para otro negocio que creo era sobre 
parejeros, entrando á platicar conmigo, entró un 
hombre que diz que le traiba unos pliegos, él los 
pidió, leyó, y de ahí dice que %quella carta le daba 
aviso de cómo un barco iba Paraná arriba y traía 
un unitario que venía á revolucionar la campaña y 
matarlo á él; mas, el patrón del buque había descu- 
bierto el enredo y que cuando el unitario quisiera 
saltar á tierra el patrón si el gobernador mandaba 
gente al Paraná iba á preguntar «si le daba carne 
fresca,» y que esta era la señal; el hombre que trai- 
ba el papel habló también mucho del caso, y así que 
se fué el gobernador me rogó que viniera yo en per- 
sona y me enseñó lo que habia de decir al Juez de 
Paz del Baradero; dióme también unos despachos 
como credenciales y sobre todo me responsabilizó 
porque el preso le llegara sano y bueno porque diz 
que es mozo que estima mucho y no quiere hacerle 
mal ni vengarse de él. 

— ¿Y Vd. creyó todo de buena fé? 

— Por fuerza. 

— ¿Y está ahora de la misma opinión? 

— Nó! ahora dudo.... el preso me parece 



— 83 — 


hombre bueno no tiene cara de asesino! no! y 

estoy arrepentido. 

— Si al arrepentimiento no sigue la repara- 
ción, ¿de que sirve arrepentirse? 

— Cierto! Vd. cree que lo podremos salvar? 

— Es Vd. un valiente sugeto Miguel ! Bien ! 
somos amigos desde este momento amigos en vida 
y en muerte. 

— Lo juro! — exclamó Miguel — poniéndose de 
pié y tomando la mano del viejo. 

— Juremos! — añadió éste — juremos delante de 
Dios que nos oye y está en todo lugar; salvar al 
Dr. Avellaneda, sea aquí, sea en Buenos Aires!!! 

— Lo juro! — pronunció el joven con voz pro- 
funda. 

— Separémosnos — dijo'el viejo — podrían haber 
notado nuestra ausencia, yo iré primero, vaya Vd 
una media hora después. 

El canto de un gallo resonó! 

— Es el segundo canto del gallo — dijo Mi- 
guel — son las once y media, después del tercer canto 
entraré yo. 

Y los dos nuevos amigos se separaron. 

Miguel quedó en el mismo lugar; su cabeza era 
un caos, y no podía darse cuenta de lo que sentía. 

Era un hombre del campo, sin instrucción ni 
trato alguno de gente; viviendo de la vida montaraz 
y errante del venado que puebla nuestros desiertos; 
amando la libertad por instinto y prefiriendo dormir 
bajo un árbol, comer una mulita ó perdiz muerta por 



— 84 — 


él ó á sugetarse á trabajar regularmente y tener un gé- 
nero de vida cierta y arreglada; tal vez porque era una 
de esas naturalezas indómitas y caprichosas para las 
cuales todo sistema detenido y arreglado de ante- 
mano es inútil. 

Un hombre de esta clase, no podía compren- 
der de un golpe que las opiniones políticas de un 
individuo no pueden jamás ser de delitos de muerte. 

No podía comprender que el hombre tiene de- 
rechos sagrados de propiedad y de seguridad indi- 
vidual, que solo son atropellados por los tiranos. 

Prefiriendo ser un pobre gaucho sin acomodo, 
á ser un buen y prevenido peón, Miguel posponía 
los bienes transitorios de la existencia á la sobera- 
nía absoluta de sus acciones. Esta libertad de si 
mismo, esta materialidad de la idea libertad él la 
comprendía y amaba con pasión, pero había aún al- 
guna distancia para que llegase á comprender la li- 
( bertad intelectual, y lo que vale el libre albedrío de 
cada hombre. 

Habiendo visto solo de léjos la sociedad, tampoco 
podía saber qué pactos son los que la ligan, ni lo 
que los hombres se deben entre sí recíprocamente. 

Por vez primera confusas ideas de todo esto se 
agolpaban en su mente que él no podía ni descifrar 
ni ver con su verdadera luz. 

Porque se ha de hacer un delito á toda esa 
masa de hombres ignorantes, que siguen á Rosas, 
desenfrenados por la falsa creencia de que la liber- 
tad es el derecho de hacer cada uno lo que quiere! 



— 85 — 


Hombres que se persuaden, que la federación, 
la causa Americana y Don Juan Manuel Rosas son 
la Trinidad Política, un mismo y solo individuo-, 
qué -creen que para ser verdaderos americanos ne- 
cesitan parecerse á los pampas, odiar todo cuanto 
no sea atraso y retroceso y considerar como anti- 
nacional cuanto no sea grosero, grotesco y ordina- 
rio; lenguaje, vestido, maneras cuanto razgo puede, 

en fin caracterizar un pueblo ! 

El Dr. Avellaneda había dicho á su hijo que 
todos los hombres éran hermanos; había calificado 
la pena de muerte como bárbara y anti-humanitaria, 
y en vez de recomendar á su hijo venganza y odio, 

solo le encargaba perdón y justicia! 

Miguel era uno de esos jóvenes que el año 
1829 estaba aún como si dijéramos en la cuna, era 
entonces un muchacho de diez ó doce años pero 
muchacho del campo, desde que tenía edad de fijar- 
se en lo que los otros decían, solo había oído pala- 
bras de sangre y de odio; era pues la primera vez 
que llegaba á sus oídos el lenguaje de la civiliza- 
ción y de la humanidad. 

Sucedíale como al hombre privado largo tiem- 
po de la vista y que de un golpe la recobra, suce- 
diendo á las tinieblas la luz mas viva. 

Largo rato pasó luchando con lo que es nece- 
sario aprender porque solo vagamente puede el 
hombre percibirlo por sí mismo: y mucho después 
del tercer canto del gallo, fue á arrojarse en un rin- 
cón del cláustro donde dormían sus compañeros. 




CAPÍTULO XIII. 

Proyectos 


Sin embargo, el viejo Simón no había venido 
al cláustro á entregarse al reposo; una vez separa- 
do de Miguel, empezó á maquinar él cómo podrían 
hacer evadir al prisionero, porque quería aprovechar 
las buenas disposiciones del joven, y sobre todo 
salvar aquella interesante familia de las uñas del lobo 
carnicero. 

La tempestad continuaba en todo su furor; 
torrentes de lluvia soplaban la tierra; la hora era 
avanzada y los centinelas que estaban de guardia 
eran vigilantes. Ningún medio posible se presenta- 
ba á la imaginación del lancero, á lo menos por 
aquella noche. 

Si no hubieran de emprender el viage al otro 
dia; si la casualidad ó el mal tiempo hicieran con 
que la conducción del preso se demorase un dia 


— 87 — 


mas y una noche, entonces Simón esperaba lograr 
su designio; mas era necesario prevenir á la familia 
Avellaneda y concertarse con Miguel, único que po- 
dría ayudarlo. 

Dos hombres contra doce ó veinte que allí ha- 
bía, no contando el Juez y sus adherentes, era em- 
presa descabellada, si á lo menos fueran cuatro, dos 
podian hacer frente mientras los otros facilitaban la 
evasión del preso; era pues necesario recurrir á la 
astucia y ver de sacar el mejor partido posible de 
la posición ventajosa de Miguel, como enviado ex- 
traordinario y pripcipal instrumento, bien que ino- 
cente, de aquella horrible trama. 

Después de mil vueltas y proj^ectos, Simón 
había logrado detenerse en uno, que le parecía el 
mas fácil. * 

Si quedaban aún una noche mas; asi que todos 
estuviesen entregados al sueño, era invitar los otros 
seis hombres que guardaban el preso á vista á que 
fueran á descansar, esto no era difícil de obtenerse 
si lo pedía Miguel de quien no era posible sospe- 
char; por otra parte, los campesinos no son malicio- 
sos y sobre todo ignoran que cosa sea la disciplina 
militar. 

Una vez solos los dos, cargaban el preso y lo 
llevaban á lo mas apartado de las ruinas: allí le 
quitaban los grillos, tres buenos parejeros ya esta- 
ban prontos; en uno montaba el Doctor, libre de sus 
grillos, en los otros dos se colocaban Miguel y Si- 
món, El primero como mejor ginete, y mas fuerte 



— 88 — 


llevaría la muger de Avellaneda en ancas de su ca- 
ballo, y el segundo, colocaría á Adolfo delante de 
si. Los tres hombres armados correrían hasta la már- 
gen del Paraná; allí entraban en la balandra, y por 
bien ó por mal obligaban al patrón á continuar viaje 
á Corrientes, por consiguiente evadíanse todos juntos. 

La muger de Avellaneda, no sosegaba por su 
parte; arrodillada al pié del altar, parecíale un sueño 
cuanto le sucedía; pero como todos los carácteres 
firmes y resolutos, no se detenía mucho en los lamen- 
tos: su marido estaba á dos pasos de ella encadenado, y 
tal vez en breves dias ó sumidos por el resto de su 
vida en una prisión, ó condenado á muerte sin di- 
lación. 

Sus lágrimas de muger, sus dolores de esposa, 
la sangre toda de sus venas derramada gota á gota 
malograrían salvarlo: era necesario acallar los llan- 
tos, serenar el alma y agusar la imaginación para 
luchar por medio de la acción y de la fuga contra 
las sanguinarias miras del tirano. 

Adelaida se sentía capaz de arrastrar los mayo- 
res peligros; nada la amedrentaba, salvar su adorado 
Valentín, este era el objeto y por lo tanto el resto, 
costare lo que costare, érale indiferente. 

Pero ¿á quien volver los ojos en aquel lugar ? 
oro y joyas tenía consigo, mas estaba ella cierta de 
seducir ni con el dinero aquellos fanáticos? 

Recordaba bien la acción de Migqel por la 
mañana, pero, esta no era bastante garantía para ar- 
riesgarse á proponerle que libertase á su marido y 



— 89 — 




ademas de eso como dirigirse ella, á gentes desco- 
nocidas y enemigos todos. 

Por lo ménos para seducirlos requeríase tiempo 
y sobre todo poderlos comprar separadamente uno 
á uno. 

Si Adelaida hubiera podido imaginarse que 
tenía dos amigos que se preparaban á intentarlo todo 
por el preso, su espíritu habría descansado un poco; 
bien es verdad que ella se juraba interiormente sino 
era allí, sería en el mismo Buenos Aires que inten- 
taría substraer aquella idolatrada cabeza al cuchillo 
de los verdugos. 

Entre tanto, Simón no dormía aunque fingía 
hacerlo profundamente, y así que vió entrar á Miguel 
arrastrándose y dando vueltas como de quien tiene 
sueño inquieto logró quedar acostado lado á lado 
con su nuevo amigo; y su voz bien baja lo impuso 
de sus proyectos: Miguel los aprobó, prometió toda 
su influencia y arrastrarlo todo, y así pasaron la no- 
che en ajustar lo que debían hacer el dia siguiente* 

Mientras aquellos dos hombres movidos de sim- 
patía y de generosa intención conspiraban á su fa- 
vor, y que su esposa también tomaba mil planes 
quiméricos, Avellaneda dormía tranquilamente, con 
esé sueño del hombre que en medio de las tempes- 
tades de la vida, conserva sosegada ■ y pacífica su 
conciencia. 



CAPÍTULO XIV. 


Tentativa 


El día que sucedió á la noche que acabamos 
de describir, amaneció triste y lluvioso, con todo 
era probable que según tiraba el viento hácia el S. 
O., la tarde sería serena y que tal vez en esa noche 
ó en la mañana siguiente seguiria viage al Paraná 
la comitiva; porque estaba decidido que llevarían el 
preso embarcado hasta Buenos Aires. 

El dia transcurrió sin accidente y los dos ami- 
gos encontraron medio sin exitar sospecha alguna 
de lanzar dos ó tres ojeadas significativas á la seño- 
ra de Avellaneda. 

La noche llegada, entró la primera guardia á 
las seis, á las diez se mudó la segunda, en ella en- 
traron Simón y Miguel que debian ser relevados á 
las dos de la mañana. La tarde había sido sere- 
na, las estrellas brillaban en el firmamento azul y 



— 91 


un suave pampero, empezaba á orear los caminos. 

Al tercer canto del gallo, es decir á la media 
Qoche, la gente que se hallaba en el monasterio dor- 
mía toda y la familia de Avellaneda fingía hacer 
otro tanto y los centinelas no cesaban de bostezar 
y restregarse los ojos. Miguel fué uno por uno di- 
ciéndoles si estaban fatigados se retirasen que él y 
su otro compañero guardarían al preso el cual visto 
su enorme peso de cadenas no podía ni mover las 
manos. 

Los gauchos encontraron buena la proposición y 
se echaron en uno de los rincones de la iglesia; 
pronto el estruendo de sus ronquidos atestiguó que 
dormían á pierna suelta. 

Cuando hubo pasado un buen cuarto de hora, 
Simón salió por una puerta lateral, de allí á unos 
breves instantes volvió, entonces en silencio los dos 
hombres dieron sus tercerolas á la valerosa Adelai- 
da y ellos con el mayor cuidado posible cargaron 
éntre los dos al preso: Adolfo levantaba las cade- 
nas para que el menor ruido no se oyese. Así sa- 
lieron los cinco por la misma puerta lateral que 
había mostrado Simón hacia un corto espacio. 

Llegados al fin de un largo pasadizo entraron 
en un vasto salón todo en ruinas que parecía la sa- 
la llamada Capitular; allí' hicieron alto y mientras 
Simón ayudado de Adelaida libraba de sus prisiones 
al proscripto, Miguel ayudado del inteligente niño en- 
sillaba y bridaba los caballos que ya tenían prepa- 
rados de antemano. 



— 92 — 


Cuando Simón y Miguel se bajaron á cargar el 
preso en la iglesia, una especie de masa andante, 
un bulto en fin, se movió del coro desde donde era 
observador y mudo testigo de todo; con paso de ti- 
gre los había seguido por el pasadizo; él había visto 
caer los hierros de Avellaneda y así que no le quedó 
duda de su intento, se volvió en silencio por el mismo 
camino, en derechura á donde estaba el Juez de Paz. 

Dormía este á pierna tendida, soñando que Ro- 
sas en premio de la presenté hazaña le daba la co- 
mandancia general de la campaña del Norte. 

Recordado en lo mas gustoso de su sueño, le- 
vantóse azorado y casi se le escapa un grito de terror. 
El personage que tenía delante de si, era un hom- 
bre bajito y regordeton, con una gorra de piel de 
oso calada hasta los ojos y una horrible cicatriz que 
estraña y espantosamente lo desfiguraba. 

— ¿Quien sois? — dijo el azorado Juez. 

El hombre sonrió — Sono il patrón de la balan- 
dra — respondió Caccioto, pues era él en persona. 

— ¿Es hora de partir? — preguntó el Juez le- 
vantándose de sobre su recado_ que le servía de 
cama, y poniéndose su poncho á toda prisa. 

Sí é hora, porqué lo preso se ne vá! 

— Maldita sea tu lengua ! carcamán del diablo, 
— rompió el Juez — que me reyunen si le entiendo á 
este gringo lo que quiere! 

— ¿Non capite ? 

— Vete al infierno! háblame en castellano que 
yo no entiendo el carcamán. 



— 93 — 


Caccioto hízole señas que lo siguiera á la igle- 
sia; allí solamente pudo * comprender el juez lo que 
Caccioto quería hacerle comprender. 

— Se huyó! ah! traidor!— fué la primera es- 
clamacion del Juez. 

Iba. á dar la alarma cuando Caccioto lo detuvo 
y haciéndole aquellas señas mas comprensibles, re- 
cordaron en silencio la gente y se dirigieron á en- 
sillar. 

Durante este tiempo, los fugitivos ya estaban 
á caballo, y contando dos horas de ventaja, se es- 
forzaban en ganar terreno, á pesar del mal estado 
de los caminos. Pocos minutos después de la partida 
de la pequeña tropa que huía, el Juez de Paz del 
Báradero salía con su gente de entre las ruinas del 
monasterio y siguiendo las pisadas de los caballos 
que les llevaban la delantera. 

Puede decirse que los unos pisaban la tierra 
que en aquel momento dejaban los otros. 

El Juez de Paz no se apresuraba en agarrarlos 
porque sabía que los otros habían de defenderse y 
en este caso se esponía á herir el preso que su amo 
quería vivo y sano; por otra parte al ensillar su 
gente habían notado que de los cinco parejeros que 
estaban ásoga, faltaban cuatro, de rhanera que el 
quinto lo montaba él, y sólo no era bastante á per- 
seguir los fugitivos traidores, como él los llamaba, 
porque así se llaman también en el lenguaje de Ro- 
sas todos aquellos que procuran salvar sus pezcue- 



— 94 — 


sos y sus bienes de sus manos y de sus sanguina- 
rios mazorqueros. 

Podrían ser las cuatro de la mañana cuando 
unos y otros llegaban á la márgen del Paraná. 



CAPÍTULO XV. 


Peligro 


El primer crepúsculo del alba rayaba incierto 
en el oriente y á su débil claror se distinguía la ba- 
landra á media ancla en medio del río. 

— Con mil diablos ! — Dijo Simón — háse pues- 
to el barco muy léjos. 

— Es necesario echar pié á tierra — respondió 
Miguel— tal vez hayan dejado por la orilla el bote. 

Todos bajaron del caballo. En aquel momento 
una voz bien conocida gritó de atrás á ellos; que 
son traidores! 

Simón y Miguel, veloces como el rayo saltaron 
sobre sus caballos y desaparecieron por entre. los 
árboles; Avellaneda saltó también sobre el suyo, v 
ya Adelaida se regocijaba interiormente cuando su 
marido abandonando las riendas sobre el cuello del 
noble animal, echó pié á tierra diciendo: 



— 96 


— ¿Y qué será de mi hijo y de mi muger? 

El Juez de Paz y su gente lo rodeaban de nuevo. 

— Ah! — dijo el Juez— el salvaje unitario huia 
como un cobarde! 

Avellaneda levantó su chicote única arma que 
en aquel momento poseía, para descargarlo sobre el 
insolente, pero en menos de un segundo, se halló 
rodeado y maniatado. 

— Se me olvidó traer los grillos— esclamó el 
juez — cuando los hierros no bastan, ménos suficien- 
tes son las cuerdas. 

— Sonno quí (profirió una voz que el Juez 
de Paz conocía perfectamente) y Caccioto saliendo 
de entre los árboles presentó, un abultado atado de 
cadenas. 

Así que había dado el aviso al Juez de Paz 
y alarmado la gente, Caccioto tomó sin saberlo ei*' 
cuarto parejero que faltaba, recogió los grillos y 
gracias á su excelente caballo ya que había corrido 
aunque maturango á rienda suelta, llegó el primero 
á la márgen del río; con su natural agilidad trajo la 
chalana á tierra la escondió entre las matas y man- 
dó los marineros que echasen media áncora y aguar- 
dasen distantes de la orilla. 

Apenas concluidas estas disposiciones llegaban 
los fugitivos. 

Avellaneda cargado nuevamente de cadenas 
fué puesto en la chalana para ser conducido á bordo. 
Su muger y su hijo se abalanzaron para seguirlo 
pero fueron bárbaramente repelidos. 



— 97 — 


Caccioto, el Juez de Paz, Julián, el preso y tres 
hombres . mas entraron solos en la chalana que se 
alejó con presteza de la orilla. 

El rest£>_ de la gente volvió con los caballos al 
pueblito del Baradero. 

Aunque los sucesos que describimos se pasa- 
sen con tanta rapidez el crepúsculo se había tornado 
ya en la blanca luz del alba y todos los objetos se 
distinguían claramente. 

Cuando Adelaidá vió que4«ft bárbaros se lle- 
vaban sin remedio su marido, que la dejaban á ella 
con su hijo en medio de la selva, sóla á merced de 
los tigres y perros selváticos y no siéndole posible 
tampoco separarse asi del que tanto amaba, por una 
de esas prontas resoluciones enérgicas, é hijas de 
un alma grande, tomó su hijo en . sus brazos y se 
echó al río con la esperanza de llegar caminando, á 
la chalana que iba delante de ella. 

Avellaneda, que lleno de angustia no quitaba 
sus ojos de la orilla donde estaban su hijo y su mu- 
ger, aquellos dos séres tan queridos de su corazón; 
al ver á Adelaida precipitarse en el rio con su niño 
en los brazos, arrojó un grito tan dolorido y pene- 
trante que todos volvieron la cabeza hácia la márgen. 

La valerosa muger se internaba en el agua sin 
el menor viso de temor y su hijo abrazado de su 
cuello sonreía inocentemente pensando de que esta 
manera se reunirían á su padre. 

— Salvad mi muger y mi hijo — esclamó el 
Los Misterios dcl^Plaia * 



— 98 — . 


proscripto — van á ser víctimas de los yacarés sino 
los recogéis. ¡Bárbaros; vosotros no teneis hijos no 
teneis esposas! Oh! salvadlos! salvadlos! 

Y el infeliz, estando encadenado, pálido como 
un muerto se agitaba inútilmente. 

Los verdugos que lo acompañaban reían de 
sus ansias y la chalana llegó al barquito. 

Todos subieron á bordo; entre tanto Adelai- 
da avanzaba siempre, el agua le daba ya por la 
cintura, pronto le llegó al cuello; Adolfo atemoriza- 
do empezó á llorar, la madre lo apretó contra su 
seno y elevando su voz gritó: ¡arrójenme una cuer- 
da, aunque sea! 

Su marido, desde á bordo, con los lábios tem- 
blorosos, pálido como un cadáver, la frente bañada 
en sudor frío, miraba aquel cuadro con ojos empa- 
ñados y casi extintos; faltábale la respiración y sen- 
tía un zumbido fúnebre en sus oídos. 

La pobre quiso dar un paso mas y perdió pié, 
el niño lanzó un ¡ay! de agonía espantosa y el in- 
feliz Avellaneda cayó sobre la cubierta sin sentido, 
como herido de un rayo! 

Entonces, á corta distancia de la balandra se 
oían dos voces casi extintas de un niño y una mu- 
ger que luchando con las ansias de la muerte ex- 
clamaban: — 

¡Socorro! ¿Socorro! ¡Socorro! 



CAPÍTULO XVI. 


La casa de Rosas por fuera 


El aspecto material de la casa de Rosas por 
fuera, no presenta rasgo alguno extraordinario y la 
única particularidad que podremos notar, es un al- 
tísimo mirador que domina la ciudad entera, y su- 
perior en elevación á algunas de las torres de las 
iglesias que contiene la ciudad. 

Este mirador, que forma una gran sala, inte- 
riormente es también la habitación habitual del Dic- 
tador. 

La calle en que está situada la casa, se llama 
del «Restaurador», porque tal es el pomposo título 
que Rosas se dá asi mismo y que se hizo decretar 
por la llamada Junta de Representantes' del infeliz 
pueblo: Restaurador de las Leyes!!! 

Loe individuos que cruzan esta calle, andan 
con paso mesurado aunque la inquietud de sus mi- 
radas, la palidez del semblante y la contracción de 



100 — 


los nervios todos, traicionen una especie de terror 
pánico invencible y el deseo de huir de aquel para- 
je, como de un lugar contaminado por el cólera! 

Una vez frente á la casa, los transeúntes, se 
quitan respetuosamente el sombrero como se acos- 
tumbra hacer ante el sagrario! 

En Buenos Aires todo el mundo carga la divi- 
sa de Rosas, los hombres la llevan en el sombrero 
y en el ojal del vestido, las señoras hecha un lazo 
en el peinado. 

Esta divisa consiste en una cinta punzó con el 
retrato del tirano y letreros que dicen: «Federación 
ó Muerte! Viva el Restaurador de las Leyes! Mue- 
ran los salvajes Unitarios!» 

La calle del Restaurador es poco frecuentada 
por los habitantes, y solo la necesidad los impele 
de tiempo en tiempo á cruzarla. 

Sin embargo á falta de personas, es común 
encontrar una fila de caballos ensillados, amarrados 
á los postes, (guarda ruedas). 

A veces al lado de cada caballo, está un gau- 
cho; su calzoncillo largo que le cubre .el pié, calza- 
do por la bota de potro ( ! ) el chiripá de colores 
vivos envolviéndole los muslos hasta la rodilla ó he- 


( 1 ) Calzado rústico hecho de piel que cubre parte del 
muslo y ante pierna del animal caballar, viniendo á servir 
el ángulo que forma la rótula de talón. Esta piel la des- 
carna al gaucho de la membrana que forma la dermis, de- 
jándolo solamente en la parte que ha de servir de suela; 
después la soba tanto hasta dejarla tan dócil y suave como 
una cabré ti II a.— La Autora. 



101 


cho bombacha, el tirador de cuero á la cintura, su 
poncho, su chaqueta y el pequeño sombrero de bar- 
bijo, á un lado sobre la oreja ó sobre los ojos; es 
imposible conseguir que un gaucho lleve su sombre- 
ro derecho jamás; con su aire indiferente habitual, 
están allí mirando al aire, su grande cuchillo de 
monte atravesado en el tirador, con ese modo ame- 
nazador que tienen hoy. 

Sentados por la vereda contra los muros de la 
"casa, vénse diseminados los pampas amigos. El 
pampa es un tipo diferente y desconocido; es por 
lo general, bajo y membrudo, el color de cobre muy 
lustroso, la nátriz chata, los lábios gruesos, los dien- 
tes blancos, los ojos grandes; tienen una mirada 
triste y donde parece haber algo de meditativo y de 
poético, su frente pequeña pero no chata; los cabe- 
llos lisos, negros y brillantes son llevados de igual 
manera por los dos sexos. Su vestido es también 
igual y consiste en las telas tejidas por ellos mismos 
que los naturales llaman jergas pampas. 

La casa de Rosas es su posada habitual y este 
generalmente los recibe como hermanos y los envía 
á sus barracas donde los mantiene á su costa. 

Grupos de hombres de chaqueta, mal vestidos, 
el rostro infernal, se vén á las inmediaciones de la 
casa, el puñal á la ciñtura, la pistola en el bolsillo, 
el chicote ea la mano. Su aire de desden feroz, su 
risa de amo, alguna tal cual mancha de sangre en 
el chiripá y calzoncillos, está diciendo que es un 
«mazor quero». 



102 — 


Hombres de aire apresurado, de mirar preocu- 
pado, entran y salen; estos son los enviados extra- 
ordinarios, los espías, los bomberos, los chasques 
que salen y llegan á todo instante; desde las seis de 
la mañana hasta las tres de la madrugada en este 
afan. De tiempo en tiempo llegan tres ó cuatro 
soldados con algún individuo que su andar temblo- 
roso, á su faz pálida y amarillenta, se tomaría por 
un muerto que anda por sus piés gracias á la inven- 
ción de un nuevo mecanismo que lo pusiera en pié' 
desde la tumba. 

Este individuo ha sido llamado expresamente, 
sin duda, por orden del Dictador y viene como quien 
marcha al patíbulo. 

Cuando el individuo sale, — si es que sale lleva 
el rostro de quien renace á la vida. 

A . su entrada todos lo miran por encima del 
hombro y tal cual palabra amenazante de sangre y 
de matanza le congela la sangre en sus venas; á su 
salida, todos los sombreros saludan, las bocas se 
sonríen, ya aquel parece invulnerable porque escapa 
vivo de las manos de la fiera. 

Caballos á toda brida con sus ginetes, cruzan 
la calle á cada instante. 

Bandas de música militares entran y salen del 
patio de la casa; mugeres, de vestidos colorados. 
Negros, mulatos, pampas y mazorqueros, todo esto 
entra y sale en tropel. 

Por fuera, la casa de Rosas respira el barbaris- 
mo de su gobierno y la inquietud de un país siem- 



103 — 


pre en revolución porque el tirano así lo quiere; 
por fuera en vez de esos comedidos porteros que 
anuncian las habitudes tranquilas del magistrado, 
están apiñados soldados sucios y andrajosos con el 
traje de los gauchos, el fusil al hombro ó la espa- 
da desenvainada en la mano, prueba inequívoca, que 
á la fuerza moral de la ley, ha sucedido la fuerza 
brutal del acaro; que el gobierno en vez de apoyarse 
sobre las instituciones y el amor de los conciuda- 
danos, se apoya sobre el poder de la lanza y del 
cañón; prueba en fin, que á las formas de un go- 
bierno sea cual sea en su doctrina, ó su funda- 
mento, se ha sobrepuesto, el individualismo, y que 
un hombre llamado Manuel Rosas, es el amo abso- 
luto, el dueño de vidas y haciendas, el capitán de 
i|na horda de asesinos que saquea una ciudad, que 
se ve hartá de sus despojos con sus servidores. 

Trescientos hombres armados permanentemente, 
hacen la guardia de la casa, porque Rosas parece 
que se ha propuesto imitar en lo posible, á los em- 
peradores romanos, de manera que esta numerosa 
guardia de espada, desnuda en la mano recuerda el 
hacha de los lictores. 

Aquella casa rodeada siempre de asesinos y 
bandidos, parece pronta á arrojar de sí puñales 
proyectiles por todos los ángulos dé la pobl 
parece que aquellos hombres, solo esperan ? * 
del tigre para degollar al pueblo ente- 

Tal es el aspecto exterior de ' 

Dictador Rosas. 




CAPÍTULO XVII. 

La . casa de Rosas por dentro 


Después de la descripción que acabamos de 
hacer, nuestros lectores no deben esperar que con- 
traposición ninguna siga á lo que dejamos descripto. 
Es una verdad innegable que el individuo imprime 
su carácter á cuanto lo rodea; cada objeto que le 
pertenece, tiene en si algo peculiar al dueño; el 
vestido, los muebles, la cosa mas insignificante, se 
pueden considerar como otrfts tantos rasgos de la 
persona que se quiere estudiar. 

Por eso, la barbarie, el salvajismo, el retroceso 
"’a idea de civilización están impregnados en 
f era de la casa Rosina;! 1 ) por eso no debe- 


los partidarios ue Rosas. 

(La Autora) 



— 105 — 


mos buscar allí la armonía pacífica de la familia, la 
santa poesía del hogar doméstico, el todo que re- 
presenta y caracteriza las gentes de vida laboriosa 

y^ tranquila, de conciencia pura y alma virtuosa 

Es verdad! el semblante es la máscara del ser moral; 
la palabra puede ser el resultado del cálculo y no 
del sentimiento, el intérprete de la mentira y no de 
la verdad 3 r el honor; pero es imposible nunca que 
el todo que representa y compone la familia, pueda 
engañar; es imposible que una familia de asesinos 
pueda nunca tener el aire de una familia de buenos 
y honrados individuos. 

En cualquier clase de la sociedad, que colo- 
quemos los dos tipos antípodos, el vicioso y el vir- 
tuoso, ellos tienen rasgos tan particulares y tan su- 
yos que son inequivocables. 

Los individuos de la familia Rosas son varios; 
pero nosotros solo conoceremos aquellos que tengan 
relación con esta historia. 

El mismo desorden que reina en las institucio- 
nes, reina en la sociedad, y después en el interior 
de la familia. Rosas es el amo del pueblo, por con- 
siguiente es también el amo de la familia. La Fe- 
deración tal cual como él la entiende, es décir, ma- 
tar, robar, oprimir á sus semejantes, • reina también 
en el interior de su casa, donde hace soplar á fue- 
lle y chicotear á quien le desagrada, y á veces por 
un mero entretenimiento. 

En la sala de recibo se tienen generalmente las 
señoras de la casa; es aquel el lugar donde se reci- 



106 — 


ben las continuas felicitaciones, se decreta la ruina 
de tal ó cual familia, la muerte de tal ó cual indivi- 
duo mas no apresuremos los acontecimientos!.... 

Conduciremos al lector á una de las escenas 
domésticas de la vida privada del tirano. 

Las cuatro de la mañana daba la campana del 
Cabildo; Rosas terminaba su comida-^ 1 ) los que es- 
taban en la mesa se levantaron y su hija Manuela 
bajó dándole las buenas noches, á los otros pisos 
de la casa. 

Rosas ocupa el mirador y generalmente se echa 
sobre un sofá á reposar porque el sueño, ha mucho 
tiempo que no viene á sus ojos. 

En el fondo de la sala están dos armarios que 
constituyen un archivo; á poca distancia su gran 
mesa de despacho, sillas esparcidas por el cuarto; 
en un rincón, un braserito con una caldera de agua 
hirviendo para el mate y cerca de ellas las prepa- 
raciones necesarias. 

Al entrar Rosas á su cuarto, iba seguido por 
dos grotescos personajes que tendremos ocasión de 
encontrarlos aun en el resto de esta historia. 

Rosas, es alto y grueso; su tez blanca, fina y 
rosada; la cabeza inteligente, las cejas finas, los ojos 
azules claros, de mirada escrudiñadora y feroz; la 
nariz larga y aguda; la boca sumida, con labios ape- 
nas perceptibles. Parece que aquel hombre no na- (*) 

(*) Rosas come generalmente á la una, dos ó tres de 
1a madrugada, y duerme solo momentos. (La Autora) 



107 — 


ció ni para sonreírse ni para permitir en sus seme- 
jantes el mas breve destello de placer; es uno de 
aquellos individuos que ciertamente nacieron para 
aflixion del género humano; como si dijéramos la 
epidemia personificada. Su edad será de unos cin- 
cuenta y siete ó cincuenta y ocho años. Sus cabe- 
llos rubios y sedosos empiezan á encanecer, porque 
asi como la desgracia, el crimen ejerce sobre los 
individuos su temible influencia! 

Los dos personajes que lo seguían, eran dos 
grandes mulatos, asquerosos y súcios, casi desnudos 
respondiendo á los nombres de Bigúan y el otro al 
de Mulato Gobernador! 

Estos dos infelices, medio idiotas, medio locos, 
son las víctimas de todos los caprichos y barbarida- 
des de Rosas, son sus graciosos particulares; porque 
Rosas como los antiguos monarcas de la edad media 
tiene sus locos ó bufones con que divertirse. La 
única diferencia es, que él se rie no de las agudezas 
de estos porque son dos locos insulsos, sino de los 
tormentos que les hace sufrir, cuando está de mal 
humor. 

Al echarse sobre el sofá, dijo — Mientras llega 
la hora del máíe voy á echar una sestiada; vamos 
mis mulatos, para poder dormir á mi gusto, hagan 
ahí una cuestión entre los dos y que sea fuerte. 

Al decir esto se acostó poniendo á su lado un 
grueso chicote, y el inevitable fuelle. 

— Y sobre que ha de ser la cuestión?— pre- 
guntó Bigúan. 



108 — 


— Sobre cual de vosotros dos, merece mejor 
ir en mi lugar al primer convite ó baile que se me dé. 

— Bravo! — dijeron ambos mulatos, dándole pal- 
mas. Rosas cerró los ojos sin perderlos de vista, y 
los dos antagonistas dieron principio, hablando am- 
bos casi al mismo tiempo, cosa que infinito divertía 
á su amo. 

— Debo ser yo naturalmente quien vaya en 
lugar de Juan Manuel — dijo el mulato-gobernador. 

— No hay tal, Juan Manuel sabe bien lo que 
hace para mandarte á tí que eres un mulato mas 
asqueroso que un unitario; yo que soy el inmortal 
Bigúan debo de ser el que vaya! 

— Tú eres un pedazo de borrico! , 

— Y tú un carnero! 

— Yo soy el mulato-gobernador! 

— Y yo soy -Bigúan, á quien soplan dos y 
tres veces por dia, con el objeto de salvar, á la en- 
trada de Corbalan y Victorica! ( 1 ). 

— También me soplan á mí! y sobre todo yo 
fui quien en el coche de gobierno, fui al banquete 
dado por los guardias nacionales( 2 ) á Juan Manuel 
mi aparcero! por mas señas que me emborraché de 
lo lindo y vomité sobre la mesa! 


(1) Esto es histórico y Rosas lo ejecutó por vez pri- 
mera el ai'io 1830, en un consejo de ministros. 

( 2 ) Histórico. 1855. 

(La Autora) 



— 109 — 


— Linda gracia! 

— Vean que político; ché! cuidado! 

— Éa loco! 

— Cállate tu borrachon! 

— Silencio canalla! 

Una larga série de frases incoherentes siguió, 
entre tanto Rosas fingía dormir. Así que los locos 
comprendieron esto, haciéndose señales de inteli- 
gencia, los dos se callaron y fueron cada uno á 
echarse en un rincón porque caían de sueño y can- 
sancio. 

Rosas los dejó cerrar los ojos y a£í que su 
respiración tranquila y sonora anunció ese sueño de 
quien descansa con placer de un trabajo forzado, 
Rosas se levantó despacio, tomó el fuelle y se acer- 
co al mulato-gobernador; el infeliz despertado tan 
terriblemente, sufría su tormento en silencio con 
gesticulaciones indecibles y contorsiones espantosas, 
que hacían reir á Rosas con esa risa de tigre que 
no se puede describir; así que el mulato no podía 
aguantar mas, lo dejó y tomando el chicote, empezó 
una fuerte tunda sobre Bigúan, que despertado de 
sobresalto quiso gritar, pero su amo le ordenó de 
reir en vez de llorar, porque esta contraposición lo 
divertía, al paso que el otro mulato había comenza- 
do lo que en su lenguaje bárbaro él llamaba una 
salva. Era este un momento de buen humor para 
Rosas! una de sus diversiones favoritas, y excenas 
del interior de su vida privada. 

Estaba ya harto de reir, cuando Corbálan se 



*- no - 

presentó, habló un momento con él, salió y volvió 
acompañado de un hombre bajito con una gorra de 
piel de oso en la cabeza, la que se quitó respetuo- 
samente al entrar, descubriendo su rostro desfigura- 
do por una enorme cicatriz. 

Rosas sentóse al pié de la mesa con aire se- 
vero, y el individuo quedó^ de pié y á corta dis- 
tancia. 

Esto prueba que entre los malvados hay tam- 
bién su gerarquia y que Rosas no es un malvado 
ordinario. 





CAPÍTULO XVIII 

Dos naturalezas simpáticas 


Ocho dias han trascurrido desde aquel en que 
dejamos la familia Avellaneda en el Paraná; Don 
Valentín desmajado sobre la cubierta de la balan- 
dra, su mujer y su hijo luchando con la muerte, 
perdidos en el rio. 

Serian las diez del día, cuando Corbalan anun- 
ció á S. E. que un enviado del Juez de Paz del Ba- 
radero llegado del Paraná en la balandra Constitu- 
ción, deseaba hablarlo. 

Rosas sonrió con disimulo y lo mandó entrar. 
Pocos momentos después el enviado se hallaba en 
el mirador. 




Era este un joven bajito y delgado, de color 
cetrino, ojos verdes claros, rostro regular, cabellos 
negros y sin pelo de barba, apenas un bozo le som- 
breaba el labio superior. Tenia los ojos pequeños 
y avejigados, la mirada torva y las cejas juntas. Su 
voz era de un timbre mujeril y falsa, en sus modu- 
laciones destemplada. Su vestido era el traje ordi- 
nario de los gauchos; en aquel momento ún aire de 
satisfacción interior le daba una particular animación 
á su rostro. Llevaba por primera vez de su vida 
una misión importante, y á mas de eso se encon- 
traba también por vez primera, frente á frente con 
su ídolo, con su héroe. 

Rosas por su parte, con aquella ojeada parti- 
cular al investigador, consideró un momento á aquel 
hombre de pequeña estatura, aquellos miembros dé- 
biles y delgados; su cabeza achatada en la región 
frontal, saliente de ambos lados y elevada hácia el 
cerebro, su frente pequeña, sus ojos verdes en aquel 
color de cobre y su rostro imberbe, una sonrisa de 
bondad, es decir, del gozo que experimenta la fiera 
ó la víbora cuando encuentra su semejante, se dejó 
ver en su rostro. 

El mozo por su parte, de pié, el sombrero en 
la mano, tenia fijos sus ojos en el Dictador y estre- 
mecimientos de gozo lo agitaban. Rosas hábil co- 
nocedor del corazón de los malvados como él, go- 
zaba á su vez de la admiración de aquel jó ven y 
decía entre sí: — Ya tengo un asesino 'mas, á mis 
órdenes; si no eres ambicioso yo te protegeré, mas 



113 — 


si lo eres, yo te haré degollar porque tú has de ser 
tan astuto como perverso. 

Rosas rompió el silencio: — 

— ¿Que deseaba Vd., amigo? 

— Venia de parte del Señor Juez de Paz del 
Baradero, á decir á S. E. que anoche á las diez 
llegamos, y que hemos agarrado en el Paraná un 
salvaje unitario que iba en el mismo barco que nos 
trajo á Buenos Aires. 

— Es posible! — dijo Rosas afectando admi- 
ración. 

— Si señor! — continuó el otro — Lo prendimos 
cuando el intentaba desembarcar. 

Rosas suspiró y como hablándose á si mismo 
decia: — ¿Pero que quieren estos unitarios Señor! ¿que 
les ha hecho esta Patria para que no la dejen so- 
segar y que les hago yo para que atenten todos 

los dias á mi vida? 

— Son perversos — replicó el enviado — Por eso 
yo los odio de todo corazón y les he de hacer la 

guerra como un pobre peón, que soy mas en fin 

soy mas federal que Cristo y este unitario si llega 

vivo es porque no me dejaron matarlo! Me lo 

estorbó un traidor mas dia llegará en que me 

vengue! 

Al pronunciar estas palabras los ojos del mozo 
relucían, sus nances estaban dilatadas y sus labios 
temblaban ligeramente coronados de una espuma 
blanca, parecida á la baba de los canes rabiosos. 

Rosas probaba también una especie de conmo- 



— 114 — 


cion eléctrica de aquel lenguaje de sangre y de 
venganza Los dos se comprendían mutuamente! 

El joven continuó: — El unitario ayudado de dos 
traidores se nos quiso escapar, mas el Juez de Paz 
anduvo vivo y los agarramos. 

Bien sabia Rosas que si no habían huido era 
gracias á Caccioto con quien lo dejamos en confe- 
rencia la noche pasada, y que á la gorra de piel de 
osa y á la cicatriz, el lector debió ya reconocer. 

— Rosas contestó: — Yo agradezco mucho al 
Señor Juez de Paz y á los vecinos del Baradero, el 
celo que muestran por la santa causa de la Federa- 
ción, y he de recompensarlos en nombre de la Pa- 
tria, principiando por Vd. que es el primero que me 
trae la noticia. 

Los ojos del mancebo se animaron de gozo. 

— Yo deseo poco dijo él. 

Rosas pensó; ah! siempre deseabas algo ya? 
veamos lo que es. 

— Pues hable Vd! — contestó el Dictador — aque- 
llo que yo pueda 

— Yo quería permanecer en el servicio activó 
de S. E. porque asi se me presentarían tal vez oca- 
siones de hacerle algún servicio, y de alli la vida 
de S. E. es muy importante para la Patria y yo quie- 
ro velar de cerca sobre ella. 

Rosas quedó en silencio; tenía delante de si 
un hombre á' quien podría hacer el mas ciego de 
sus asesinos, á quien bastaría una leve señal para 
que cometiese los mayores atentados. Regocijábase 



115 — 


interiormente y al fin de una pausa le preguntó: 

— Quiere Vd. entrar en la Sociedad Popular 
Restauradora? 

— Donde S. E. quiera colocarme yo estaré 
bien, mi única ambición es servirlo como sea y en 
que lugar se me ddstine. 

Rosas se dispuso á escribir. 

— ¿Su nombre de Vd.? 

— Julián Molina; — contestó el mozo, — que 
nuestros lectores ya habrán reconocido como el exal- 
tado que sin Miguel, habria asesinado al Dr. Ave- 
llaneda y su hijo. 

Rosas escribió algunas líneas y dándole el pa- 
pel que las contenia, le dijo: 

— Esta noche Vd. se presentará en la casa 
calle y número que le designe Corbalan, mi edecán, 
el mismo que aqui lo introdujo. 

— Dios vele por los preciosos dias de S. E. 
contestó Julián — ¿Que he de decir al Juez de Paz? 

— Puede Vd. retirarse — dijo Rosas al mozo — 
yo enviaré mis órdenes á bordo; Vd. ya no perte- 
nece á nadie sino á la Patria, es Vd. “hombre libre”. 

Julián ensoberbecido respondió: — 

— Yo ya sabré merecer la atención de S. E. 

Rosas le alargó la mano que el joven llevó á 
sus lábios y cuando retiró las suyas, encontró un 
billete de 500 pesos en la mano. 

Quiso rehusar, mas Rosas no lo permitió, y 
ambos se separaron recíprocamente satisfechos uno 
de otro. 



116 — 


Rosas se puso á la ventana, vió á Julián en 
el patio hablando con Corbalan, lo vió salir de la 
casa y solo entonces, acercándose á los labios un 
pito de oro que sacó del bolsillo dió un agudo sil- 
bido. 

Al momento se oyeron los pasos de alguno que 
subía la elevada escalera de cuatro en cuatro es- 
calones, y Corbalan entró. 



CAPÍTULO XIX 


Corbalan 


Así se llama el edecán particular de Rosas, es 
éste su confidente más estimado, si él puede estimar 
algo que no sea á sí propio, en este mundo! Es el 
agente secreto, el ejecutor de las voluntades y tra- 
mas de su amo. Es su criado, su escudero, su 
edecán, su mandadero, su espión, es en fin el hom- 
bre universal de Rosas, el éco de todos sus pensa- 
mientos y palabras. 

¿Cuál podrá ser el motivo de tanta predilec- 
ción? 

¿La amistad? : el que dió una bofetada á su 
madre no tiene amigos ! 

La simpatía? 

Rosas detesta á Corbalan y se complace en 
insultarlo y mortificarlo. 



— 118 — 


Por ventura posee el edecán una fidelidad á 
toda prueba? 

La fidelidad es la virtud de un corazón noble 
y Corbalan no tiene virtudes ni vicios y si tiene co- 
razón es posible que esté putrificado. 

¿Acaso una inteligencia elevada, lo coloca en 
tan alta posición? 

Corbalan es tapado como una tortuga, y des- 
pués de eso si Rosas le notase el mas débil deste- 
llo de espíritu intelectual ya lo habria hecho fusilar. 

Mas ¿qué desconocida virtud ó calidad, tenía 
tan preciosa este hombre? 

La mas rara posible de encontrar en este ser 
racional ! 

Corbalan, no piensa, ni siente! Corbalan es 
un autómata viviente perfecto que repite lo que se 
le manda, repite y ya donde lo mandan guiádo por 
una especie de instinto imperfecto ! 

Hé aquí el secreto: 

Corbalan ha vegetado y vegeta sobre la tierra, 
como vegetan otros tantos insectos y plantas; fué 
manequí de guerra y como siempre ejecutó al pié 
de la letra lo que le mandaron, llegó á coronel, 
peleó sin entusiasmo ni valor, no huyó porque los 
otros no huyeron y estamos seguros que el mecanis- 
mo de su organización jamás se alteró por emoción 
de ningún género. 

El coronel Corbalan, edecán de Rosas Jjene 
sesenta años de edad. 

Es un hombre alto, no diremos que flaco, ésta 



— 119 — 


I 

especificación conviene á los que tienen poca carne 
sobre sus huesos, Corbalan no tiene ninguno, sobre 
sus nervios secos y duros está pegada su piel ama- 
rillenta y enjuta como el pergamino. Es un viviente 
disecado. Por sobre la casaca militar que jamás 
despide, se pueden contar á treinta pasos de distan- 
cia, sus costillas, y las dos puntas salientes de las 
dos paletillas semejan los troncos de dos alas que- 
bradas. 

Sentado Corbalan hace un número 5 perfecto, 
de pié es una f minúscula. 

Su cabeza sin un solo cabello, viste una pelu- 
ca colorada que en las marchas formales del dueño 
suele quedar con el jopo de horizonte en la nuca 
del edecán, mientras la parte correspondiente á la 
nuca le sirve de visera. 

La forma de la cabeza es exactamente la de un 
queso de Holanda sin parte superior ó inferior, sin 
pasiones, sin inteligencia y sin instrucion. 

Los ojos grandes de Color no conocido, fijos 
y nublados como los de un difunto; el resto de sus 
facciones es tan vulgar que puede servir de tipo á 
la vulgaridad. 

Acabamos. 

Corbalan, es la estupidez, la insignificacion y 
el automatismo individualizado. 

Y este es el hombre que le conocía á Rosas, 
el oido fino, la lengua lista y la inteligencia de 
piedra. 

Rosas habló con su edecán, una media hora, 



en seguida este salió, montó á caballo, y como nece- 
sitaba galopar, su peluca principió las evoluciones 
acostumbradas en semejantes casos. 

En vez de repetir palabra por palabra las ór- 
denes del Dictador, preferimos presentar ¿ nuestros 
lectores el cuadro que fué su resultado, como uno 
de esos efectos mágicos de la misteriosa política de 
Rosas en que su voluntad de bronce y su tiranía 
están patentes. 



gsasagagBsasgsasasasHsasBSBSHsasasgsasas 


CAPÍTULO XX. 

Preparativos para una solemnidad 


En ménos de dos horas, Corbalan puso en mo- 
vimiento la ciudad. Las campanas de todas las igle- 
sias principiaron á repicar porque la Divina Provi- 
dencia salvaba los preciosos dias de S. E. (J) 

Los Jueces de Paz redactaban felicitaciones que 
hacían firmar al vecindario en ese mismo dia; órde- 
nes se repartían por todos los barrios á fin de ilu- 
minar la ciudad esa noche, y embanderarse cada 
casa el dia siguiente. 


( l ) Misionen. Es Oslo una farsa que 
siiivo el© prcl ex lo á mil. violoiráns ó inj n.~! i<-i 


1 1 íi muchos nuos 
us <ii* huí»» tfúnuro 


( L<* Aüíoi'rt). 




La Sociedad Popular Restauradora, — ya sabe el 
lector que es la mazorca — debía convocarse esa no- 
che en gran sesión. 

Los cuarenta candombes de negros se Convo- 
caban para esa tarde. (*) 

Un solemne Te-Dcum Laudamus , se cantaría á 
la una de la tarde del dia siguiente, en la Catedral* 
Los Guardias Nacionales estaban citados á revista y 
parada, «quinientos palos al soldado que faltare». ( 3 ) 

Convocado el cuerpo de serenos para la misma 
hora. ( 3 ) 

Convocada la asamblea nacional á sesión ex- 
traordinaria. 

Los tribunales todos en corporación debían ir 
á felicitarlo. 

La «Gaceta» y el «British-Packet», los dos es- 
tandartes del Dictador, preparaban horribles artícu- 
los que debían salir al dia siguiente, y que á la 
distancia impondrían á los ilusos de cómo Rosas ver- 
dugo del pueblo «es el ídolo de los argentinos*. 


(*) Histórico. 

( 2 ) Son liorribles estos hechos, pero desgraciadamente 
ciertos y verdaderos porque los hemos presenciado. 

( 3 ) El cuerpo de serenos — Rosas ha hecho de él una 
banda de espías y asesinos. No están destinados los serenos 
como en toda parte del mundo á velar por el reposo de los 
ciudadanos, en Buenos Aires están destinados á turjparlo y 
destruirlo para siempre si es posible. 

(La Autora). 



— 123 — 


Sobre todo, el mas importante era el « British- 
Packet, porque se escribe en inglés; y ya se vé que 
en español se pueden publicar mentiras, pero en 
inglés ! . . . . Vaya ! quien concibe que Rosas puede 
pagarlo ? Un diario escrito en inglés no puede mentir. 

Apénas Corbalan con el jopo de la peluca so- 
bre la oreja, puso en movimiento los agentes de 
primer orden, estos pusieron en giro los del segun- 
do y estos otros, los del tercero etc., etc. De ma- 
nera, que la gente corría apresurada por las calles; 
todos deseando encerrarse en sus casas, los mazor- 
queros en grupos de á seis y de á ocho recorrían 
las calles dando vivas y mueras, pandillas de mu- 
chachos rotosos, de todos los colores, los seguían. 

Los negros, las negras abandonaban sus ocu- 
paciones y conversaban en altas voces por todos los 
ángulos de la ciudad. 

Gente á caballo corrían de uno á otro extremo 
dando alaridos salvajes y golpeándose la boca; y á 
veces por pasatiempo enlazaban á algún pacífico 
transeúnte, ó atropellaban con el chicote levantado, á 
las infelices señoras á quienes el alboroto había to- 
mado en la calle. 

Dirá el lector confundido entre sí, ¿y cuál es 
el objeto de esta algarabía? 

Hé aquí uno de los secretos de la política de 
Rosas ! aturdir y levantar las masas para que sirvan 
á su capricho, el aparato los asusta, los sorprende 
y conjo de estas ocasiones, solo resulta, tumulto, 
bulla \|r desorden, nadie piensa y él hace lo que 



124 — 


quiere ó le conviene. Por eso del objeto mas in- 
significante hace una cosa enorme y mantiene esta 
orgía perpétua del populacho, haciendo crecer un 
furor insensato contra lo que él llama Unitarios, que 
solo existen en su diabólico cálculo; porque unita- 
rio es para él; el rico, el hombre de saber, el vir- 
tuoso, basta que se le imagine que le puede hacer 
sombra, basta la mas leve sospecha; á. la calificación 
de Unitario sigue la muerte. 

Y es así que vive Rosas hace 16 años. 

A las espiatorias de la muerte de Dorrego ( l ) 
sucedieron las funciones del triunfo de los colora- 
dos! ( 2 ) El holocausto á los manes de Quiroga, ya 
iba gastándose ( 3 ) cuando le vino á la idea las feli- 


( 1 ) Fue de este modo que Rosas principió por vengar 
la muerte de Don Manuel Dorrego; derrocado, como se sabe 
por la revolución militar del ailo 1828. Dorrego era un fa- 
moso cabecilla, escandaloso como hombre público y como 
individuo, fue fusilado sin proceso ni .juicio por orden del ti- 
nado general Don Juan Lavalle; fue su único delito y la 
sombra que martirizó su vida! Rosas odiaba de mu$fcte á 
Dorrego, pero una vez muerto, su hipocresia encontró cabi- 
da para principiar la época de horrores que marcan su 
existencia poliüca. 

( 2 ) 1834. Rosas derrocó al gobierno legal á la vuelta 
de su famosa expedición al desierto; prescribiendo al gober- 
nador, general Don Juan Ramón Balcarce, persona distinguida 
por sus virtudes y uno de los mejores gobernadores que 
tuvo Buenos Aires: murió en el destierro. 

( 3 ) Después de hacer asesinar á Quiroga, .Rosas le 
hizo costosos funerales, se puso luto, y repitió la farsa de 
Dorrego. 


(La Antón 



— 125 — 


citaciones por la conservación de sus preciosos dias. 
% ¿ Cuál era el resultado de esto ? Que el pue- 

blo no eche de ménos el órden y la tranquilidad y 
en esta perpétua orgía se entretenga mientras él 
reina ! 




CAPÍTULO XXI. 


El ex-consejero de Kosas 


Bajo el título de ex-consejero de Rosas, vamos 
nosotros á conocer, el Doctor Maza; presidente de 
la Cámara de Justicia, presidente del Senado ó Con- 
greso y Ministro de Gracia y Justicia. 

El Doctor Don Manuel Maza, fué el protector 
y el amigo de Rosas, hasta que subió éste al poder; 
desde el asesinato judicial de los Reinafés casi no 
se veían jamás. 

El Dictador detestaba su cómplice, porque éste 
como ya lo conocía bien, no quiso firmar la senten- 
cia de muerte de los gobernadores de Córdoba, sin 
una orden positiva y escrita de Rosas, que el Juez 
guardó como su documento defensivo, para el dia 
en que el tirano lo llamase á juicio por aquel mis- 
mo proceso seguido por él con tanto encarnizamien- 
to, para el dia en que juzgando oportuno ec®r á 


127 — 


otros la culpa de la muerte de Quiroga, proclamase 
la reconocida inocencia de los Reinafés y quisiere 
hacer recaer la sangre de estos sobre su Juez. 

A más de este documento, poseía el Dr. Maza 
otros muchos de alta importancia para Rosas, y que 
él temía ver aparecer á luz de la verdad. 

El Dr. Maza, era el padre de la muger de 
Avellaneda, y como si este delito no fuese bastante 
á hacerlo odioso, tenía un hijo, joven de 22 años 
lleno de valor, de honor y entusiasmo por la libertad! 

Este mancebo que recien aparecía en la escena 
del mundo, empezaba á excitar los rabiosos celos 
del tigre. 

En los arrabales de la ciudad estaba situada 
una quinta que hasta hoy es conocida bajo el nom- 
bre de «la quinta de Maza». Era esta la habitación 
ordinaria del Dr. Maza, su muger y su hijo, por 
nueve meses del año, pues únicamente los tres me- 
ses del invierno venían á pasarlos en el pueblo, en 
un$s habitaciones que el doctor tenía en la casa 
llanada: «Sala de Representantes» de los cuales él 
era el gefe. 

En el momento que introducimos al lector con 
estos nuevos personages que tan eminentes papeles 
han de desempeñar para lo futuro en esta historia; 
la familia del Dr. Maza compuesta én lo presente 
de estas tres personas, se hallaba reunida en una 
vasta sala, con ventanas sobre un bonito jardín cu- 
bietto de las últimas flores del año. 

El ruido que llenaba la ciudad no había llega- 



— 128 


do aún hasta ellos, el éco mismo de los repiques á 
penas se apercibía. 

El Dr. Maza ocupaba una inmensa poltrona 
cerca de una ventana y con la mano sosteniendo 
sus rugosas sienes miraba en silencio al cielo azul 
y transparente. Tendría el doctor tal vez unos se- 
senta y tantos años, debió ser grueso y de tez loza- 
na, ántes que la espina aguda del remordimiento le 
destrozase el alma. Su frente alta, calva y bien 
delineada, era el asiento de una alta inteligencia y 
grande fuerza de espíritu; sus ojos azules, oscuros, 
aterciopelados, sus cejas y pestañas negras, contras- 
taban con dos blancas madejas plateadas que le 
caían de ambos lados del rostro. Sus facciones eran 
varoniles y regulares, con todo una profunda pesa- 
dumbre estaba grabada en su rostro! Su voz esta- 
ba como empapada de una especie de amargura 
desesperante. 

En el todo de aquel hombre, había algo de tan 
horriblemente doloroso, de tan desgraciado que al v ^ar- 
lo no se podría dudar que su alma estaba herida jSor 
una incurable desesperación, y que él no veía rayó 
de esperanza ni de perdón, en el cielo ó en la tierra. 

Su alta estatura se había curvado poco á poco 
y sus manos temblaban de continuo. 

Su muger sentada á pocos pasos de él, traba- 
jaba una obra de tapicería, era tan semejante á su 
hijo que solo la edad los podía diferenciar. 

De tiempo en tiempo suspiraba y echaba ^toa 
ojeada de profunda compasión á su marido. 



— 129 — 


El joven Maza de pié al lado de la otra ventana 
dejaba errar sus ojos negros y brillantes por el jar- 
din, las flores y las mariposas que de una en otra 
rosa volaban. Evidentemente el joven tenía su pen- 
samiento muy distante de allí y estaba entregado á 
una de esas abstracciones del espíritu, en las cua- 
les ausentándonos del mundo que nos rodea, vol- 
vemos á las regiones doradas de las ilusiones juve- 
niles, regiones pobladas de los aromas del amor, de 
la esperanza, de la gloria y del porvenir. 

Este jóven era hijo natural del Doctor, fru- 
to de unos amores clandestinos, su madre murió al 
darlo á luz y Maza antes que abandonarlo como un 
vil, prefirió hacer una franca confesión de sus ex- 
travíos á su mujer y apelar á su generosidad y de- 
licadeza. Doña Mercedes, no era una mujer vulgar, 
ella acogió el huerfanito, y jamás se pudo conocer 
que hiciese por él menos que por su propia hija. 

Ramón (era el nombre del mancebo) el Doctor 
Maza era su padre y Doña Mercedes su madre, pa- 
gándola sus cuidados con la más fina y acendrada 
temurá. 

Era Ramón uno de esos hombres que rara- 
mente y de tiempo en tiempo aparecen en la so- 
ciedad. 

Tenia una estatura perfecta, su rostro oval, 
noble, varonil y bien delineado, estaba sombreado 
por úna barba castaña, fina y rizada, sus cejas ar- 
queadas sobre una frente blanca como el alabastro, 
parecían dos pinceladas, su boca punzó y húmeda 



130 — 


brillaba como si fuera de esmalte, entre su bigote- 
rizado y sedoso, los cabellos largos y castaños le 
caían por los hombros y cuello en rizos naturales, 
parecía el ideal de aquel verso de Indarte ( 1 ) en 
su poema de Cuaguazú, que dice: 

«Para las lides del amor formado, 

«Era su rostro pálido y doliente, 

«Y su mirada altiva y elocuente, 

«De la mujer fatal al corazón.» . 

Con efecto, Ramón era una de esas figuras 
esencialmente poéticas, cuyo corazón y cuya cabeza 
están en armonía con la expresión del rostro, su 
voz sonora y de un timbre raro, por la pureza del 
acento, tomaba todas las inflecciones, si era tierna 
traía el llanto á los ojos, si terrible hacia temblar 
de emoción sus oyentes y su elocuencia natural se 
realzaba mas' con este don de la naturaleza. 

Era un ser superior, de esos que están desti- 
nados á ejercer una influencia cierta é inevitable 
entre los otros mortales. 

Su alma era el receptáculo de todas lasgSsen- (*) 


(*) Don José Rivera Indarte, joven de rara capacidad 
perseguido por Rosas, sufrió después de los grillos, el des- 
tierro. Fué redactor de “El Nacional” por espacio de 7 años, 
desempeñándose con mucho talento y tino. Es autor de di- 
versas poesias de mucho mérito, de poemas hermosísimos 
y de una obra intitulada: -‘Rostís y sus opositores”, seguida 
de las tablas de sangre. Murió proscripto en la isla de 
Santa Catalina en Mayo de 1845, soñando siempre con la 
libertad de su patria. Era natural de Córdoba, murió á la 
edad de 29 años. 


(La Autora). 



— 131 


cias más puras y santas, y de todas las virtudes 
que ennoblecen á los ojos de Dios y de los buenos 
el individuo; su cabeza el asiento de nobles y gran- 
des pensamientos. 

A primera vista pareció débil y enfermizo, 
pero si era necesario desplegar 'la fuerza material, 
su adversario encontraría unos miembros de acero. 

En los primeros dias de su adolescencia había 
naturalmente encontrado una infinidad de aventuras 
y amores de un dia, porque era bello é interesante, 
pero él ambicionaba algo de menos vulgar y lo ha- 
bía encontrado: 

Sin embargo de la adoración que prodigaba á 
su querida, Ramón no podía ver con rostro sereno, 
el estado de las cosas en su pais y solo esperaba 
una leve circunstancia para hacer frente al tirano y 
derribarlo, ó morir como un libre. 

Cada uno entregado á sus pensamientos, todos 
guardaban un profundo silencio. 

De repente una especie de esqueleto pasó á 
galope tendido por frente la puerta, y luego vol- 
viendo la brida al caballo entró al trote por el 
grande porton de hierro y poco después entraba el 
esqueleto en cuestión, con la peluca vüelta lo de 
atrás para adelante. 

Si la vista de aquel hombre no estuviese con- 
siderada por cada uno, como el anuncio de alguna 
desgracia, el desorden del peinado, harto grotezco, 
y el aire estúpido del sujeto que lo traía, habrían 
provocado la risa* de los circunstantes. 



132 


Con todo, los rostros quedaron sérios y aun 
tomaron una espresion de ansiedad bien marcada. 

Corbalán á quien habrán reconocido nuestros 
lectores, se sentó y con la mayor reserva posible 
explicó la captura de Avellaneda y las funciones 
que se preparaban para el dia siguiente, á las cua- 
les venia á invitar al Doctor Maza. 

Heridos como del rayo, los tres individuos de 
la familia Maza, casi no podían proferir palabra. 

El Doctor se puso lívido como un cadáver, él 
imaginaba cual iba á ser la suerte de su yerno. 

Doña Mercedes contenia apenas las lágrimas 
prontas á correr por sus mejillas, rasgándosele el 
corazón en pensar en sus hijos y en su nieto, igno- 
rando sin embargo cuantos infortunios les restaba 
por saber. 

El joven Ramón temblaba de cólera y hacia 
esfuerzos para contener su coraje é indignación. 

Por fin el Doctor rompió el silencio, mandó 
ensillar el caballo y se dispuso á acompañar á,.Cor- 
balán con el designio de obtener una entrevista con 
Rosas. 

Poco después salían ambos de la quinta! 

Apénas la noche vino enteramente, un hom- 
bre embozado en una larga capa, salió también de 
la quinta y tomó á paso largo el camino de la ciudad. 

Este hombre era Ramón que iba á indagar el 
destino de su hermana y su sobrino. 



CAPITULO XXII. 


f 

La Maz horca 


Frente á un inmenso paredón, llamado el 
Juego de Pelota, en una casa de regular aspecto, 
pero sucia y mal conservada, se tenían en aquel 
tiempo las asambleas mazhorqueras. 

Eran poco mas ó menos las siete de la noche 
cuando los miembros de aquella horrible sociedad 
principiaron á venir. 

Era esta reunión en una sala interior suma- 
mente grande y capaz de contener los doscientos y 
tantos individuos que componían la sociedad. Una 
grande mesa, cubierta de un sucio mantel y cargado 
dé botellas de bebidas, estaba en medio del cuarto, 
esperando por la orgia. 

En uno de los cuartos interiores ya estaban 



134 — 


reunidas las dignas esposas ó amantes de aquellos 
bandidos. 

En la cocina, porción de negros, se ocupaban 
de los 'asados y frituras que debían componér la 
cena de aquella noche. 

Los muebles eran pocos y en ruina, el resto 
de la casa estaba enteramente despojada. 

Los mazhor queros en grupos diseminados por 
toda la casa, (cuya iluminación eran unas hediondas 
candilejas) — conversaban sobre la importante captu- 
ra de Avellaneda, la habilidad, el talento y el pa- 
triotismo de Rosas; empezaban también á tirar indi- 
rectas odiosas sobre el Doctor Maza y su hijo, del 
que no podían sufrir, las maneras finas y verdade- 
ramente superiores. 

Formábanse mil proyectos de muerte y de 
venganza sobre el preso y sobre el resto de su familia. 

Por otra parte se discutían los asuntos de lá 
guerra civil en Montevideo, se comunicaban las ñor 
ticias favorables y el eterno refrán de odio, muerte 
y venganza sobre todos los unitarios, se repetía en 
coro por todos. 

Nosotros no repetimos al lector palabra por 
palabra de estos horribles diálogos, para evitar las 
repeticiones de semejante bárbaro lenguaje. 

Poco tardó en llegar el triunvirato terrible de 
la Mazhorca —Salomón — Parras y Cuitiño ( 1 ). El 

0) Cu i lino fué enviado enfermo á Tucumón hace 2 
anos, se cree envenenado por Rosas. (1846) 


f La Autora ). 



135 — 


primero de estos individuos era el presidente, y los 
otros dos, los mas famosos asesinos del siglo XIX. 
Corbalán los acompañaba esta noche, semejante 
siempre á la parca, en vez de guadaña traía la larga 
espada al lado, y la peluca constante en su movi- 
miento de rotación al rededor de su cabeza, asi 
como un planeta al rededor del sol, ocasionaba en 
aquel momento el eclipse del ojo izquierdo del ede- 
cán, por la justa posición del voluminoso jopo en- 
tre el rayo rimal y la luz, este accidente hacia como 
que el elástico del coronel se posara enteramente so- 
bre su oreja derecha, de manera que sintiéndose 
sordo de un oido y ciego de un ojo, Corbalán se 
proponía en cuanto concluyera las comisiones, ir á 
consultar un médico, atribuyendo á la fatiga de 
aquel dia la pérdida de dos órganos tan importan- 
tes, la vista y el oido. 

Julian-formaba el quinto personaje de la nueva 
comitiva. El dinero de Rosas, había servido á me- 
tamorfosearlo completamente; el vestido ordinario del 
gaucho estaba sustituido por un vestido completo 
de paño pardo, único color que no estuviese pros- 
cripto (*), un chaleco grana hacia resaltar su co- 
lor cetrino, no tenia corbata porque en su vida se 
la había puesto, el sombrero con una anchísima di- 
visa era de la misma forma, y unos zapatos negros 

O En Buenos Aires están proscriptos, el celeste, los 
colores que á este se aproximan, y el verde, como distinti- 
vos de opiniones poli ticas. 


(La Autora). 



136 — 


de badana hacían menos mal á Julián que cualquier 
otro calzado con que hubiera reemplazado sus botas 
de potro. 

Salomón, el digno jefe de la Mazhorca, antes 
de esta época de sangre, ya se había hecho célebre 
en los fastos del Himeneo, por haber enterrado cua- 
tro consortes; según aseguraba el vecindario estas 
damas morían todas, en fuerza de los muchos palos, 
puntapiés y malos tratamientos del tierno esposo; 
conocimos este modelo de los esposos en su quinta 
mujer y tuvimos ocasión de presenciar el extremoso 
frenesí con que la arrastraba de los cabellos y le 
daba de bofetadas una tarde en que Salomón había 
tenido una larguísima entrevista con el dios Baco, 
de cuya secta es muestra, héroe y furioso partidista. 

Tuvo un hermano, á quien ahorcaron por ase- 
sino y ladrón. 

Antes de llegar á ser presidente de la Maz- 
horca, Salomón era, lo que llaman en el Rio de la 
Plata, pulpero, que vertido al español quiere decir 
tabernero. Decimos vertido al español, no porque 
allá no se hable este idioma, sino porque la diferencia 
de costumbres ha introducido en el lenguaje multi- 
tud de palabras que no pertenecen á idioma alguno, 
particularmente en la manera de hablar del pueblo. 

Salomón es viejo y creemos que descienda de 
la unión entre indígena y mulato. 

Tiene el color y el cabello de los pampas, la, 
boca gruesa y la soberbia natural de los mestizos, 
reunida en una alma de demonio, y un espíritu 



137 — 


mezquino y limitado, si el «pecado» pudiera tener 
cara y personificación se encontraría en Salomón. 

Parras es un mulato colosal, de pié descalso, 
porque ni la bota de potio le víeno bien, era peón 
de matadero, borracho y cuchillero de los que lla- 
man en Buenos Aires, «no me corte compadre»; 
antes que Rosas lo hiciera coronel. 

De manera que Párras, no pudiendo á pesar 
de su deseo, calzar bota y pantalón, traia siempre 
el calzoncillo largo, el pié descalso, su chiripá co. 
lorado y una rica casaca militar, toda bordada con 
sus dos charreteras de oro; por sobre el collarín de 
terciopelo mordoré, asomaban los cuellos mugrien- 
tos de su camisa que por costumbre antigua se mu- 
daba cada quince dias. 

Una rica faja de seda ajustaba su corpulento 
talle, un puñal grande se sostenia atravesado en la 
faja, y un sable ordinario y súcio le pendía al lado 
derecho, porque Párras es zurdo. 

Su cara es feróz aunque afeitada, conservando 
solo las motas escasas del bigote; su cabeza donde 
jamás entra peine, lleva un rico elástico con un pe- 
nacho blanco finísimo. 

Súcio, inmundo, grasiento y feróz, Párras es 
uno de los famosos héroes de lo que Rosas llama 
«La Federación». 

El coronel Párras tenia á su disposición una"* 
partida de cincuenta mazhorqueros, que hacían las 
veces del regimiento que en su calidad de coronel 
debía mandar. 



138 — 


Cuitiño, coronel de Rosas también era á más de 
eso «Juez de Paz» de una sección; antes de llegar 
á estos puestos creemos que era oficial de zapatero 
ó lomillero ( l ). 

De los tres, el mas instruido es Salomón, pues 
con fel motivo de tener taberna, sabia escribir un 
poco; contaba tal cual bien por los dedos y en lu- 
gar de llamar los estrangeros «de gringos» carca- 
manes ó bistéques los llamaba politicamente — gode- 
mis — lo que entre los suyos pasaba por un inglés 
correcto y por término fino. 

Él y Cuitiño- se calzaban, usaban corbata y en 
fin pasaban por hombres de mundo y sabían sen- 
tarse derechos; en cuanto á Párras, una vez sentado 
cruzaba una pierna sobre la otra á manera de un 4 
y principiaba á escarbarse los dedos, de los piés y 
á raspar el talón con el cuchillo y era esta manera 
que el orador mazhorquero obtenía sus mejores 
triunfos. 

Los miembros de la Mazhorca, gentes de la 
ínfime clase de la sociedad, ordinarios y chavaca- 
nos, tienen una gran semejanza entre sí; y nuestros 
lectores, pueden imaginárselos todos poco mas ó 
menos, como los tres jefes cuyo bosquejo hemos 
trazado á la tijera. 

Buscar algún rasgo característico ó distintivo (*) 

(*) No estamos ciertos sobre la biografía de Cuitiño, 
pero todos los héroes de la Mazhorca se parecen en sus prin- 
cipios poco mas ó menos. 


(La Autora). 



— 139 


entre esta gente, sena inútil, tal vez Julián este 
gaucho fanático, era el único original cuyo carácter 
puede tener alguna leve diferencia con la masa de 
sus compañeros. Por lo demás uno y único es su 
objeto, degollar, robar y cometer toda clase de la- 
trocinios. 

En la época en que estamos aun, los desórde- 
nes no habian llegado á su estremo, y la Mazhorca 
no era lo que llegó á ser después, como se verá al 
paso que los acontecimientos que nos ocupan se 
vayan desenvolviendo naturalmente. 

A la entrada del presidente y su comitiva, los 
mazhorqueros se apresuraban todos á reunirse en 
la grande sala, la cena fué puesta en la mesa y los 
corchos de las botellas volaron. 

El presidente presentó á Julián como un nuevo 
sectario de la «Sociedad Popular Restauradora», un 
aplauso lo saludó, el segundo brindis fué á su sa- 
lud, porque el primero era siempre de Rosas, y la 
cena comenzó. 

J 

Asi que las cabezas empezaban á calentarse 
con los espíritus, Salomón se paró en su silla y 
dijo. 

Señores orden! 

Orden! órden! repitieron los mazhorqueros. 

«Señores! estoy encargado por el supremo jefe 
de la República, nuestro ilustre restaurador de las 
leyes! 

¡Viva! gritaron todos. 



140 — 


Silencio amigos! continuó Salomón, si empie- 
zan á gritar se me interrumpe el hilo (*). Como iba 
diciendo, el restaurador me encarga que acompaña- 
do por todos vosotros vaya mañana á la Alameda 
( 3 ) á desembarcar al salvaje unitario Avellaneda, 
pues será paseado en triunfo por las calles, para 
que vea todo el mundo, que realmente venia á ase- 
sinar al gobierno!.... El dia de mañana después que 
su excelencia decida el destino de ese salvaje uni- 
tario, será consagrado á beber á la salud de S. E.; 
en seguida, armados de tijeras y navajas cortaremos 
todas las barbas que encontremos, porque vosotros 
no sabéis que la patilla cerrada forma una U que 
quiere decir unitario!!! Es necesario hacer cesar el 
escándalo!!! 

¡¡¡Abajo las barbas!!! — gritaron todos. 

Acabo señores! Estáis autorizados por S. E. 
para llevar un chicote en la mano -con el fin de 
corregir los perversos y perversas unitarias que no 
lleven la divisa federal! Estáis autorizados A. pegar- 


(!) Pedimos perdón á nuestros lectoresje usar este 
lenguaje chavacano, pero no hacemos sino copiar el origi- 
nal, llenando nuestro deber de escritores. 

(La Autora). 

- Jr 

( 2 ) Asi es llamada una porción de la orilla del rio 
donde hay algunos árboles y asientos; fué lugar muy con- 
currido en otros años mas felices para aquel pueblo; hoy 
ha sido teatro de mil crímenes y horrores. 

(La Autora). 



les un moño celeste con brea en la cara! He dicho!!! 

Interminables aplausos -y vivas siguieron! 

Esto visto y oido á medias por Corbalán, se 
retiró á dar cuenta de su comisión, lo más breve 
posible pues á mas de la privación de uno de los 
dos órganos impedidos, sentía en ellos un calor ex- 
traordinario y quería ver al médico y curarse cuan- 
to antes mejor. 

Una de esas orgías espantosas é interminables, 
siguió...., la moral nos aconseja correr sobre ella el 
velo del silencio! 




CAPÍTULO XXIII. 


Nuevos conocimientos 


Al salir Ramón de la quinta, se proponía in- 
dagar el destino de su hermana y tornar ya las me- 
didas convenientes para ver de salvar á su cuñado. 
La ciudad iluminada, los cohetes, los repiques y sal- 
vas anunciaban la grande festividad del dia si- 
guiente. 

Ramón atravesó rápidamente la plaza de Mon- 
serrat hasta donde había llegado ya; dobló hácia la 
calle detrás de las monjas Capuchinas, y se detuvo 
junto á una casita pequeña, frente al costado del 
huerto de las religiosas. 

Era habitada esta casa por el coronel Rojas y 
sus hijas. 

En la azotea de la casa había faroles encendi- 
dos, pero las hojas de las ventanas estaban entor- 


143 — 


nadas por dentro y la sala alumbrada como siempre. 

Era esta, mas bien pequeña que grande, mas 
bien pobre que rica. Un tapete usado, un sofá y 
unas sillas ordinarias, dos mesas de arrimo, un piano 
y una mesa de té al medio de la sala completaban 
el menage. 

En las pared.es blancas, solo se véia un gran- 
de cuadro conteniendo el retrato de una mujer, mas 
un inmenso crespón negro lo cubria y no era posi- 
ble distinguir sus facciones. 

En la mesa del medio ardia una lámpara, á su 
luz trabajaba una joven que apénas salía de la ado- 
lescencia, de pié frente al retrato estaba un hom- 
bre alto y robusto pero marcado por una de esas 
pesadumbres incurables que dejan en el alma y en 
el rostro su eterno sello. 

El hombre con los brazos cruzados sobre el 
pecho se páseaba en silencio de un extremo á otro 
de la salita, y de. tiempo en tiempo se paraba en 
frente del enlutado retrato, al cual la joven daba la 
espalda. 

El hombre miraba ya la graciosa y adolescente 
cabeza de la jóven, ya las nubladas facciones de la 
pintura que sin duda muy gravadas estaban en su 
memoria. Después ahogaba un suspiro, levantaba 
los ojos al cielo, como pidiendo en vano consuelo, 
y continuaba el paseo; el ruido de sus pisíWas era 
lo único que interrumpía el absoluto silencio que 
reinaba en la casa. 

La jóven continuaba su trabajo, mas a'l menor 



144 — 


ruido de pasos en la calle, se estremecía y miraba 
el hombre al soslayo para ver si él notaba su in- 
quietud, esto quiere decir que ella ya tenia en su 
corazón un secreto, que temía fuese sorprendido por 
los otros. 

Ramón había llegado sin ruido hasta la reja y 
á su sabor contemplaba aquella joven y hechicera 
criatura. Allí habría permanecido la noche entera, 
pero su deber habló mas fuerte que sus pasiones y 
acercándose á la puerta dió un aldabaso que resonó 
en la calle y en la casa, silenciosas ambas. 

La joven quedó color de carmín y el hombre 
fué en persona á abrir la puerta, volviendo acom- 
pañado de Ramón. 

El coronel Rojas y su hija Emisena eran las 
dos personas que estaban en la sala. Ramón se sentó, 
entre ambos y la palidez de su frente, la tristeza 
profunda de su mirada no pudieron menos de excitar 
el curioso interés de sus amigos. 

— Me parece Vd. triste é inquieto, capitán Maza, 
— dijo Rojas á Ramón, quien poseía en efecto el 
grado militar que se le daba. 

— Es verdad coronel! ¡una horrible desgracia 
á caído en mi familia!.... y tengo el presentimiento que 
no es sino el preludio de otras mayores! — contestó 
Ramón. 

Rojas aproximó su silla, Emisena dejó caer su 
labor de las manos, cerró los postigos de la calle 
entreabiertos y volvió á sentarse toda temblorosa. 
Los tres se miraban en silencio, Ramón disgustado 



145 — 


• 

tanto por el ingrato acontecimiento, cuanto porque 
sabia que el coronel iba á recibir un golpe terrible 
con la noticia de la prisión de Avellaneda. Sus 
amigos temían igualmente interrogarlo; al fin Rojas 
venciendo’ su repugnancia le dirigió la palabra. 

— Hable Vd. capitán.... está Vd. delante de un 
hombre cuyo corazón ha probado cuanto infortunio 
existe en el mundo!.... he visto la muerte mil veces 
cara á cara y he sufrido todos los dolores que pue- 
de sufrir una criatura humana! hable Vd. 

— Ah! coronel! temo que no esté Vd. preparado 
á este acontecimiento! ¡vo sé que los hombres de alma 
grande soportan mejor sus desgracias que las de sus 
amigos. 

— Paciencia! dijo Rojas, después de una pausa; 
es por la incertidumbre, sea lo que sea, quiero saberlo! 

Maza titubeó aun, y luego dijo on voz baja y ape- 
nas perceptible. 

— Mi cuñado ha caido en las manos de Rosas! 

Rojas empalideció hasta el fondo del alma! no 
pudo proferir una palabra, sus ojos despedían llamas, 
sus narices fuertemente dilatadas anunciaban su furor, 
levantóse con aire resuelto tomó una daga que estaba 
sobre una de las mesas de arrimo y se dirigió á la 
puerta de la sala. 

— Dónde váVd? — legritó Ramón deteniéndolo. 

— A librar la tierra de esa fiera carnicera! — le 
contestó Rojas con voz sorda. 

Emisena y Ramón lo abrazaron á un tiempo. 

— Es verdad continuó, el coronel, antes de lie- 



146 — 


gar hasta él, mi cabeza caería cien veces inanimada! 
Entonces dejó caer los brazos como quien pierde todo 
coraje y una lágrima fué á perderse entre su espeso y 
encanecido bigote. Pobre Avellaneda! murmuró en 
voz convulsa y volvió á su asiento apoyando ambos co- 
dos sobre las rodillas, la cabeza entre las manos, quedó 
en silencio, mientras los dos jóvenes se miraban uno á 
otro tristemente y contemplaban al viejo guerrero pos- 
trado el ánimo á tantas amarguras! 

Al fin Rojas levantó la cabeza, como quien des- 
pierta de un sueño. 

— Pero capitán, — dijo él — esa noticia tal vez es 
falsa; Don Valentín nos escribió de Montevideo é in- 
tentaba pasar á Corrientes; ¿cómo lo han agarrado? — 
Ignoro, — contestó Ramón, las particularidades de se- 
mejante captura; pero empiezo á conocer los hombres 
que aqui y en lajBanda Oriental manejan los negocios 
políticos y no dudo que la traición no sea agena en 
este asunto. 

— Pero sabe Vd. que seria horrible eso! — dijo 
el coronel á quien su brío volvió con la cólera que 
esto le inspiraba. 

— Nada debemos estrañar hoy coronel!.... Los 

Reinafés (y al pronunciar este nombre Ramón bajó 

la cabeza recordando que su padre había sido el juez 
que los condenara). 

Rojas comprendió cuan penoso era para el joven 
aquel recuerdo y dijo — fué una cosa horrible, pero 
toda la odiosidad del hecho recae sobre Rosas! 

— Y sobre su juez! — le contestó Ramón, con ese 



147 — 


timbre de voz que anuncia un corazón herido pero re- 
signado á la afrenta que la acción de otro ha arrojado 
sobre él. 

Maza amaba á su padre, pero al verlo pronunciar 
la sentencia que condenó á muerte los Reinafés y sus 
ocho inocentes compañeros, el mancebo había sufrido 
un vivo é intenso dolor. Su padre muerto en el patí- 
bulo le legaba un nombre puro y del que él podría en- 
soberbecerse, pero el verdugo de los Reinafés lo des- 
honraba Con todo, Ramón sabia que los remordi- 

mientos mas agudos destrozaban el alma del anciano 
y él rogaba á Dios que lo perdonara y aceptara su ex- 
piación. 

Un corto silencio volvió á reinar; en esta vez fué 
Emisena quien lo rompió, como si supiera que el éco 
dulce y melodioso de su voz, fuera capáz de serenar al 
joven capitán y distraerlo de sus amargas reflecciones. 

— Y la señora Adelaida y Adolfo? — Preguntó 
la joven con timidéz y sonrojándose. 

— Es verdad, — gritó el coronel, y la familia, 
¿estaba con Avellaneda? 

— Es natural, — repuso Ramón. — En la adora- 
ción que mi hermana tiene por su marido y con la in- 
tención que tenian de ir á establecerse en Corrientes, 
debían estar todos juntos. 

— Dios mió! — dijo Emisena, — y qué habrá sido 
de ella? 

— No sé, — dijo Ramón, — pero he venido á sa- 
berlo. Mañana desembarcan á mi cuñado y hay grande 
festividad por ello. 



148 — 


— Ah! — exclamó Rojas,— esos son los prepara- 
tivos de hoy! 

— Si, coronel!— y mañana será probablemente 
paseado en triunfo por la Mazhorca. 

— Pero nosotros podemos estorbarlo, — añadió 
Rojas poniéndose en pié y su ardor lo engrandecía de 
una cuarta. 

Reunámos nuestros amigos y vamos á pelear! 
Basta media docena de hombres para poner en fuga 
esa canalla infame y cobarde que se intitula la Maz- 
horca. 

— Tal vez haríamos matar á AvefÜReda — res- 
pondió Ramón. — Prudencia y esperemos!.... La suerte 
de mi cuñado no creo que se decida tan pronto, Rosas, 
lo aborrece demasiado para matarlo de una vez; maña- 
na yo debo encontrar á mi hermana y mi sobrino sea 
como sea!.... mas tarde si Vd. quiere oirme yo le ha- 
blaré de otra cosa! 

El coronel le sacudió la mano militarmente y dijo: 

— Pero no crée Vd. que habrá algo á intentar 
para salvar á Avellaneda? 

— Mañana nó; después quizá. 

— ¿Y qué piensa Vd! hacer? 

— En primer lugar voy desde esta noche á 
ocultarme en la Alameda en un bodegón inglés y des- 
de allí espiaré mañana la salida de la ballenera del 
Resguardo, yo tendré listo un bote, me visto con otras 
ropas, enseguida me embarco y desde el bote obser- 
vamos la ballenera del Resguardo, asi veo el buque en 
que está mi cuñado; después que lo bajen á tierra yo 



149 — 


voy al buque porque infaliblemente allí debe estar mi 
hermana ó á lo menos deben saber de ella. 

— Yo iré con Vd. — dijo Rojas; — ya se sabe que 
iremos armados. 

Ramón sacó un par de fulminantes de su bolsillo 
y una grande daga del seno. 

— Bien; ¿quiere Vd. qué vamos ya? 

— Sí — dijo Maza — ya será hora de irnos acer- 
cando á la Alameda. 

La pobre Emisena, nada decía, pero gotas brillan- 
tes de lloro le humedecía las largas y risadas pes- 
tañas. 

Cuando el coronel embosado en su capa, se dis- 
puso á acompañar á Ramón, ella le besó la mano con 
ternura, los acompañó á la puerta y solo allí se atrevió 
á dar á el jóven capitán un nardo que tenia oculto en 
su seno, menos blanco y puro que su alma de ángel 
buena y cándida. 

Emisena los siguió con la vista y cuando el ruido 
de sus pasos se perdió enteramente á la distancia, cerró 
la puerta y apénas en su cuarto arrodillóse ante una 
pura y limpia Concepción que tenia á la cabecera de 
su cama, y la doncella pasó orando por los que amaba 
y por el alma de su madre gran parte de la noche. 

Las primeras luces del alba la encontraron otra 
vez en oración por los dos séres mas caros de su 
corazón. Su padre y Ramón. 



CAPÍTULO XXIV. 


£1 coronel Rojas 


Apesar de la natural impaciencia con que nues- 
tros lectores deben esperar la decisión de la suerte de 
la familia Avellaneda, el coronel Rojas, este personaje 
cuyo nombre y cuya existencia, son una de las verda- 
des que encierra esta obra, es demasiado interesante 
para no detenernos un momento, en conocerlo mas 
particularmente y saber que relaciones lo ligaban al 
Doctor Avellaneda. 

La historia del coronel Rojas y su famoso proce- 
so, fueron en Buenos Aires acontecimientos que hi- 
rieron la atención general y lo constituyeron en uno 
de esos héroes de romance como dicen aquellos que 
niegan que la vida y todas sus faces no son un ver- 
dadero romance. 

Los hechos que transcribimos, son tan ciertos, 



— 151 


tan llenos de incidentes dramáticos y terribles que 
por esta vez la naturaleza nada ha dejado que hacer 
á la invención, lo que escribimos no es un romance, 
es la relación de acontecimientos muy recientes y que 
en aquellos desventurados países se renueven todos 
los dias; sin embargo no de la naturaleza de los que 
pertenecen á la historia privada del coronel Rojas y 
que vamos á revelar. 

En la época en que estamos, Rojas podría tener 
unos cuarenta y cinco años. Era uno de esos-hom- 
bres que recuerdan el Alcides de Homero. Su rostro 
noble y marcial estaba tostado por la nieve de los An- 
des y por los rayos ardientes del sol de Quito! En 
su juventud debió ser un gallardo mozo pero los com- 
bates y las desabridas visicitudes de la vida lo habían 
desfigurado mucho. 

Alto y fornido, sus anchísimas espaldas no per- 
judicaban á una cierta elegancia del talle, realzado 
por su aire abierto y marcial, — la frente alta y des- 
nuda de cabello dejaba ver un hondo sablazo recibido 
en Cancha Rayada, que semejante á una corona de 
martirio le cogió los estremos de ambas sienes; su 
barba negra y brillante todavía, crecía en todo su ros- 
tro, particularmente sus bigotes eran enormes. Sus 
labios gruesos y húmedos debiéron ser muy punzones 
pero habían enpalidecido para siempre; la mirada 
triste del coronel, sus abstracciones continuas, sus 
estremecimientos frecuentes, traicionaban alguna ho- 
rrible imágen, siempre ante los ojos; mas cuando este 
hombre se abandonaba completamente á los marti- 



152 — 


ríos que lo despedazaban, era cuando estaba 3oln y 
encerrado en su cuarto á la noche. 

Entonces paseaba con agitación de un lado á 
otro, sus puños crispados, sus miradas oseas é in- 
ciertas, su respiración agitada; parecía entregado á un 
profundo furor; de repente los síntomas iban desapa- 
reciendo, poco á poco se tornaba mas triste hasta que 
al fin desataba en un mar de lágrimas y su llanto 
era sofocado de sollozos y suspiros profundos. 

Es que en el alma del coronel Rojas habiá una 
pasión incurable que sobrevivía á la muerte y á la 
ingratitud de un objeto amado, y ante sus ojos de 
continuo el cadáver ensangrentado de esa mujer que 
tanto idolatró y cuya cabeza había él visto volar en 
pedazos! 

Era Rojas uno de esos individuos sobre los que 
pesa un misterio insoluble: el mundo, lo había con- 
denado primero y absuelto después; lo había llenado 
de execraciones en su primer movimiento y derra- 
mado lágrimas de interés ó de simpatía por él, mas 
tarde. 

Su ; proceso fué uno de esos casos excepcionales 
de la ley, en que solo Dios podría revelar la inocencia 
ó la culpa del réo. 

Esa incurable desesperación, ¿era el efecto del 
remordimiento, ó la llama no sofocada de una pasión 
que aun ardía en su pecho? 

He aquí lo que ningún mortal podría afirmar! 
Para absolver al coronel Rojas de esa sombra de cri- 
men que pesaba sobre él, era necesario poseer las mas 



— 153 — 

santas esencias; era necesario creer en el honor, en 
la inviolabilidad del juramento y en la franqueza de la 
conciencia; infelizmente en el siglo en que estamos 
solo se crée en el metal; si brilla, si suena, entonces 
es buen oro y el símbolo de toda creencia y de toda 
virtud es el peso fuerte! 

Educado en los campos de batalla, sus maneras 
eran rudas, pero eran solo la corteza de un corazón 
sensible y ardiente; era uno de esos hombres que 
aman ó aborrecen solo una vez en la vida. Tenia la 
palabra rápida y decisiva, sus sensaciones vehemen- 
tes y profundas, irreflexivo pronto en su cólera ó en 
su compasión; el primer movimiento era seguido por 
él sin calcular un solo minuto y con aquella franca 
imprudencia de los hombres de impétus generosos y ca- 
ballerescos. 

Habituado á las emociones de la gloria, la me- 
nor palabra que encerraba una idea magnánima ó un 
peligro le animaba y su entusiasmo jamás era inútil. 

Sentia Rojas con la misma vivacidad de un jo- 
ven de 20 años, porque su corazón no estaba usado 
por las afecciones y si bien una pasión incurable y 
frenética lo poseía, mas era la única que hubiera sen- 
tido en su vida y por eso mismo estaba al alcance de 
sentir mejor, porque 'el amor verdadero y profundo 
en vez de gastar la sensibilidad la despierta y al paso 
que mejora la naturaleza del individuo lo predispone 
á todos los sentimientos buenos y selectos y lo hace 
simpático á los males agénos. 

Una acusación horrible, pesaba sobre el coro- 



154 — 


nel Rojas! La de haber asesinado su mujer en un ex- 
ceso de furor y de celos! 

¿Sería esto verdad? Cómo! Aquél hombre tan 
bueno y generoso se había manchado con el homici- 
dio de la madre de su hija! 

La pasión que había concebido por su esposa 
desde el momento de verla, estaba aun intacta en su 
corazón, era invencible y consumió en luchas espan- 
tosas su salud y su brio, ¿cómo pues, esto había su- 
cedido? 

¡Hé aquí el misterio! 

Una cosa juraba Rojas, era que él amaba á su 
mujer ciegamente y que era ella misma quien se ha- 
bía quitado la vida, con todos aquellos que corrieron 
al ruido del tiro, á la habitación donde Rojas se en- 
contraba con su mujer, solo vieron el cadáver ensan- 
grentado de ésta entre los brazos de Rojas desalen- 
tado y casi demente! 

El coronel había hecho un casamiento de amor, 
con una joven diez ó doce años menor que él; pero va- 
liente y atrevido, trillado de cicatrices, coronado de 
laureles, premiado por el Gobierno, su edad y su as- 
pereza natural desaparecían trás el prisma encanta- 
dor de la ilusión que naturalmente realzaba un gue- 
rrero citado por todos, como un modelo de valor y 
caballería. 

La' posesión del objeto querido, no hizo, mas 
que avivar el amor del coronel y se tornó en una 
ciega idolatría; su vida estaba consagrada á ella y era 
uno de esos sentimientos raros en la vida, una excep- 



155 — 


cion de la vulgaridad de los hombres, enamorados 
antes de casarse, indiferentes desde el dia después 
de su matrimonio. 

Los que conocemos esta historia sabemos que la 
esposa de Rojas, una vez unida al hombre de su pro- 
pia elección, sintió resfriarse su pasagero entusias- 
mo, voló de su mente el prestigio conque había 
adornado el héroe, el campeón valeroso y solo vió 
á su lado un soldado rudo, del que no podía apre- 
ciar el alma magnánima y ardiente y cuya pasión ya 
le era pesada. 

La escala de las afecciones humanas, es rápida; 
del enfriamiento en el cariño, pasó á la indiferencia; 
á ésta siguieron las primeras impulsiones de hastio; la 
repugnancia principió á roerle el corazón, el odio esta- 
lló como la consecuencia natural y sobre estas dife- 
rentes faces vino el peor de todos los errores é 
infortunios de una mujer, la infidelidad á su marido 
y la guerra doméstica! 

Nosotros no nos atrevemos á condenar ni el uno 
ni el otro. Son muchos los motivos que pueden in- 
fluir en la desunión de dos séres que al manchar al 
altar, solo ven las flores de los primeros dias de su 
unión y la májica embriaguéz de la pasión. 

De la pasión que deja en un corazón la huella 
profunda, la llama inextinguible, en tanto que por el 
otro pasa rápida ^ momentánea, como el aroma de 
una flor. 

Para vivir de una misma vida, que armonía de 
ideas, de temperamento y de opiniones no se nece- 



156 — 


sita! Qué igualdad moral tan perfecta para el buen 
equilibrio de la vida privada, de la conciencia de 
cqda individuo! 

Acaso la engañosa simpatía de un dia los apro- 
ximó un instante y cuando otro aliciente que la incli- 
nación natural entre dos personas de diferente sexo 
fue necesario, uno de los dos, vió estallar su aleja- 
miento por el otro que encontraba antipático y repul- 
sivo! 

Los misterios del corazón, son como los miste- 
rios del cielo; lo que encierra en sí cada corazón 
humano, nuestros ojos mortales no pueden pene- 
trarlo. 

Como sucede á casi toda criatura que aquello 
que menos puede alcanzar es lo que mas desea, Ro- 
jas doblaba de 'atenciones, de fineza y de amor y 
llegó á verse subyugado enteramente por aquel sen- 
timiento, tanto, que el menor favor de su esposa lo 
ponía en el cúmulo de la dicha, asi como el menor 
desdén lo arrojaba en una violenta desesperación. 

Con todo, sus celos dormían aun sus sospechas ) 
y la esperanza de ser amado como él amaba lo hacia 
tolerante. 

Sin embargo, Rojas debió probar este martirio 
y probarlo con la impetuosidad natura] á su carácter. 

Nosotros corremos un velo, sobre los inciden- 
tes domésticos que tuvieron lugar y sobre otras par-' 
ticularidades de su vida interior para llegar al horren- 
do drama que amargó su existencia para siempre. 

La señora de Rojas amaba efectivamente, un 



157 — 


joven militar que se encontraba bajo las órdenes de 
su marido y llegó á tal extremo su imprudencia y 
acritud para con el coronel, que éste se separó de ella, 
continuando no obstante á vivir bajo el mismo techo. 

Una casualidad reveló á Rojas este amor del que 
ella, ya no hacia misterio. El primer movimiento de 
él fue matar á su rival y tal vez á la desleal é ingrata 
mujer; no obstante, fué prudente acaso por la pri- 
mera vez en su vida, y tomó las mas cuerdas medi- 
das, tanto para hacer cesar el escándalo, como para 
no verse hecho la burla de los otros. 

Mandaba Rojas en aquellas circunstancias la for- 
taleza de Bahía Blanca, sin ver al joven escribió al 
gobierno pidiendo otro en lugar de aquel ayudante 3' 
dando sus razones buenas ó malas lo despachó á 
Buenos Aires. 

Los hombres que se hayan visto en iguales cir- 
cunstancias comprenderán toda la amargura que pe- 
saba sobre Rojas, su desesperación y cúan duro de- 
bió serle á quien pensaba descansar en el seno de una 
esposa virtuosa de los rudos afanes de la guerra; 
encontrar las espinas en vez de las rosas, la ingratitud 
en vez del amor que merecía. 

La partida de su amante fué deplorada altamen- 
te por aquella señora y apésar de la moderación del 
coronel, llegó á provocarlo sin rubor alguno. 

Una explicación fué el término á que ella llegó, 
manifestando claramente que quería ir á reunirse con 
su amado. 

Rojas con su natural impetuosidad, y los celos 



— 158 — 

que en esta ocasión le trastornaban el juicio la siguió 
á su cuarto. 

De este momento solemne para aquellos des- 
ventflrados, solo resultó un pistoletazo y el cráneo 
destrozado de una mujer! ! ! 

¿Acaso aquella mujer á la idea de una eterna 
separación del que amaba, para quedar al lado de un 
esposo detestado cometió aquel suicidio? 

¿O el celoso y exasperado marido se vengó de 
ella de un modo tan horrible? 

Rojas acusado ante la justicia criminal, su 
nombre infamado por la acusación de asesino! dos 
célebres abogados defendieron su causa y la sen- 
tencia de muerte fué el resultado. Entonces se pre- 
sentó un hombre en el calabozo del réo, este hombre 
era el Doctor Avellaneda. (Los abogados fueron Gam- 
ba y Belgrano). 

El coronel le abrió su corazón, lloró con él y 
Avellaneda convencido de su inocencia tomó la causa 
sobre sí — Rojas no sentía morir, era un viejo solda- 
do y había visto la muerte de muy cerca; pero morir 
por asesino y dejarle á su hija una herencia tan ho- 
rrible, hé ahí lo que lo desesperaba. 

La causa abierta de nuevo (*), Avellaneda le 


(!) Este hecho es verdadero. Los dos abogados "del 
coronel Rojas, fueron D. Manuel Belgrano que ya no existe 
y el Dr. Valentín— Alsina, (conocido en esta obra con el nom- 
bre de Avellaneda) — al cual cupo la gloria en una brillante 
defensa de convencer los jueces de la inocencia de Rojas y sal- 
varle la vida. 


(la Autora). 



159 — 


hizo tomar un aspecto diferente y el dia supremo en 
que pronunció la defensa del acusado, cuando des- 
pués de pasar por la parte judicial de ella, se fué 
elevando poco á poco, á el lenguaje poético del sen- 
timiento y de la vida interna del hombre, su voz grave 
y sonora, su locución fácil y grandiosa, la manera 
con que supo atraer los corazones de sus oyentes y 
cautivar la atención, arrancó lágrimas de todo el au- 
ditorio. 

El pueblo entero corrió á la defensa, sollo- 
zos, sofocados se oían por todas partes, al fin el de- 
fensor como inspirado abrazado con el réo levantó su 
mano derecha hacia el cielo y con voz conmovida y 
religiosa le pidió iluminara los Jueces y aceptara la 
buena voluntad y la sana intención conque respon- 
día en aquel momento ante Dios y los hombres de 
la inocencia del acusado. 

El supo excitar todo» los sentimientos tier- 
nos y humanos, vestiéndoles de elocuencia, y al 
concluir su discurso no hubo sino un éco en 
la sala. 

¡Perdón! Absoluto!" Absoluto! Y los jueces por 
un movimiento espontáneo puestos en pié dijeron corf 
solemnidad: 

Coronel Rojas! La justicia humana te absuelve! 
Apelamos á tu conciencia y á la Justicia Divina para 
-la que nada hay oculto! ! ! 

Estoy inocente, — murmuró Rojas — cayendo pá- 



160 — 


lido é inanimado en los brazos de su amigo y de- 
fensor! 

Al dia siguiente la alta Cámara de Justicia de- 
claraba absuelto de todo inculpación de asesinato al 
coronel Rojas, restituyéndole su grado, la estima- 
ción y simpatía de sus amigos y del público en ge- 
neral. 




CAPÍTULO XXV. 

Los pasajeros de la Constitución 


Sobre la cubierta de la Balandra, fondeada á 
poca distancia de la orilla, se veia el Juez de Paz 
del Baradero, con su gente, mareados y dándose al 
diablo por verse aun en aquella hamaca, que tan mal 
les hacia pasar de salud. Con efecto no acostumbra- 
dos al movimiento del buque, era para ellos un su- 
plicio el continuo balanceo de -este, y casi todos 
acostados sobre la cubierta, estaban pálidos exánimes 
de tanto padecer. 

El Juez de Paz sufría tanto como los otros, pero 
creía que no convenia á su dignidad de Juez el apa- 
recer mareado porque era esta una cosa que natural- 
%nte no debía sentir la gente civilizada y de una 
cierta posición social; asi pues para disimular durante 
el viaje, se achacó una indisposición de estómago 
los Misterios del Plata 




162 — 


que nada le dejaba comer sujetándolo á continuos 
vómitos. 

El dia del desembarque había por fin llegado, 
hermoso y sereno, aunque un viento caliente del nor- 
te, anunciase que no debía ser de larga duración la 
claridad de la atmósfera. 

La gente del Juez de Paz, se había levantado 
cada cual como pudo, el Juez por su parte, no hacia 
sino que pensar en el gradp que por fuerza le iban á 
dar y la perspectiva de los nuevos honores lo tenia en 
continua inquietud; asi también había principiado á 
ponerse mas sério y estirado, porque estaba fuerte- 
mente convencido, que las maneras agrestes y grose- 
ras y los aires imponentes convenían á las personas 
de elevado coturno, y no encontraba tampoco allá en 
su mente otro modo de diferenciar el empleado del 
simple particular. 

Ardía el hombre por hablar á alguno de todas 
estas ideas tan bellas * pero temía comprometer su 
dignidad presente y su dignidad futura; el único á 
quien había podido ^dirigir la palabra sería á Caccío- 
to, pero ya saben nuestros lectores según su propia 
confesión que no entendía «el carcaman»! 

Junto á la entrada de la bodega, estaba sentada 
una mujer pálida y deshecha por la enfermedad y los 
pesares, á su lado estaba un niño que á la lozana ale- 
gría de la infancia veia ya suceder los llantos y las 
amarguras de edad mas madura. 

La puerta de la bodega estaba perfectamente 
cerrada y dos hombres la guardaban noche y dia. 



— 163 — 


En aquella infecta y pequeña bodega, yacía el 
infeliz Avellaneda cargado de cadenas y privado de 
aire y de luz. 

Su mujer y su hijo salvados de una muerte 
cierta por los marineros de la balandra, estaban allí 
cerca de él sin que lo pudiesen ver ni dirijir una 
palabra de consuelo ó cariño. 

A las diez de la mañana todas las campanas de 
la ciudad repicaban, cohetes se quemaban por todas 
partes, tiros, músicas, mueras y vivas estallaban de 
continuo, la Mazorca y el populacho mas sucio é in- 
digno se dirijian á la Alameda. 

El comandante y capitán del puerto, era un 
joven bastante bien parecido, pero de cara imbécil y 
ordinario, había ascendido de cortador de las piedras 
de la calle, á ejercicio bastante deshonroso á que lo 
destinó el finado Don Manuel Dorrego. (!) De ahi 
principió á ser espía y finalmente de puesto en pues- 
to, llegó al de capitán del puerto y este cargo cree- 
mos que seria vitalicio en él porque es demasiado 
estúpido para ser mudado por otro. 

Asi que el movimiento y la bulla empezaron á 
crecer, el capitán del puerto, mandé) preparar la 
ballenera y se dirijió á bordo de la balandra. 

En aquel instante dos hombres al parecer ma- 
rineros ingleses, salieron detras de unas toscas y 


O Jimeno era el encargado de los amores de Dorrego 
hemos conocido personalmente á este sujeto. 

(La Autor aj. 



1C4 — 


entrando en un botecillo allí amarrado, principiaron 
á maniobrar de suerte que no perdían de vista la 
ballenera. 

Asi que el Juez de Paz, avistó la ballenera del 
Resguardo, respiró con toda su fuerza, en primer 
lugar porque se veia libre de la responsabilidad, en 
segundo porque ya iba á saber lo que le desti- 
naba el gobierno y en tercero porque encontraba al 
fin un viviente á quien podría hablar de igual á igual. 

Una vez llegado á bordo el capitart del puerto, 
— cuyo nombre es Jimeno — hiciéronse ambos los cum- 
plimientos de estilo sobre la dicha de la Patria, salva- 
ción de los dias de S. E. etc., etc. 

El Juez contó la tentativa de evasión del preso, 
el celo, la inteligencia con que lo había de nuevo 
capturado y dió sus puntadas sobre la recompensa 
debida á los buenos federales que se sacrificaban por 
la sagrada causa de la Federación. 

Esta geringosa que Jimeno oia con su bestiali- 
dad habitual, fué interrumpida por Adelaida, al ver 
llegar al capitán se imajinó que naturalmente iban á 
buscar el prisionero y la desgraciada quería saber con 
justicia el destino que reservaban á su marido, asi ven- 
ciendo su repugnancia se acercó á Jimeno. 

Tan demudada estaba que este la desconoció^ 
sin embargo que no eran estraños uno al otro. 

— Señor, — dijo Adelaida, — puede Vd. decirme 
si viene en busca de Avellaneda, donde lo va á condu- 
cir y cual es el destino que le reservan ? 

— Jimeno la miró de arriba abajo y le contestó: 



165 — 


— Vengo efectivamente á llevar á el salvaje é 
inmundo unitario Avellaneda, pero ignoro aún donde 
debo conducirlo ni lo que S. E. dispondrá de él; 
además de eso á Vd. que se le importa, no sabe que 
los inmundos unitarios no tienen parientes! 

— Yo sé, — replicó Adelaida — que Vd. es un 
miserable instrumento de la tiranía y yo debo y quiero 
saber lo que Vdes. pretenden hacer de mi esposo! 

— Vaya Vd. á preguntárselo á S. E. el Restau- 
rador, — respondió Jimeno con ironía. 

— Porqué no ? Hé visto mas de un tigre en 
mi vida! 

— Esta mujer es muy insolente! exclamó el 
Juez; malditos sean los gringos que no la dejaron aho- 
garse en el rio! 

Adelaida entretanto, reflexionaba que era peor 
dejarse llevar de su indignación y que lo mas pruden- 
te era sufrir las injurias y ¿nalos tratos para poder á lo 
ménos saber lo que iban á hacer de su esposo. 

— Señor Jimeno, — continuó ella — perdone Vd. 
el arrebato de que me dejé llevar ahora poco; mi ca- 
beza no está buena, he sufrido mucho estos dias, mas 
por el amor de Dios y cuanto mas caro tiene Vd. so- 
bre la tierra le suplico que me diga que le van á hacer 
á mi marido. 

— Yo yo sé, — dijo Jimeno — tal vez lo fusilan 
hoy ó 

m — Oh! no! no! — exclamó la pobre mujer -ca- 
yendo de rodillas. 

Los dos verdugos echaron á reir. 



166 — 


— ¡Qué diablos quiere Vd. ! — añadió Jiroeno — 
no soy yo que lo mataré serán los soldados ! 

Los sollozos sofocaban á Adelaida, y su hijo con 
aquella simpatía natural por su madre, lloraba también. 

— Qué hombres tan crueles! — decía ella aho- 
gada en lágrimas— fusilar un inocente! 

— Inocente llama Vd. á un salvaje unitario — 
dijo el Juez. 

— Déjela Vd. hablar — replicó Jimeno — á quien 
hace caso de Unitarios! no vé Vd. que están locos!!! 

Los alaridos de la Mazorca y del populacho 
llegaban hasta á bordo. 

— Oiga Vd., — continuó Jimeno— oiga Vd. el 
éco del Pueblo que pide sin duda la cabeza del 
salvaje Unitario! 

Aquellos gritos tan siniestros y horribles, pu- 
sieron en pié la dolorida mujer; sus lágrimas se se- 
caron, su rostro pálido, su^mirada ardiente, su negra 
cabellera flotando al viento parecía la imájen vivien- 
te de la desesperación. 

— Holá! — dijo Jimeno — venga el preso, el pue- 
blo lo pide ! ! ! 

El Juez de Paz llamó su gente y se dirijieron 
á la bodega. 

— No ! aún no ! gritaba Adelaida fuera 'de sí. 

Jimeno la agarró por un brazo y. la empujó de 
manera que casi vá al rio. 

Adolfo furioso le agarró una mano y se Jp 
mordió con tanta fuerza que Jimeno le dió un horri- 
ble puntapié, pero el muchacho lo sufrió en silencio y 



167 - 


fué á abrazar á su madre que habia quedado contra 
el borde pálida é inmóvil. 

Los hombres que habían bajado á la bodega 
tornaron á subir con el preso. 

Al verlo su mujer y su hijo se echaron en sus 
brazos olvidados de su situación y entregados al 
placer que sentían de apretarlo á sus corazones. 

Avellaneda á pesar de sus cadenas, los abraza- 
ba también con delirio acaso por la última vez. 

Aquella escena muda, de lágrimas y suspiros 
ahogados, solo á aquellos tigres no podía conmover. 
En cuanto á los marineros genoveses que estaban á 
bordo lloraban sin reserva ninguna. 

La Mazorca impaciente arrojó un horrible ala- 
rido y Avellaneda entregado hasta aquel instante á 
las caricias de los suyos ignoraba dónde estaba; 
pero al oir aquel bramido de fieras volvió el rostro 
y la Ciudad de Buenos Aires se encontró, ante sus 
ojos. ’ 

Un rayo de gozo bañó el pálido semblante del 
proscripto y tendiendo los brazos cargados de cade- 
nas hácia la tierra exclamó: 

¡¡Patria! Patria miaü! 

— Vamos, — gritó Jimeno. — Basta de comedia! 
ea! — dijo á los soldados — échenlo á la Ballenera! 

Los hombres obedecieron y arrancaron el Doc- 
tor de los queridos brazos que lo rodeaban. 

— Bárbaros! — decía Adelaida — porque no me 
quitáis primero la vida! 

Dejadme mi papá, asesinos ! — exclamaba Adolfo. 



— 168 — 


En ^cuanto á Avellaneda, se conducía como 

hombre, sin arrojar un grito ó derramar una lágrima. 

— Adiós! adiós! — murmuraba entre sollozos 

su mujer — Adiós para siempre!!! 

Y al proferir estas palabras cayó sin sentidos. 

El niño empezó á llorar con ese lamente fúnebre 

d^ los niños cuando tienen realmente dolorido el 

\ 

corazón. 

A estos lloros se mezclaban k>s alaridos horren- 
dos de la Mazorca. 

La Ballenera se separó llevando el preso. 

En ella iba Jimeno, el Juez con su gente y 
Caccioto. 

Del otro lado de la borda se acercaba un bote, 
y dos hombres disfrazados de marineros ingleses 
subían á la balandra. 

Cuando Adelaida volvió en sí, su hermano Ra- 
món y el coronel Rojas estaban á su lado. 




CAPÍTULO* XXVI 

Triunfo de la Santa causa de la Federación 


La Mazorca dividida en dos cuerpos de ejército, 
era precedida por una música militar que iba tocando 
el Himno del Restaurador, la media caña, (*) la perdiz 
y otras músicas de este jaez. Marchaba á la vanguar- 
dia, Salomón y Cuitiño y el nuevo adepto, Julián Mo- 
lina todos cubiertos de cintajos colorados, los puñales 
desnudos y la ferocidad en el rostro. 

Avellaneda entre cuatro soldados armados de 
punta en blanco como se suele decir, caminaba, sere- 
no y con frente altiva y desdeñosa; lo habian ali- 
viado de los grillos convencidos de que absoluta- 


0 La media raña es un o especie ríe fandango muy 
adoptado en Buenos Aires y bailado en todas partes por ser 
agradable al Restaurador. I.os versos que se cuntan en ella 
son vergonzosos o indecentes. 


(La Autora ). 



— 170 — 


mente no podía dar un paso con ellos, preparándose 
á ponérselos dobles á la" vuelta del paseo si quedaba 
vivo ! 

Párras tal cual como lo hemos diseñado al 
lector, iba á la cabeza del otro cuerpo de ejército que 
formaba la retaguardia. 

Delante, en los dos costados y detras de este 
grupo, caminaba en desorden, roto, andrajoso y sucio 
el populacho, la escoria de la sociedad de Buenos 
Aires. Mujeres, blancas y negras, mulatas y chinas, 
viejos, muchachos y pampas, todo iba reunido voci- 
ferando á la par de la mazorca, apedreando por en- 
tretenimiento las casas y rompiendo los cristales de 
las ventanas y hasta los faroles del alumbrado pú- 
blico. 

De esta manera llegaron al frente de la casa de 
Rosas, donde se preparaba otro resto del acompaña- 
miento. 

Era este compuesto de hombres á caballo con el 
sable desnudo al hombro, comandados por Manuela 
Rosas í 1 ) hija querida y digna 'de S. E. el Ilustre 
Restaurador de las Leyes. Iba la amazona vestida 
con el traje de los gauchos y enormes espuelas tenien- 
do por montura el mulato Biguan enfrenado y ensi- 
llado á quien le cabía en esta solemnidad el papel de 
caballo y que recibía de los pies de la señorita Manue- (*) 


(*) Esle medio ha 9ido emp.eado muchas veces. 

(La Autora). 



la tamaños espolazos con objeto de imitar los corco- 
bos del animal que representaba. * 

En el coche de gobierno, con su competente 
escolta, iba el mulato gobernador, hacienda las veces 
de su Excelencia. 

Sucio y medio desnudo, vestía la casaca de gene- 
ral con la banda de presidente y en la cabeza un elás- 
tico de papel con plumas de avestruz; al lado una es- 
pada de palo y en la mano, el bastón insignio del man- 
do supremo de la República ! ! ! 

La tercera parte de este acompañamiento, era 
un rico carro de terciopelo carmesí, guarnecido de 
franjas de oro y en una especie de trono levantado al 
medip, iba el retrato de Rosas ! Era este carro tira- 
do por cuatro señoras (*) cuyo nombre debe conser- 
var la historia con curiosidad ! 

Damas y negras mejor vestidas, con el Estado- 
Mayor General rodeaban el carro. 

En el balcón del cabildo, estaba Rosas, con uu 
grande sombrero de paja envuelto en un poncho y 
aplaudiéndose á sí mismo su fortuna y su invención. 

La Mazorca se había formado en hilera delante 
de la Policía y esperaba las órdenes del Dictador y 
el nuevo aspecto que tomaría la comitiva. En efecto, 
no tardó Corbalán en aparecer; estaba el edecán gala- 
namente vestido y libre de las aprensiones de la vis- 


O Pascuala Beláustegui de Acuna, María Josefa Escur- 
ra, la' Sra. del Oral. Alvear y Doña Pilar de Guido. 


(La Autora). 



— 172 — 

pera, pues en una grande Junta de médicos que había 
hecho, resultó, después de una discusión de cuatro 
horas, que la privación del uso de los órganos ataca- 
dos, provenia del desorden y dislocación de la peluca 
del Señor Coronel Edecán Corbalán etc, etc. 

Hé aqui la nueva dirección que tomaron los 
procesionistas. 

La música siempre la primera, después de ella, 
la comitiva del retrato, en seguida la Mazorca en el 
mismo orden anterior: Manuela con lós cien hombres 
de á caballo y Biguan dando corcobos y llorando, se- 
guía de cerca cerrando la marcha, el coche dentro del 
-cual iba el mulato gobernador, haciendo cortesías á 
derecha é izquierda, poniéndose de pié y profiriendo 
cuanta blasfemia é insolencia cabe en la boca de un 
loco ordinario y desenfrenado ! 

Las principales iglesias de Buenos Aires, tenían 
orden de hacer cada una un Tc-Dcunt, el último era á 
las cuatro de la tarde. (*) 

La Catedral, La Merced, El Colegio, Santo Do- 
mingo y San Francisco eran los designados. ✓ 

La Catedral sita, en la Plaza de la Victoria era la 
primera á la qual se dirijieron. Estaban los cuatro 
lados de la plaza ocupados por la Guardia Nacional á 
quien solo le habían dado cartuchos de pólvora, (y 


(*) Hemos asistido en el 1829 á una misa que Rosas 
hizo decir en la iglesia de la Concepción á las dos y cuarto 
de la tarde. 


(La Autora). 



— 173 — 


mojada), la caballería de extramuros, el batallón de 
Marina y el cuerpo de Serenos con las lanzas y las 
linternas encendidas, semejantes á una procesión de 
fantasmas. 

En la puerta de la Catedral, los obispos de Bue- 
nos Aires, Medrano y Escalada, con lo principal del 
clero, esperaban revestidos de sus hábitos sacerdotal 
les la comitiva! 

Allí, el retrato de Rosas fué bajado del trono y 
bajo de pálio, á el humo de los incensarios, entró en el 
templo destinado á la Divinidad, donde fué colocado 
en el altar mayor junto al Tabernáculo, en vez de la 
imajen de Jesús, crucificado por la Redención del 
hombre ! ! ! 

¡ Sacrilegio horrible ! Cuantos de nuestros lec- 
tores no acusarán este cuadro de apócrifo ! . . . . ojala 
lo fuera ! acaso al revelar al mundo civilizado hechos 
tan escandalosos é infames, no sentimos, la espina 
del dolor en el alma y el calor de la vergüenza en el 
rostro ? Oh ! . . . . que si ! Oh ! que al escribir estas 
penosas verdades, cumplimos con el mas difícil de los 
deberes, confesar nuestra infamia y la torpeza, la tole- 
rancia, la deshonra de la nación á que pertenecemos ! 

Y sin embargo, preferimos mostrar el baldón es- 
culpido en nuestras frentes que consentir y escuchar 
tranquilos que un monstruo tal como Rosas, sea consi- 
derado aún por las naciones, como un noble caudillo 
y como el digno gefe de la que fué un dia la nación 
Argentina ! ! ! 

Al llegar á cada una de las iglesias repetíase es- 



174 — 


ta farsa, el retrato del Tirano era colocado en el altar 
su comitiva entraba y el mulato gobernador bajaba del 
coche y haciendo cabriolas, intentando abrazar á las 
señoras que hallaba al paso é imitando de tiempo en 
tiempo el tono de un personaje de distinción; entraba 
en los templos. 

Manuelita Rosas, entraba también siempre en su 
nueva montura y la Mazorca de hora en hora mas 
frenética y exaltada, en tanto que dentro de la iglesia 
se parodiaba un Te-Deutn ; gritaban de fuera vivas y 
mueras que repetían los sacerdotes ! Y aquel pupula- 
cho todo que los acompañaba unia sus alaridos y 
desórdenes al espectáculo general. 

El último templo que restaba era el Colejio, ocu- 
pado en aquel tiempo por los Jesuítas refugiados de 
España. 

A la proximidad de la procesión Federal, la co- 
munidad se hallaba reunida en la Sacristía, sin pompa 
ni aparato, la iglesia estaba á oscuras y la compañía 
vestía su traje telar ordinario. 

Un joven pálido de rostro severo, pero no des- 
agradable, estaba en el medio de ellos era el superior 
(Dn. M. Verdugo). 

Cuando los gritos se oyeron mas cerca, el joven 
se dispuso á salir por otra puerta que daba al átrio, sin 
ser la del templo. 

Valor hermanos ! no os atribuléis, es necesario 
soportar el martirio ántes que ser cómplices ó autores 
•de un sacrilegio ! 

Diciendo esto, salió solo y con los brazos cru- 



zados sobre el pecho y los ojos fijos en el cielo es- 
peró los vociferadores, en medio del átrio. 

El resto de los padres Jesuítas, apiñados uno 
contra otro, se miraban asustados no atreviéndose 
ni á respirar, y oyéndose solo en la vasta sacristía el 
apresurado latir de sus- medrosos corazones ! 

Cuando al llegar frente al Colegio, en vez de la 
iglesia abierta é iluminada, en vez de la compañía 
entera preparada á recibirlos; los que se titulaban 
Federales, vieron solo un padre en medio del átrio y 
el silencio mas profundo en el cerrado templo; la comi- 
tiva paró. Los gritos cesaron, el populacho alzando 
las curiosas cabezas, unos sobre los hombros de los 
otros miraban al Jesuíta con estúpida curiosidad. 

Todo el mundo estaba admirado y no sabían á 
que atribuir aquella soledad. 

El joven Jesuíta aprovechándose de la estupefac- 
ción general, se adelantó algunos pasos y con voz 
clara y profunda les habló asi. 

« Hijos ! Ayer recibimos orden de S. E. el señor 
« Gobernador, para celebrar un Tc-Deum hoy á las 
« cuatro de lá tarde, cosa prohibida por los ritos de la 
« Iglesia Católica Apostólica Romana, de la cual so- 
« mos indignos servidores ! El Templo del Señor 
« está con todo abierto á los cristianos que á cual- 
« quier hora del dia y de la noche quieran dirijir sus 
« oraciones al Altísimo, porque nuestro Señor dis- 
< puesto está también á oirles siempre; pero lo que la 
« Compañía de Jesús no hará jamás ! Será colocar en 
« los altares, donde solo puede y debe estar la efigie 



« del Redentor, el retrato de un hombre pecador, sea el 
« Gobernador ó rey de la tierra, es un horrible sacri- 
« legio que no permitiremos en tanto que nos reste 
« un soplo de la vida que el Señor nos concede y que 
« hemos consagrado á su santo servicio. » 

Al concluir estas palabras el Jesuíta les dió la 
espalda, y con paso sosegado volvió á reunirse al 
resto la cojnpañía. 

La multitud estúpida, quedó en profundo silen- 
cio y solo el mulato Gobernador gritaba desde el coche: 

— ¿ Qué diablos es eso ? Qué, están de purga 

los padres Jesuítas ? 

Sin embargo sordo rumor corría las filas, estaban 
indecisos, sobre si forzarían las puertas de la iglesia ó 
retornarían á decir á Rosas lo que pasaba. 

Este último partido fué adoptado por unanimidad 
de votos y la multitud en desorden y murmurando se 
dirijió á la casa del Dictador bien ageno de tal contra- 
tiempo. 

Entretanto, el tiempo se había nublado, negros 
escuadrones de nubes corrían el cielo y á lo léjos ya 
principiaba á oirse la ronca y fatídica voz del trueno, 
acompañado de vivos relámpagos. 

Rosas oyó sin inmutarse la relación de lo suce- 
dido y después de un instante de silencio, ordenó á 
Corbalán que hiciera conducir al preso al Pontón 
y remacharle dos barras de grillos, prohibiéndosele 
toda y cualquiera comunicación con persona alguna 
de dentro ó de fuera del Pontón bajo pena de la vida 
del comandante y centinela de vista. 



Estas órdenes fueron ejecutadas con toda pun- 
tualidad y el Dr. Avellaneda vuelto á conducir por la 
Mazorca al embarcadero, fué de allí en una ballenera 
armada, á bordo de la horrenda y peligrosa prisión (*) 
que le era destinada, no sin que antes de embarcarse 
se hubiera visto cargado nuevamente de hierros. 

Acabadas sus proezas del día, fueron los Mazor- 
queros á prepararse para las de la noche que ya se 
acercaba triste y tormentosa, como si la naturaleza 
tomase parte un momento, de los dolores de la huma- 
nidad. 

Un festín de carne con cuero y sin él, con dos 
ó tres barriles de vino, otras tantas docenas de bo- 
tellas de ginebra etc., esperaban por orden del Res- 
taurador á sus heroicos sectarios. 


( l ) Esto es histórico y cuunio se leo á este respecto 
no da sino una débil idea de cuanto ha sucedido. 


(La Autora). 



CAPÍTULO XXVII 


La Recoleta 


La señora de Avellaneda habia quedado á bordo 
con sus dos amigos, pero tan abatida y enferma que 
apenas pronunciaba uno que otro monosílabo. Sus 
fuerzas físicas y morales, la habían abandonado del 
todo. 

La incertidumbre, este cáncer del alma, la roia 
con sus venenosos dientes, con la ausencia de su ma- 
rido, parecía haberse ausentado su espíritu y solo la 
esperanza era capaz de volverle su natural energía, ó 
un exceso de desesperación. 

El dia se habia pasado en consuelos y palabras 
de esperanza por parte del coronel Rojas y Ramón, 
en silencio é incredulidad por parte de Adelaida. Es- 
taba casi persuadida que aquel dia no se acabaría 
en bien para su marido y la infeliz á esta idea caia 
en terribles convulsiones. 


179 


Sin embargo, casi á la puesta del sol, á pesar 
de lo nublado que estaba la tarde, las personas que 
estaban en 1^ balandra pudieron distinguir la balle- 
nera que conducía al preso, y pudieron verlo á él 
mismo en persona gracias á un excelente anteojo de 
Lostardo, que encontraron á bordo. 

Cuando la noche llegó enteramente, Ramón, el 
coronel, la señora de Avellaneda y su hijo, entrar/on 
en el bote que conservaban desde por la mañana. 

Una vez fuera de la balandra, Ramón los dirijió 
hácia la Recoleta porque era el lugar mas solo para 
efectuar su desembarque. ^ 

Con el nombre de la Recoleta, es conocido un 
antiguo y abandonado Convento que, según tradi- 
ción fué habitación de los trapistas ó cartuyos. 

Tres son hoy los monumentos que comprende 
el nombre que dejamos citado y que encabeza este 
articulo. 

Los silenciosos y elevados claustros, morada un 
tiempo de congregación tan vigorosa, la iglesia con- 
ventual sombría y despojada de adornos y el vasto 
huerto del viejo Convento, convertido hoy en ce- 
menterio de Buenos Aires. 

A dos pasos de este lugar corre el Plata. 

La historia de la vida humana está allí escrita 
con sublimes é indelebles carácteres 

Aquel convento que levantado por los hombres 
en momentos de fé ó fanatismo, un tiempo teatro de los 
sacrificios, de las penitencias ó de la desesperación de 
los que lo habitaban, hoy desierto y despoblado, pare- 



180 — 


ce decir á los que lo contemplan curiosos: «con la 
hora que corre vuela la vida» la hora que viene arra- 
sará la presente, el lema de la verdad está escrito en 
mis silenciosas arcadas: destrucción é instabilidad. 

La iglesia despojada y sombría, parece llorar en 
si misma la pérdida de sus dias de gloria, en que ilu- 
minada y florida resonaba en el coro los himnos del 

Altísimo Ella sabe que lo pasado no retornará 

jamás ! 

Y el cementerio, ese campo de olvido y de igual- 
dad, también está allí con sus cruces por blasones 
como la única verdad del destino y de las ambiciones 
humanas! La eternidad! El polvo! 

En el mismo momento en que nuestros amigos 
del bote se dirijian á la Recoleta, dos hombres entra- 
ban á pié por el camino que viene de la campaña. 
Ambos parecían fatigados de largas jornadas; con todo, 
antes de descansar, quitaron sus sombreros y se arro- 
dillaron en la puerta de la iglesia orando con sencillo 
fervor. 

Verdad eterna é indisputable que el pueblo ne- 
cesita una religión, una creencia ! Que el pobre, el 
hombre que no pertenece á la clase que llaman pensa- 
dora, necesita, la forma religiosa que le presente 
una creencia y la palabra de la oración con que 
levanta su corazón á Dios; porque infelizmente no 
todas las cabezas están organizadas de tal manera que 
puedan ofrecer por homenaje á la Divinidad, esas ce- 
lestes abstracciones poéticas, en que él espíritu hu- 



— 181 — 


millado y confundido se pierda en la grandeza de la 
idea del Creador infinito! 

Y cuando los propagadores de la verdad hayan 
destruido toda sombra de creencia en el pueblo; ¿ qué 
le daran? La conciencia del deber? ¿La religión 
sin formas, la convicción por la sola fuerza del es- 
pirita ? 

Está muy lejos ese dia para la humanidad, esa 
resolución que debe hacer tomar una nueva forma 
toda nueva á la sociedad no es la obra de uno ó dos 

siglos quién sabe cuando se empezarán á notar 

los efectos de esta doctrina! V á las genera- 

ciones que van sucediéndose entre tanto, ¿qué se 
les deja ? La duda, la lucha y la incredulidad ! 

Ha mucho tiempo que estamos convencidos, que 
los hombres de fé, amantes de la humanidad en vez de 
la palabra debían poner en practica la acción, en vez 
de destruir en un dia las viejas creencias sobre las 
que reposa la moral social, emprender un trabajo mas 
lento pero mas seguro, la educación del pueblo ! dejar 
al hombre hecho, acabar como principio é insinuar 
las nuevas doctrinas en el corazón de la juventud! 

Los que tienen una convicción profunda del bien 
que emprenden, "deben desdeñar la palabra y hacer 
mucho por la acción. 

Entre tanto, los que hayan perdido sus primeras 
crencias, los que hayan llegado á la altura de ciertas 
verdades y quieran cumplir su deber con buena vo- 
luntad, emprendan la grande obra en silencio, por- 



• — 182 — 


que de romper las sencillas convicciones del pueblo 
nada se reporta sino el desorden ó la confusión. 

Pero es verdad que en todas nuestras accio- 
nes y palabras trasluce la vanidad y la miseria hu- 
mana ! 


Los dos hombres que oraban, estaban vestidos 
muy pobremente, y eran de edades muy diferentes. 
El uno tenia el cabello mas blanco que la nieve, el 
otro apartaba á veces de su frente los muchos rizos 
rubios que á porfía la velaban, rebelde á la .mano 
que los separaba. 

Reinaba en aquel sitio, un silencio profundo, 
solo interrumpido por el murmullo del rio que á dos 
pasos de alli llevaba sus arenas al Atlántico, eí con- 
fuso rumor de las funéreas ramas del ciprés le res- 
pondía, y en las desiertas rejas del cláustro, pasaban 

como errantes suspiros; las rafagas de la brisa 

había una armonía tan profundamente triste en aque- 
llos tres ruidos que los dos hombres suspiraban como 
quien siente el alma mortalmente herida ! 

El cielo cubierto de negras nubes tenia un as- 
pecto amenazador y relámpagos de fuego lo ilumi- 
naban á cada paso mientras á lo léjos se oia el trueno 
con su voz magestuosa y solemne! 

Los dos hombres acabada su oración se alzaron 
y tomaron asiento al pié de la ancha puerta de 
hierro que cierra el cementerio. „ 



183 — 


Al vivo resplandor de los relámpagos se divisa- 
ban las blancas lozas de las tumbas, los pedestales y las 
estátuas, fragmentos de la vanidad humana que no per- 
dona ni el polvo de los muertos y que aun alli, se 
ostenta como el escarnio de nuestra miserable vida. 

El joven del cabello rubio, miraba en silencio 
aquel vasto recinto, donde la grandeza, el talento, 
el vicio y la virtud están confundidos sin chocarse, 

ni reprocharse nada entre si al fondo del 

cementerio, se alzaba una altísima cruz y al lado de 
ella promontorios de cráneos blancos y secos se 
elevaban diciendo al observador: 

« Aquí residió la intelijencia humana. » 

« El pensamiento hfnnano ardió bajo esta vacía calavera, 
« expuesta hoy á la intemperie v á las lluvias! Ya fue mi 
€ tumo descansar sobre la blanda almohada cuando mi dueño 
« vestía el traje mortal! » 

Los truenos continuaban á retumbar pavorosos, 
los relámpagos los sucedían, la brisa silvaba, el rio 
corría indiferente y el ciprés murmuraba siempre 
como el eco eterno del dolor humano ! 

El viejo rompió el silencio. 

— ¡ Estás triste amigo ! 

— Es verdad, — respondió el mozo — hacen al- 
gunos dias que me siento mudado ! Me vienen á la 
cabeza cosas que yo mismo no se descifrar, y des- 
pués de todo, ahora en este momento particular- 
mente la vista de este campo de los pecadores 

irte hace como estremecer. 

— ¿Es la primera vez que vienes aquí? 



— 184 — 


— Si, la primera! vea Vd. he visto al- 

gunos entierros en los pueblitos, los he visto tam- 
bién allá en la Pampa cuando iba á visitar al indio 
Yuncagüi y á veces por la llanura, á lo léjos divisé 
alguna cruz que señala los muertos en medio del 
campo.... mas aqui todos están juntos! 

— ¿Y tu no vés tantas estátuas? 

— Si, es verdad; ¿ cuanto dinero habrá costa- 
do esto ? ¿ para qué le ponen esto á los muertos ? 

— ¡ Qué quieres tú ! no quieren que el sepul- 
cro de uno que fué rico se parezca con el del po- 
bre ! por eso hacen costosos monumentos ! 

— Es cierto solo debajo de la tierra se 

encuentra la igualdad allí, todos los huesos se 

parecen y lo mismo se pudre el cuerpo de un rico 
que el del pobre, el de un blanco que el de un 
negro .... 

— Asi es hijo ! los hombres siempre hablan de 
un modo, y obran de otro, la vérdad de lo que ellos 
piensan solo Dios lo sabe! 

— Es mejor entonces vivir en el desierto, 
errante, como yo he vivido hasta hoy ! 

El viejo meneó la cabeza en señal de desapro- 
bación. 

— No! los hombres no nacieron para vivir 
como las fieras, en el bosque.... es otro el camino 
que debemos seguir .... 

Y vos no decís que todos son ingratos ! ¿ qué 
os han pagado con olvido vuestras cicatrices ? 

— Si, pero cada .uno debe obrar según su 



185 — 


conciencia y yo no me arrepiento de lo que he he- 
cho, si ellos me han pagado mal, también esa no es 
cuenta mia! 

— Pues una vez que hemos venido al pueblo, 
para seguir adelante nuestra empresa, crea Vd. que 
yo me quedaría aqui de buena gana, yo sé cavar la 
tierra y si me quisieran para enterrar los muertos. . . . 
Jas calles y las casas me oprimen .... aqui á lo ménos 
estoy á cielo raso 

— Como quieras, — contestó el viejo — yo veré 
si puedo obtener el lugar de sereno, en ese empleo 
puedes ser mas útil á nuestro intento. 

En aquel momento el bote tocaba á la orilla. 

— Me parece ver gente en la orilla del rio, 
dijo el joven. 

— Si, — contestó su compañero — como no sea 
alguna ronda que viene por aquí, alguna patrulla 
que llega por el rio! Ven aqui dentro de esta zanja 
estamos bien. 

Miguel y Simón, pues eran ellos mismos, se 
escondieron, por cerca de donde ellos estaban, pasa- 
ron los personajes del bote á quienes ya conocemos 
y tomando la calle larga de la Recoleta empezaron 
á caminar hacia la ciudad, la cual les era necesario 
atravesar para llegar á la Quinta de Maza, situada 
al otro estremo de la población. 

Cuando los escondidos no oyeron mas ruido 
de gente, salieron, y Simón dijo: 

— Si quieres quédate aqui, yo conozco bien 
la ciudad, aprovechando la noche iré á buscar la casa 



— 186 — 


de mi coronel, es un hombre de los de otro tiempo 
y el único que me podrá servir para encontrar un 
empleo. 

Y Simón, despidiéndose de su amigo echó á an- 
dar hacia la casa de Rojas de quien pocos minutos 
antes había huido imajinándose que tal vez era una 
partida que venia á reconocer la orilla. 

¡ Todos somos ciegos en esta vida ! 




CAPÍTULO XXVIII 

Los Corta-Patillas 


Mientras que Simón y Miguel conversaban ma- 
no á mano sentados contra el porton de la Recoleta 
y que la señora de Avellaneda se dirigía á tierra 
con sus amigos; la Mazorca, había ya terminado su 
orgia y munida de un acompañamiento de hachones 
encendidos, recorría las calles de la Ciudad destina- 
das esa noche á ser el teatro de los mas horribles 
y abominables excesos de aquellos desenfrenados sal- 
teadores. 

Una órden de Rosas, la cual se nos habia olvi- 
dado mencionar; (porque en el caos de desatinos v 
maldades de aquel hombre, muchas cosas se escapan 
á la imaginación fatigada) había prevenido que des- 
de aquel día, todo el mundo se presentaría de bigo- 
tes, fuese cual fuese su cargo ú empleo; de manera 
que los que no lo tenian se los pusieron postizos, los 




— 188 — 

Tinos de cabellos pegados con goma, que les mortifi- 
caba la carne, y otros hallaron mas breve el ponerse 
los tales bigotes con corcho quemado. ( 1 ) 

La Mazorca adoptó unánimemente este último 
partido. Imagínense nuestros lectores, si les es po- 
sible, doscientos hombres, todos ébrios y exaltados 
por los vicios mas asquerosos y por los excesos mas 
vergonzosos de la humanidad, mal vestidos, con los 
brazos desnudos, las caras tiznadas, porque el sudor 
provocado por las frecuentes libaciones, había desfi- 
gurado los bigotes de nueva invención, con las ma- 
nos armadas de tijeras de trasquila y de enormes 
puñales que cortaban al aire. 

En medio de una noche triste y tormentosa á 
la luz amarillenta de los hachones que hacia empa- 
lidecer el reflejo de fuego de los relámpagos, aque- 
lla procesión diabólica cuyas vociferaciones, blasfé- 
mias y palabras obscenas, se confundían á los truenos 
y al ruido de los cristales, que de camino iban rom- 
piendo por las casas; todo esto unido al himno del Res- 
taurador que iba ejecutando la música, cada instru- 
mento en el tono que le cuadraba, parecían todos 
los demonios 'que la imaginación mas exaltada pue- 
de crear, evocados un instante sobre la tierra para 
aterrorizarla. 


( x ) Histórico — Epoca 1835— Nosotros procurando ln armo- 
nía del conjunto lodo de la obra, nos vemos en la necesidad 
de cambiar algunos datos, pero los hechos que evocamos 
siempre serán verdaderos como cuanto contiene esta obra. — 

(La Autora.) • 



— 189 — 


El objeto de la Mazorca era cortar toda patilla 
que cerrase sobre la barba; fuese el que fuese que 
asi la llevase, por que estaban autorizados á no res- 
petar cosa ninguna en este mundo. 

Ya habían encontrado una infinidad de hombres 
indefensos, á quien en su horrible lenguaje decían 
ellos f afeitado». 

Cada individuo que se encontraba con la barba 
cerrada, era agarrado entre cuatro hombres, sentado 
sobre una mesa que á propósito llevaban los de los 
hachones y la multitud de la Mazorca lo rodeaban, 
el sujeto era naturalmente despojado primero de su 
dinero, reloj y cualquier otra joya que poseyese, los 
faldones de la levita ó frac cortados y después su 
rostro desfigurado á tijerazos, que á veces le llevaba 
parte de una oreja por una cuchillada que le bajaba 
un carrillo y cuando el tajo tirado con toda malicia 
hacia saltar la cabeza del infeliz y que solo que- 
daba su cuerpo palpitante, vivas y risotadas aco- 
gían al asesino; la cabeza recojida era izada en un 
palo y la procesión seguía adelante, mientras que tal 
vez acababan de robar al señó de una honrada fa- 
milia, su gefe, su apoyo! A una madre, un hijo tal 
vez; tal vez á una esposa, su consorte! 

Esos males, esas lágrimas hechas derramar á las 
familias, ese duelo y desesperación, derramado . con 
profusión por los secuaces de Rosas, todo eso es 
nada, son justos homenajes á la santa causa de la 
Federación! 

Otros individuos que ellos conocían por federa- 



190 — 


les netos, como decía Rosas, sufrían también la ope- 
ración^ estos les quemaban la barba y á chicotazos 
lo perseguían hasta que conseguían escapárseles de 
las manos. 

Al dar vuelta una esquina, un joven alto de ros- 
tro serio y fiero, se encontró de manos á boca con 
los corta-patillas. 

Era este mozo hijo de una familia muy distin- 
guida su talle flexible y airoso, firme la marcha y 
algo de desden en la mirada. 

Sumamente blanco y rosado, tenia los cabellos 
y las largas barbas rubias, como el oro, colorados ( 1 ) 
unos y otros, las cejas y pestañas blancas, los ojos 
azules y una suma regularidad en las facciones. 

Parado naturalmente ante aquel espectáculo, mi- 
raba la Mazorca con la natural sorpresa y curiosidad 
que ocasionaba su horrible conjunto, mas este exá- 
men era hecho con la sangre fría del hombre que no 
teme, que no conoce el peligro ó lo desafia con rara 
intrepidez. Paróse la Mazorca á su turno enfrente al 
valeroso mancebo, y comprendiendo ellos que él no 
se prestaría dócilmente á la operación, querían primero 
entablar una especie de diálogo, y los miembros de la 
infernal congregación sentían unía especie de - males- 
tar que les ocasionaba la mirada fría, desdeñosa y 
escrudiñadora del jóven. 


(b H.il'uel Mnrlinez. — Fusilado el 24 de Enero de 1842. — 


La Autora. 



— 191 


Salomón como el mas docto y por su grado de 
Presidente tomó la palabra. 

— ¿Quien es Yd? dijo, dirigiéndose al desco- 
nocido mancebo. 

— ¿Que se le importa? Seguid vuestro camino 
que yo seguiré el mió; respondió el rubio con voz 
varonil y clara. 

— Eso lo hemos de ver! prosiguió Salomón. 

— Agarrémoslo, y dejémonos de preámbulos, 
añadió Cuitiño. Quien pide explicaciones á un Sal- 
vaje Unitario? 

Y reuniendo al pensamiento la acción, levantó 
su brazo armado sobre el joven; pero éste le sacu- 
dió una tan tremenda bofetada, que el héroe mazor- 
quero cayó por tierra cuan lárgo era, dando un ru- 
gido de dolor y de rabia, porque parecía que le hu- 
biesen deshecho el rostro, y dislocado todos los 
huesos. 

— Asi se enseña la canalla ! dijo el desco- 
nocido. 

— Infame Unitario! gritó Salomón dando un 
paso hácia el batallador; mas, un puntapié aplicado 
. en el estómago del Presidente, lo tendió de espaldas, 
, y el joven viendo que la señal del combate estaba 
dada, sacó de sus bolsillos con suma rapidez un par 
de pistolas fulminantes que descargó al aire y. apro- 
vechándose del terror general, volvió al punto la calle 
y desapareció en la oscuridad éon ligereza. 

— Principiaba la lluvia á caer en gruesas go- 
tas, pronto empezó á empaparse la tierra, las hachas 



192 


se apagaron y los mazorqueros descontentos de ha- 
ber acabado tan mal su empresa, empezaron á des- 
filar cada uno por su lado, prometiéndose que en el 
resto del dia siguiente, echarian abajo cuanta bar- 
ba hubiese en Buenos Aires, para lo cual establece- 
rían barberías volantes por todas las calles y plazas 
— La tempestad se desató furiosa, y solo se 
veian por la Ciudad los negros bultos de los sere- 
nos con su linterna en la mano y su lanza; seme- 
jantes á una procesión de fantasmas. 


* 



CAPITULO XXIX. 


£1 Ponton 


— Es necesario para la inteligencia de los su- 
cesos que vendrán después, que nuestros lectores 
nos acompañen al lugar donde fué conducido el Dr. 
Avellaneda. 

— Sabemos que existian ó existen aun en In- 
glaterra y en algunos puertos de la Francia, prisio- 
nes marítimas con el nombre de Pontones. Los de 
Inglaterra hemos leido por descripción de cuya lec- 
tura no respondemos, que son horribles; pero esta- 
mos inclinados á creer que jamás existieron otros 
mas inmundos y espantosos pontones que el de 
Rosas en Buenos Aires y que creó Don Manuel 
Oribe en el tiempo de su presidencia en Montevideo. 

— El Ponton de Buenos Aires estaba ánda- 


lo» Misterios del Plata 


7 





194 - 


do en lo que se llaman válizas exteriores, esto es á 
unas dos leguas de tierra;*el buque que á este ob- 
jeto servia, era un casco viejo y podrido que ame- 
nazaba hundirse á cada instante y es casi incom- 
prensible como podía soportar los horribles tempo- 
rales del famoso Rio de la Plata. 

— Antiguamente se contaba esta prisión del 
Gobierno destinada á los presidiarios muy infimos y 
relajados, aunque jamás en tan mal estado, ni eleji- 
da para presos políticos, porque es verdad que es- 
tos solo han abundado en estos últimos años. 

— El Ponton donde fué conducido Avellane- 
da, era pues un viejo buque que por todos lados 
hacia agua y que los presos sin cesar dia y noche 
componían, viendo la muerte delante de sí, á todas 
horas del dia y de la noche. 

— Con todo, Avellaneda no estaba destinado 
á estos trabajos; cargado de grillos y de cadenas 
fué bajado á uno de los calabozos mas hondos del 
Ponton, donde había mas peligro y donde sin cesar 
rellenaba de agua, la cual era extraída cada cuarto 
de hora por cuatro presos acompañados por un ofi- 
cial que los inspecciotiaba. 

Tenia esto doble objeto: primero mortificar al 
preso que se veia con el agua á media pierna, la 
cual mojándole los grillos se los amohosaba y los 
hacia parecer mas fríos martirizándole las carnes; y 
segundo, saber lo que él hacia y espiarlo así cada 
cuarto de hora, á mas del centinela de vista que 
allí estaba perenne y sin perderle movimiento, por 



— 195 — 


que cada cuatro horas debía ir á tierra el parte de 
las acciones del preso. 

— Muchos otros presos, menos rigurosamente 
tratados ó de igual manera, encerraba el Ponton. La 
tripulación de éste, constaba de cincuenta hombres 
escojidos, divididos en dos compañías de veinte y 
cinco hombres cada una, con su oficial, un sargento y 
un cabo y además el primer Comandante y el segundo. 

— Los sujetos que ocupaban estos puestos, 
eran un Inglés y un Americano del Norte. 

— El Americano tenia el primer puesto, y el 
Inglés el segundo. 

— John Anderson, Comandante del Ponton; 
era un hombre como de unos treinta años, bien 
afeitado y serio, que no usaba jamas corbata y que 
leia constantemente en su biblia de marroquin pun- 
zó, interrumpiéndose de tiempo en tiempo para arro- 
jar los negros bocados de tabaco que salían y en- 
traban en su boca. Vivía la mayor parte de su tiem- 
po á bordo y otras veces en tierra, en tina pequeña 
casita situada en la Alameda, donde solian reunirse 
sus compatriotas á cantar el yankee doodle y beber 
chicha, porque Mr. Anderson pertenecía á los hijos 
de la temperancia y no admitía sino sus cofrades en 
esta virtud, así como su religión, (era protestante). 

— La chicha es un refresco inocente, hecho 
de algarroba y que jamás trastornaba la cabeza. Por 
lo demás, Mr. Anderson era muy regular de rostro 
aunque completamente inanimado y sino temeríamos 
ofenderle, diríamos que era imbécil. 



— 196 — 


— Indiferente, silencioso y frío en los nego- 
cios agenos, cuando le hacian sonar al oido un re- 
pleto bolsillo de dinero, Mr. Anderson se tornaba 
político, conversador y afable. Su primer Dios era el 
peso fuerte, después la Biblia y en tercer y último 
lugar el rost-beef! 

— El Inglés que hacia las veces de segundo 
Comandante era un hombre de cinco palmos y dos 
pulgadas de altura con el doble de diámetro y que 
consumía una barrica de cerveza diaria. 

Llamábase Dick, era ya viejo y nunca salía del 
Ponton. Debió ser blanco en un tiempo, pero al pre- 
sente era casi del color violeta; el rostro redondo y 
'soplado, la boca gretada y babosa, los dientes ne- 
gros los ojos azules un didos entre dos montañas de 
carne, le brillaban de contento y después de esto 
una nariz traicionera que parecía un fondo de botella 
según lo grande y según lo encorvada y grunugien- 
ta, contando á todos la pasión favorita del digno 
Mr. Dick. 

— Es inútil decir que estos dos antipodos 
Mr. Anderson y Mr. Dick no se podían ver, ni en 
pintura; sin embargo, por que respecto al servicio 
ambos marchaban de acuerdo, porque ambos temían 
por su pellejo y sabían que Rosas no es hombre de 
chanzas livianas. 

— Al llegar Corbalán á bordo con el preso, 
Anderson, mascaba sus enormes pedazos de tabaco 
leyendo la Biblia con suma atención, mientras que 
Dick bebía su décima quinta botella de cerveza. El 



— 197 — 


buen hombre tenia la lengua sumamente trabada, mas 
no aborrecía tanto á su primer Comandante que á 
veces no intentase un poquillo de conversación, mas 
el Americano no se dignaba responder, y Mr. Dick 
se vengaba diciendo entre dientes: 

— Very dam Yankee indeed ¡God-bad! 

— Anderson tan insensible á la lisonja como 
á la injuria, continuaba á leer en silencio y masticar 
sus tabacos. 

— Era una de estas escenas cuando llegó el 
Edecán y el Prisionero. 

— El Comandante del Ponton se presentó y 
las órdenes de Rosas le fueron repetidas, palabra 
por palabra puntualmente, y en seguida entregadas 
por escrito, con copia para el segundo comandante 
y oficiales de guardia. 

— Mr. Anderson guardó los papeles, condujo 
al preso á su calabozo de mar, y volvió á sentarse 
tranquilamente á leer. 

— En cuanto á Mr. Dick, oficiosamente invi- 
taba al Edecán á tomar un vaso de cerveza. 

— Take this Mr. Corcoval — decía el buen In- 
glés — mucho bueno! estomacal! mucho bueno for vos! 

— Corbalán sonreía como hombre que en- 
tiende lo que le dicen, pero no respondía. 

— Toma Mr. Coloban — continuaba Dick — bebe 
mucho bien for you! 

— Y de esta vez arrimó el vaso á los lábios 
de Corbalán, el que comprendiendo entonces por 
primera vez lo que le decia, se resignó á beber la 



— 198 — 


cerveza, no sin convenir dentro de si mismo del mal 
paladar de los hijos de Albion. 

— Estos Ingleses, — decía el Edecán dentro de 
sí — son unos burros para esto de comer y beber. 
Vea Vd., comen la comida cruda, todo á fuerza de 
mostaza! la ensalada con azúcar, los pundines y de 
ahí la maldita cerveza. 

— Entre tanto Dick tomaba los gestos de 
Corbalán por aprobaciones, y preparándose á darle 
otro vaso de su licor favorito, decía: 

— Very good Mr. Corcobiar! mucho buen co- 
sa está este pó bebé. 

— Con todo por esta vez se esquivó Corba- 
lán bajando á su ballenera y murmurando! Andáte 
al diablo gringo medio sonso, con su trajín de mu- 
darme el nombre, que tan pronto me llama Corco- 
bas y ahora corcobiar; como si yo fuera caballo! 

— Dick quedó con el vaso en la mano, vien- 
do huir á su convidado; empinó la cerveza, hizo so- 
nar la lengua al paladar, y dijo: 

— Very good indeed!. . . Not better por Mr. 
Conbalar! y se encogió de hombros con desdén. 

— La importancia de las órdenes que había 
recibido Anderson, eran de tal naturaleza, que ven- 
ciendo la repugnancia que le causaba su segundo, 
por esta vez cerró la Biblia y se dirigió á él, ha- 
blándole en inglés. 

— Mr. Dick, — dijo Anderson — es necesario que 
se jmponga Vd. seriamente de las órdenes que aca- 
bo de recibir, á respecto de este preso. 



— 199 — 


— Si señor, respondió el inglés, Vd. gusta un 
poco de cerveza? 

— Yo no acostumbro á beber otro licor que 
el agua: mil gracias. 

— Que le haga á Vd. muy buen provecho, yo 
tomo el agua como si fuera un vomitivo! 

Dejemos la cuestión de las bebidas aparte 
y vea Vd. si quiere imponerse ó nó de las órdenes 
del Sr. Gobernador. 

— A este título, dejó Dick su vaso que iba 
ya á aproximar á su gretada boca y se preparó á 
escuchar al primer Comandante. 

— Sin embargo Anderson que había dicho 3’ 
hecho mas que su seca naturaleza le permitía; sacó 
la copia destinada al segundo Comandante y se la 
entregó diciendo: 

— Lea Vd. y aprenda de memoria cada una 
de esas palabras que ahí están escritas, y acuérdese 
Vd. que la mas pequeña infracción de ella, le cos- 
tará á Vd. la cabeza. 

— Anderson al concluir estas palabras le vol- 
vió la espalda y fué el mismo á meditar sobre el 
escrito que le había dado Corbalán. 

— Dick cuya cabeza empezaba á no estar muy 
fresca ya, por aquel dia, se esforzaba en abrir los 
ojos del espíritu y de la cara; los unos para .leer las 
órdenes del Restaurador y los otros para compren- 
der lo que ellas encerraban. 

— Mientras el segundo Comandante lucha con 
los océanos de cerveza que de tal modo le oscure- 



— 200 - 


cen la inteligencia; bajémonos nosotros un instante 
al calabozo destinado al Dr. Avellaneda, porque to- 
dos estos son rasgos del ilustre Rosas. 

— El lugar donde estaba el preso debió ser- 
vir en el Buque, de depósito de leña, comestibles 
de reserva, cadenas ó cosa semejante; porque apenas 
tenia unos pequeños respiraderos á flor de agua y 
por los cuales no podia penetrar la luz. 

— Era un espacio cuadrilongo de seis palmos 
de anchura y tal vez diez de largura, continuamente 
lleno de agua y de ratones, y poseyendo por todo 
adorno; una hamaca, un banco de pino y una lám- 
para de talco que con el preso habia sido allí co- 
locada. 

— El ruido de las ondas del rio y los chi- 
llidos de los ratones era lo único que interrumpía 
el silencio de aquel horrible agujero, porque el rui- 
do qüe se hacia sobre cubierta apenas llegaba allí. 

— Encima del techo demasiado bajo para que 
Avellaneda pudiera ponerse de pié, habia una espe- 
cie de claraboya, donde la cara de un hombre y el 
cañón de un fusil aparecían. Era este el centinela de 
vista destinado á vijilar al prisionero. 

— Sentado sobre un banco, pálido y fatigado 
de aquel dia, de ridículo aparato; la amarillenta luz 
de la linterna, reflejaba en su rostro, dándole una 
tan singular espresion que se diría que era la es- 
presion viviente de los sentimientos , humanos. 

— Estaba Avellaneda en- una de esas situa- 
ciones morales, de las cuales apenas el individuo 



— 201 — 


puede darse cuenta asimismo. Reflexionaba el Dr. 
cuán instable é inseguro es el destino de la criatura. 
Acompañado de su adorable familia, se dirigía á bus- 
car un asilo seguro y pacífico, bajo el cielo sereno y 
hermoso de Corrientes! Allí, feliz en cuanto puede 
serlo un proscripto; contaba ser útil en lo posible á 
aquel Pais tan nuevo aún, y emplear las luces natu- 
rales de su espíritu, y las adquiridas por el estudio, 
siempre en bien y adelanto de sus semejantes! 

— Al emprender su viaje, una fría confianza 
en la Providencia Divina, lo animaba; las mejores 

intenciones lo impulsaban en su marcha Y no 

obstante había caído víctima de la mas nefanda trai- 
ción, entre las manos del enemigo cruel, de la hu- 
manidad, y de su propia Patria! 

— Avellaneda estaba á su disposición, engri- 
llado é indefenso.... 

— El hombre, el individuo, era de Rosas! 

Aquella vida consagrada al bien de sus hermanos y 
de la sociedad, aquella vida presente del Altísimo 
estaba á la merced del asesino; y bastaba el mas 
simple gesto para aniquilar de un golpe la obra del 
Creador. 

— Al mismo tiempo que hacia estas reflexio- 
nes, sentía levantarse con toda la fuerza de la vo- 
luntad y de la razón; la libre convicción de su in- 
dependencia y soberanía, como espíritu* como alma 
que piensa y existe! Y ni los grillos, ni la prisión, 
eran bastante á encadenar la libertad de sus ideas! 
(no había yo leído todavía la teoría de libertad por 



J. Simón), y los ojos de aquel centinela que espiaba 
su menor movimiento, eran impotentes á penetrar 
los misterios del «yo» que solo el ojo de Dios es- 
cudriña y conoce! 

— Horrible aunque tenaz verdad ! contra la 

que se estrella el despotismo de los hombres ! 

Verdad que se burla de la esclavitud! de la tiranía 
y del ó dio de los tiranos! contra la Humanidad y 
la Libertad de la conciencia individual. 

— Una sonrisa de soberano desprecio, erró 
por los labios del preso. 

— Con todo de estas ideas, fué pasando por 
una transición natural, á otras que hicieron comple- 
tamente variar, la espresion de su fisonomía. 

— Su mujer y su hijo á quienes ya no tenia 
á su lado y que habían quedado solos y abandona- 
dos á bordo de la Balandra. 

— El recuerdo de otros dias mas felices, vi- 
no á su mente; empezó á echar de menos las tiernas 
y apetecidas caricias de aquellos dos caros objetos. 

— Sus imágenes queridas estaban delante de 
sus ojos, en sus oidos se repetía el eco de la voz 
dulce y penetrante de Adelaida, y la infantil y cari- 
ñosa de Adolfo. 

— Ecos tal vez que no tornaría á oir jamás! 
Seres de quienes para siempre le habían tal vez se- 
parado! — 

— Avellaneda era hombre! su corazón 

se partió de dolor y un impulso natural mas pode- 
roso que su orgullo, hizo caer de sus ojos una lá- 



— 203 — 


grima que se perdió en la sombría oscuridad de su 
prisión; quitándole á Rosas un triunfo cierto y de- 
seado por él. 

— ¡El llanto de un hombre libre! 

— En aquel momento una voz bien conocida 
de Avellaneda, la voz de uno de sus mas queridos 
amigos pronunció estas palabras como un suspiro: 

— ¡Ay Dios mió! 

— Avellaneda se puso de pié exclamando: 
hermano! casi al mismo tiempo la voz de ¡Avellane- 
da! y el ruido de las cadenas sacudidas siguió á es- 
tas exclamaciones. (') 

Dos hombres engrillados, dos víctimas de la 
tiranía se confundieron en un extrecho abrazo tan lar- 
go y efusivo como lo permitió el momentáneo olvido 
del sitió y de la condición en que se encontraban, 
después de muchos años de no verse. 

El hombre que no haya pasado por las angustias 
de las cárceles de Rozas no puede suponerse el pla- 
cer que experimentaron aquellos dos seres al encon- 
trarse encerrados por la misma causa y destinados 
á igual suerte en el horrible Pontón Sarandí. Porque 
los presos de Rosas, á diferencia de los de cual- 


O Hasta aquí llegó en su manuscrito la autora. 
Quedando trunca la obra, el editor lo ha terminado, de 
acuerdo con las indicaciones de una persona competente y 
conocedora de nuestra historia nacional, a fin de conservar, 
en lo posible, el carácter de novela histórica que tiene este 
trabajo. Se ha tratado, también, de conservar, el estilo de 
la autora. 



— 204 — 


quiera cárcel de los países civilizados, saben que al 
entrar en la prisión el mejor beneficio á que pue- 
den aspirar es una muerte rápida. No hay esperanza 
de salvación, porque Rosas, que es una higna, no 
se conmueve por un salvaje unitario; no hay tampo- 
co la más remota probabilidad de evadirse, porque 
Rozas cuenta con la mejor policía del mundo, como 
que se trata de hordas sedientas que el mantiene 
con la sangre y con el dinero de los unitarios, que 
habiendo sido declarados locos oficialmente no tie- 
nen derecho á administrar sus bienes, sino por me- 
dio de curadores y eso cuando Rozas no ordena la 
expropiación por causa de utilidad federal (*) 

El hombre con quién Avellaneda acababa de 
desahogar en un segundo seis meses dé sufrimien- 
tos y amarguras era el coronel Manuel A. Pueyrre- 
dón, guerrero de la independencia, distinguido por 


(*) Las confiscaciones forman la base económica del 
gobierno de Rozas Los impuestos son insignificantes en las 
Provincias unidas del Rio de la Plata, porqueras necesida- 
des del Estado no existen. El Estado es Rosas y á este le 
basta y sobra el dinero de los unitarios. 

A quienes duden que los unitarios han sido declarados 
oficialmente locos les recordamos un decreto, casi reciente 
del feroz fraile Aldao, teniente de Rozas en Mendoza. Este 
decreto, que lleva la fecha de 31 de Mayo de 1842, estable- 
ce: que ningún salvaje unitario podrá disponer de mayor valor 
de diez pesos, sin autorización del Jefe de Policio; ni hacer 
ningún contrato, ni ser testigo, á menos de que el caso sea 
urgente y que cerliflqne un facultativo que el juicio del uni- 
tario se ha restablecido algún tanto. 



— 205 — 


San Martin, de cuyo ejército regresó cubierto de 
heridas recibidas en homéricas batallas. El Coronel 
Pueyrredón pasaba entonces por uno de ios prime- 
ros guerrilleros argentinos y por el más practico en 
el arte de guerrear con los indios, por haber hecho 
diversas expediciones contra las tolderías, con el 
General Rodríguez y otros jefes. Como todos los 
hombres de algún valor era un decidido adversario 
de Rozas y aunque no habia manifestado publica- 
mente sus ideas contrarias al tirano, este, que hacia 
tiempo lo vigilaba, lo hizo prender y encarcelar en 
el pontón Sarandí, de donde no saldría, sinó para 
ser fusilado en el momento oportuno con el Dr. Ave- 
llaneda. ¡Dos ases unitarios fusilados en un día era 
la mejor fiesta que Rozas podía ofrecer á la Socie- 
dad Popular Restauradora! 



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CAPITULO XXX. 

La Fuga 


Estaba de Dios que Rozas no saldría esta vez 
con su gusto. Una mujer, había de deshacer todos 
sus planes y esa mujer fué Adelaida, la esposa del 
Dr. Avellaneda. 

Desde que Adelaida supo que contaba con el 
apoyo del Coronel Rojas y con el de su hermano, 
el bizarro Capitán Ramón Maza, no creyó perdida 
la causa de la vida de Avellaneda. Se propuso 
arrancarlo de las garras del tirano, ó sucumbir en su 
intento. Hizo entonces, esta noble mujer, uno de esos 
juramentos que cuando los ejecuta consigo mismo 
una alma fuerte llevan generalmente al éxito ó al 
heróismo. Sí Juana de Arco se inspiró en la divi- 
nidad de su misión y la realizó, Adelaida buscó 
fuerzas, astucia y medios en el amor á su marido y 



— 207 — 


en el cariño de su hijo á quien no concebía que 
tuviera que criar huérfano, y, como la heroina fran- 
cesa, esta heroica esposa salió triunfante en su em- 
presa, sin pagar con la existencia la temeridad de su 
propósito. 

Adelaida comunicó á su madre sus ideas y esta 
después de haber hecho esfuerzos de todo género 
para disuadirla, le recomendó que guardase reserva 
hasta para con su padre, el Dr. Manuel Vicente Maza. 
Adelaida que con su peculiar inteligencia se había 
dado cuenta que la base de su plan de operaciones 
era y debía de ser el más absoluto secreto, empezó 
á preparar su ejecución. 

¿Por donde dar principio á este plan descabe- 
llado ? 

Adelaida tuvo una inspiración. Recordó que una 
morena vieja que había sido su nodriza, podía por 
intermedio de sus parientes, servirle de espía ante el 
mismo tirano Rozas. 

Para que el lector se dé cuenta de como la 
intervención de una morena podía ser de tanta im- 
portancia para los proyectos de Adelaida, es nece- 
sario que sepa que el gobierno de Rozas, fundado en 
el espionaje, se vale de la delación de los esclavos 
y sirvientes de la gente decente, para estar al co- 
rriente de los mínimos detalles que ocurren en la 
intimidades del hogar de las familias que sospecha de 
inclinaciones unitarias , 

En esta verdadera inquisición, los negros des- 
cendientes de los cargamentos de esclavos africanos 



— 208 — 


vendidos durante el coloniaje, (’) desempeñan un 
papel prominente, porque constituyendo el elemento 
casi exclusivo del servicio porteño son los que están 
en condiciones de transmitir y delatar todas las no- 
vedades á Doña Encarnación Escuna la esposa de 
Rozas, y á la cuñada de este, D a . Josefa Escurra, la 
Torquemada de este nuevo Santo oficio que deja 
muy atrás por los medios y fines que persigue, á la 
Inquisición de Estado que en la Edad Media orga- 
nizaron los Dux de Venecia. La autora señala 
estos hechos vergonzosos á la execración de la 
América y del mundo! 

Los negros que no están colocados en casas 
particulares viven en comunidades, que llaman pue- 
blos, situados en los barrios de extramuros,- conser- 
vando sus usos y costumbres africanas y hasta el 
aparato de un reyezuelo para cada grupo de fami- 
lias del mismo origen. Estos pueblos de negi*os ado- 
ran á Rozas que, á la verdad, les dispensa toda cla- 
se de favores y les acuerda su más ilimitada con- 
fianza, en lo que no se engaña, pues se sabe que 
es la fidelidad uno de las características de la raza 
africana. 


(*) La ley de la Asamblea general de 1813 que de- 
cretó la libertad de vientres y la libertud de los esclavos de 
otros países que se introduzcan á la República, ha caido 
en desuso, en una parte, y ha sido dejada sin efecto, en 
otra, por reclamaciones de los estados limítrofes, princi- 
palmente el Brasil. Todos los dias se anuncian ventas de es- 
clavos en los diarios de Buenos Aires. 



— 209 — 


El pueblo bajo', compuesto en buena parte por 
negros y mulatos, está conforme con Rozas como lo 
estuvo en la Roma de los Césares con Claudio, con 
Nerón ó con Caligula. 

Adelaida habló con la morena, la enteró de su 
pensamiento, le habló de su infancia que ella había 
alimentado en sus senos de nodriza y la noble escla- 
va le prometió su ayuda: «Amita, le contestó, sé 
que lo que vuestra merced quiere hacer es imposi- 
ble, pero disponga de la vida de su esclava y haré 
lo que me mande». 

Quiero, ante todo, que me digas, Marica, si en- 
tre tus parientes hay algunos que tengan entrada á 
la casa de Rozas y que sean capaces de enterarse 
de lo que allí pasa. Tengo, contestó Marica, al hi- 
jo de Carlos, quo es asistente del señor Edecán Cor- 
balán y á varios sobrinos (*) que sirven á D a Josefa 
en asuntos de confianza que les encarga. 

Pues bien, dijo Adelaida, quiero que vayamos 
ahora mismo á ver á tu ~nieto. el hijo de Carlos, para 
preguntarle quien es el encargado de suministrar las 
provisiones para los presos del Pontón Sarandí. 
Préstame una pollera añadió Adelaida, yo traigo un 
pañuelo grande; quiero vestirme en forma que no 
desconfíen de mis intenciones. Es posible además, que 


( x ) Enii *c los morenos es costumbre 'Humor tic.* 
lodos los de su clase que llegan ó lo vejez. 

Los Misterios del Plata . 



— 210 — 


el General Corbalán, por más que es un desgracia- 
do, llegara á reconocerme. 

Adelaida vestida con una tosca pollera de ba- 
lleta y uno de esos grandes pañuelones que usan en 
Buenos Aires las mujeres de la clase que, sin ser 
proletaria, puede llamarse trabajadora, se encaminó, 
con la morena Marica, á la cása de Rozas, nada 
menos. 

Dio la casualidad que Celedonio, el asistente en 
en cuya busca iban, se encontraba en ese momento 
sentado solo, junto á un brazero tomando mate 
amargo, ó verdeando , como llaman los paisanos al 
acto de servirse el mate sin azúcar. * 

Celedonio era un mocetón simpático, con algu- 
nas cruza de raza blanca, porque más bien que ne- 
gro era pardo ó mulato, aunque predominaba en él 
la sangre africana. Celedonio se paró inmediatamente 
descubrió su cabeza, (á pesar de estar con Kepis’ 
y pidió, con esa respetuosa humildad peculiar de la 
gente del pueblo, <la bendición agüelita*] recibiendo 
la obligada contestación de i Dios lo haga giieno 
hijo*. 

Enterado Celedonio de lo que deseaba saber, 
aunque ignorante completamente de los proyectos 
de la Sra. de Avellaneda, dió á esta los informes 
que por el momento precisaba. 

Supo Adelaida que esa misma noche debían 
bajar á tierra Mister Anderson y Mister Dick, los dos 
jefes del Pontón Sarandí, por orden de Rozas y que 
quedaría á cargo de la flotante prisión el tercer 



— 211 


Comandante, un jóven oficial llamado Conclair que 
por los datos de Celedonio, era uno de los ofi- 
ciales más buenos y valientes de la guarnición de la 
Capital. Averiguó, también, que el dia siguiente á las 
10 de la mañana, conducirían en un bote de la capi- 
tanía, provisiones de boca y municiones destinadas 
al Pontón. 

Adelaida volvió á la casa de Marica y con pas- 
mosa actividad entró en plena campaña libertadora. 
Compró una cantidad de pan, tabaco y papel de ci- 
garrillos; con maestría, que envidiaría el más exper- 
to, colocó déntro de dos de los panes papeles escri- 
tos enterando al Dr. Avellaneda de sus propósitos 
y escribió en algunos de los papeles de cigarrillos 
(que llenó de tabaco y armó perfectamente la more- 
na Marica), lo que no había podido decir en los pa- 
nes mensajeros. 

Celedonio que por indicación de Marica se 
reunió con las conspiradoras, tan pronto como es- 
tuvo franco de servicio, fué encargado, mediante 
protestas de que solo se trataba de proporcionar 
buen alimento y buen tabaco al Dr. Avellaneda, de 
entregar la encomienda al prisionero del Pontón. 

Llegado el pequeño contrabando á su destino, 
■no sin ser notado por el hábil ojo del jefe acciden- 
tal Conclair, que fingió, sin embargo no verle ó no 
darle importancia, el Dr. Avellaneda pudo ponerse 
al corriente de los atrevidos proyectos de su mujer 
que se reducían á lo siguiente: Catequizar á Con- 
clair, aprovechando la ausencia de Anderson y de 



— 212 — 


Dick, si era posible, y en este caso, ó sin esa circuns- 
tancia conseguir una orden de Rozas, ó falsificarla, 
que indicara al jefe del Pontón que el preso debía 
trasladarse á la cárcel de la Ciudad para, una vez 
obtenida la entrega, fugar al extranjero. 

El Dr. Avellaneda suponía que Adelaida no se 
abandonaría en brazos de la desesperación. Sabia 
también que algunos de sus amigos, como el Coro- 
nel Rojas y su cuñado Ramón Maza habían de in- 
tentar algo por salvarlo. Esta convicción unida á 
un presentimiento halagüeño, á un no sé que inesplica- 
ble que en ciertas ocasiones hace anticipar á la ale- 
gría ó á la tristeza que nos suscitan motivos tristes 
ó alegres, hicieron que Avellaneda tuviera la intui- 
ción de que en ese pan y esos cigarros estaba el 
secreto de su libertad. 

El Dr. Avellaneda se enteró del plan de Ade- 
laida y aproximándose al Coronel Pueyrredón le dijo 
casi sobre el oído: «es demasiado inteligente y 
enérgica mi mujer para rendirse al cúmulo de ad- 
versidades que sobre ella pesan, prepara nuestra 

evasión»! 

El Coronel Pueyrredón desde que Conclair es- 
taba á cargo del Pontón se veía frecuentemente y 
hasta conversaba largos ratos con el Dr. Avella- 
neda pero no pudo menos de manifestar su incre- 
dulidad ante las ésperanzas de éxito de su compa- 
ñero. No, Doctor, le replicó Pueyrredón, no nos ha- 
gamos ilusiones, • de aquí saldremos para el patíbulo, 
no le quepa duda; los que es yo, añadió, si me sal- 



213 — 


vé milagrosamente de las lanzas de la gente de Ca- 
rrera en la batalla del Médano, donde perdimos al 
General D. Bruno (Morón), no espero salvarme de 
aquí y lo -único que deseo es que nos cuelgen de 
una vez, lamentando, de todo corazón, que no esté en 
mis manos evitar el triste honor de ser fusilado jun- 
to con Vd. Doctor. 

En cuanto á mi, dijo tranquilamente Avellane- 
da, moviendo resignado el entrecejo, no me asusta 
la muerte, he procedido siempre bien y si siento 
morir en este momento, es por la razón que daba 
Sófocles, si mal no recuerdo, de que lo peor no es mo- 
rir. sino no poder morir cuando y como se quiere. 
Sólo me preocupa una cosa, Coronel, y es no poder 
contribuir á la reacción enérgica y sangrienta que 
forzosamente ha de iniciarse contra Rozas y no ha- 
ber tenido el tiempo necesario, ni la suficiente edad 
mi hijo Adolfo, para morir con la convicción de que 
sabrá querer y defender á su patria, odiar al tirano 
y vengar los ultrajes que este ha inferido á la Na- 
ción, guiado por el amor á la memoria de su padre. 
Si Adelaida me sobrevive algunos años, el porvenir 
de Adolfo está asegurado, pero si mi pobre compa- 
ñera falta ¿que será de ese niño huérfano, rodando 
por países extraños ó viviendo pária en la tierra 
que ha nacido? Llegado á este punto de la conver- 
sación, el Dr. Avellaneda, había perdido su sereni- 
dad, ocurriéndole uno de esos dobles estado de áni- 
mo, tan frecuentes como contradictorios en aparien- 
cia, pues al mismo tiempo que las manos de Avella- 



— 214 — 


neda se crispaban de impotente corage contra Rozas. 
Abundantes lágrimas humedecían los ojos del Patrio- 
ta que había imáginado en ese instante á su mujer 
y á su hijo vagando desamparados hacia la muerte; 
ó peor aún. hacia el abismo de la miseria, víctimas 
de la barbárie del tirano argentino. 

El Coronel Pueyrredón guardó respetuoso silen- 
cio y en un momento oportuno cambió la conversa- 
ción en el sentido de dar por factibles los proyectos 
libertadores de Adelaida. 

La esposa del Dr. Avellaneda obrando con rapi- 
dez inconcebible en otra persona que no hubiera sido 
ella y no hubiera tenido su interés, había logrado 
contar si no con el asentimiento, por lo menos con la 
complicidad del Mayor Conclair, quien visto por el 
Sr Haymes, fiel amigo del Dr. Avellaneda y muy intimo 
de Rojas y Ramón Maza, llegó, en un transporte de 
entusiasmo, á confesar que el servicio de Rozas le 
repugnaba y que si bien había creído hasta enton- 
ces obra de patriotismo servirlo en los conflictos 
con el extranjero, estaba decidido á seguir, si nece- 
sario fuera el camino del ostracismo, separándose 
de la carrera militar. 

Por medio de Haymes, Conclair comunicó á 
Adelaida el dia en que probablemeute Rozas firma- 
ría la orden para que los presos del Pontón Sarandi 
fueran trasladados á la cárcel de la Ciudad. 

Desconfiando Rozas de Anderson y de Dick, 
llamó al mismo Conclair y le previno que al otro 
dia á las 3 de la tarde viniera personalmente ó manda- 



— 215 


ría á uno de sus oficiales á buscar la-ordén de tras- 
lado de algunos presos. 

Rozas estaba nervioso, furibundo, porque le ha- 
bían hecho creer ó se había creído, que los unitarios, 
dirijidos por Rivadavia desde un pueblo de la campaña 
oriental, mantenían relaciones y tramaban una cons- 
piración ayudados por el Mariscal Santa Cruz, Pre- 
sidente de la Confederación Perú-Boliviana. 

Los periódicos de Rozas, cuya monotonía es 
peculiar, ocupaban entonces sus columnas vomitando 
injurias contra Rivadavia, los unitarios y Santa Cruz 
y publicaban largas listas de suscripciones en dinero 
y en especie encabezadas por los empleados de to- 
dos los pueblos para ayudar, decían las notas de 
remisión, á sufragar los gastos de la santa causa de 
la federación contra el tirano Santa Cruz. 

La amenaza de los unitarios impedía á Rozas 
enviar fuerzas al Norte, donde el Gobernador Here- 
dia, de Tucumán. preparaba unos cuantos gauchos 
para invadir Bolivia en combinación con la expedi- 
ción al Perú que debia organizar el gobierno de 
Chile, aliado de Rozas. 

La «Gaceta Mercantil» aseguraba que el Res- 
taurador tenia, en sus manos una carta del ex-presiden- 
te Rivadavia al Mariscal Santa Cruz, que comprobaba 
la traición á la patria que intentaban los unitarios, 
añadiendo -que. (siempre según la supuesta carta,) 
se tramitaba la disgregación de la Confederación 
Argentina, dividiéndola en tres partes: Tucumán, 
Catamarca, Salta. Córdoba y otras provincias del 



— 216 — 


interior por un lado; Santa Fé, al Entre-Rios y Co- 
rrientes por otro; dejando á Buenos Aires en poder 
de Rozas. 

En esta situación se puede suponer la suerte 
que le estaba decretada al Dr. Avellaneda. 

A la hora señalada para salir de la casa pater- 
na, Adelaida tuvo una contrariedad que pudo hacer 
fracasar su plan. Siendo ya tarde entró de visita 
una copetuda y sospechosa familia federal, que ma- 
nifestó intenciones de permanecer un largo rato en 
la quinta de Maza. 

Adelaida conversó como si tal cosa con las 
visitantes y habló en forma tan natural que nadie 
hubiera, ni siquiera imaginado, que aquella- mujer 
iba dentro de breves horas á ser la heroína de uno 
de los episodios más curiosos que relatará el futuro 
historiador de esta época de singular anarquía. 

Pasando el tiempo y no yéndose las visitas, A- 
delaida hizo presente que le atacaba una muy fuer- 
te jaqueja que le obligaba á pedir permiso para re- 
tirarse á su dormitorio, como efectivamente lo hizo. 

Adelaida, no tuvo el gusto de dar á su que- 
rida madre el, tierno y filial beso de despedida y su 
pobre madre, que sabia el verdadero objeto de la 
retirada de su hija, tuvo que seguir cumplimien- 
tando á sus importunas visitantes! ¡Cuantas torturas 
morales semejantes en las familias argentinas deben 
su causa á Rozas! El hogar paterno de Adelaida se 
vería pronto enlutado y ensangretado por el asesi- 



— 217 — 


nato del Dr. Maza y el fusilamiento de su hijo Ra- 
món! f 1 ) 

El Dr. Maza, no obstante sus opiniones poli- 
ticas totalmente contrarias á las de su yerno el Dr. 
Avellaneda, estaba ligado á este por afectos de a- 
mistad y sobre todo, por el cariño de Adelaida. Es 
indudable que el Dr Mazá influyó con el caballero 
inglés Mr Haymes 3' con el oficial Conclair para 
ayudar al plan de evasión ideado por su hija. Esta 
circunstancia, unida á otras, contribuyeron á que 
Rozas se decidiera á privarse de sus sumisos servi- 
cios, mandando asesinarlo, según unos, dirigiendo 
directa y personalmente el asesinato, según otros. 

Adelaida se dirigió á casa de la fiel Marica, se 
vistió de militar, se colocó un kepis de Capitán, bi- 
gote postizo negro, botas granaderas, sable y una an- 
cha capa que envolviéndola completamente disimu- 
laba su cuerpo de mujer. • 

Acompañada de Mr. Hay n es y de su hijo se 
dirijió á la alameda, donde esperó impacientemente 
que atracara una ballenera preparada al efecto con la 
complicidad del generoso Conclair. Esos momentos 
de espera parecieron siglos á Adelaide¡ cuantas 
preocupaciones, desfallecimientos, esperanzas asalta- 
ron su mente! (*) 


(*) El 27 de Junio de 1839 era asesinado por la mazhorca 
Dr. Manuel Vicente Maza, en la secretaria de la sala de Represen- 
tantes, de que era presidente y el dia siguiente, era fusilado su hijo, 
el Comandante Ramón Maza. 



218 — 


Por fin llegó la ballenera tripulada por cuatro 
robustos marineros, y se embarcó en ella Adelaida 
con el niño Adolfo. Serian las 10 de la noche del 
Martes 5 de Septiembre ( l ) 

Amarrada la ballenera al Pontón, el supuesto ofi- 
cial presentó á Conclair una orden de Rozas, de pu- 
ño y letra del tirano, ordenando la entrega al por- 
tador de los salvajes unitarios Avellaneda y Pu- 
eyrredón. Conclair hizo llamar al oficial de guardia, 
le enseñó la orden superior y, ante la suspicacia 
reserva del oficial que se permitió indicar la con- 
veniencia de custodiar los presos con un destaca- 
mento de las fuerzas del pontón, Conclair le res 
pondió que no era necesario, porque él personal- 
mente haria la entrega de los presos. 

Con no poca dificultad á causa del peso dé 
los grillos y de la estenuación que trae consigo la 
prisión, efectuaron su trasbordo Avellaneda y Pue- 
yrredón. El primero habia reconocido á su mujer 


(*) La persona que ha suministraba ios datos necesarios al 
editor de esta obra para terminarla, prepara un folleto relatando este 
episodio histórico, en el que probará que la fuga dei Dr. Valentín Al- 
, sitia, que como se sabe, es el héroe de esta novela, tuvo lugar el T> 
de Setiembre de 1837 y no en igual época del año 18:15 como ha di* 
cho erróneamente el Sr. Enrique Sánchez, biógrafo de Adolfo Alsina, 
induciendo en él mismo error cronológico á los que se han basado en 
sus informaciones. 

A fin de no jteijudicar la intención y plan de la obra el edi- 
tor se vé en la necesidad de no poder ser siempre rigurosamente his- 
tórico. 



219 — 


y contenia á duras penas su emoción. Adelaida mi- 
raba á Conclair tratando de penetrar hasta el al- 
ma sus verdaderas intenciones. El niño Adolfo no 
se veia en la ballenera y su ausencia inquietaba al 
Dr. Avellaneda que temía no poder contener su le- 
gitima ansiedad. 

La ballenera se puso en movimiento con rum- 
bo al Retiro, ó sea la Ciudad. Avellaneda perdió 
gran parte de sus esperanzas y Pueyrredón tosió bajo 
como indicando que triunfaban sus vaticinios pesi- 
mistas. 

¡Solemnes momentos aquellos, que difícilmente 
se pueden repetir! 

Alejada la ballenera aigo más de una milla del 
pontón el Mayor Conclair ordena virar á los marine- 
ros y que se dirijan hacia el Este. 

¿Regresamos al pontón, Sr Comandante, se 
atrevió á preguntar el Dr. Avellaneda? «He ordena- 
do rumbo á la Colonia Oriental, replicó Conclair; 
si Dios nos ayuda mañana estarán Vds. libres en 
tierra extranjera y deberán la libertad á esta heroica 
mujer qne ha sabido no sólo prepararles la evasión 
sino, lo que es más difícil aún, ha sabido convencer- 
me, hasta el punto de que, ya lo ven, me embarco 
fujitivo con Vds, dispuest© á poner entre Rozas y mi 
persona, el Rio de la Plata. Sin embargo añadió, ni 
una palabra más, hasta que no hayamos dejado bien 
lejos al pontón t. 

Avellaneda no pudo contener su emoción y sus 
ojos se anegaron con lágrimas de ternura y gratitud 



— 220 — 


á la vez que el Coronel Pueyrredón le apretaba fuer- 
temente la mano en señal de alegría y como satis- 
facción á su reciente incredulidad. 

Alejados del pontón, Avellaneda abrazó á su 
esposa yá Conclair y preguntó inmediatamente por 
Adolfo. Una indicación de silencio dada por Con- 
clair apagó la voz de los pasajeros de la ballenera 
al mismo tiempo que Adelaida tendía la mano de 
su esposo y le hacia tantear la cabeza del hijo 
que buscaba y que desde el principio de esta esce- 
na había estado completamente oculto bajo los 
pliegues de la capa militar de la madre. 

Por fin después de asegurarse que estaban 
completamente salvos, la familia Avellaneda, Concia^ 
y Pueyrredón se entregaron á los mayores transpor- 
tes de alegría. Los presos, ya sin los mortificantes 
grillos se paraban y sentaban alternativamente como 
para convencerse de que eran materialmente libres. 

El Dr. Avellaneda pasados los primeros momen- 
tos de natural expansión, preguntó por el gaucho Mi- 
guel y el viejo Simón, que tan noblemente se con- 
dujeron en la primera tentativa de evasión. He pro- 
visto á su suerte, se apresuró á decirle Adelaida; 
han ido á trabajar de peones en la Estancia de D. Ma- 
nuel Rico, en Dolores, y alli estarán completamen- 
te tranquilos pues Rico, que en el fondo de su 
corazón es antirosin (‘) pasa por un buen federal 


(*) Los unitarios llamaban «rosines* á los partidarios de Rozas 



— 221 


desde que se ha apresurado á mandar á Rozas la 
lista de una suscripción levantada entre los veci- 
nos del Partido para contribuir á los gastos de la 
guerra contra Santa Cruz. 


CAPITULO XXXI 

Conclusión 


Atracada la ballenera al puerto de la Colonia 
- del Sacramento los viajeros desembarcaron en tierra 
amiga, porque aunque dominante todavía Oribe en 
el Uruguay, el poder de este tocaba á su fin, des- 
truido en lucha tenaz y sangrienta por el partido 
revolucionario del General Fructuoso Rivera que, va- 
liente y astuto, aunque gaucho é ignorante, batallaba 
con éxito hábilmente auxiliado por los jefes argen- 
tinos emigrados. El General Juan Lavalle que tan 
heroica cuanto desgraciadamente ha sostenido ' la 
causa de la civilización hasta inmolar su vida para 
conseguir destruir la tiranía de Rozas, acompañó á 



— 222 — 


Rivera en toda su campaña contra Oribe, habiendo 
hecho con él. según se asegura, un pacto de alian- 
za que continuaria contra el déspota argentino una 
vez derrocado su congénere uruguayo. Sin embargo, 
la emigración argentina sabe como se cumplió ese 
pacto! 

Llegados á Montevideo á los cinco ó seis dias 
de haber desembarcado en la Colonia, el Dr. Ave- 
llaneda, Pueyrredón y Conclair se presentaron inme- 
diatamente á la Jefatura de Policía para registrar 
sus pasaportes, previa fijación de domicilio y amenaza 
de ser expulsados en cualquier momento. El Dr. 
Avellaneda empezó de nuevo la vida del ostracismo, 
que ya le era conocida. « 

La derrota del Palmar y su inmediata conse- 
cuencia la Paz de Miguelete pusieron fin al gobier- 
no de Oribe que renunció el mando, en apariencia 
resignado y patrióticamente impulsado, pero con el 
ánimo evidente de vengarse cruelmente de sus ad- 
versarios políticos. Inmediatamente, en efecto, de ce- 
lebrada la paz, Oribe se embarca con sus principales 
secuaces en el bergantín inglés Spavao y desem- 
barca en Buenos Aires para ponerse á las órdenes 
de Rozas de quien es desde entonces instrumento 
vil y sanguinario tanto en la República Argentina- 
como ante los muros de Montevideo que hoy in- 
tenta en vano poder atravesar. 

/ La furia de Rozas no tuvo límites al saber la fu- 
ga de Avellaneda y sus compañeros de evasión y 
desde entonces decretó la muerte del Dr. Maza y 



223 — 


de su hijo Ramón, cobardemente asesinado aquel y 
fusilado este, por la mazorca capitaneada por Salo- 
món. 

Desde la fuga de Avellaneda las turbas de Ro- 
zas han añadido un nuevo grito á los muchos que 
traslucen su entusiasmo federal: Muera el pardejón 
Rivera! es la frase de uso en las manifestaciones 
restauradoras de Buenos Aires, ya que no tiene ob- 
jeto pedir la muerte «del asesino Juan La valle» que 
la fatalidad ha decretado, privando á su patria y á 
la América del corazón más generoso y del adalid 
más brillante de la libertad de este continente. 


existencia 


El Dr Avellaneda consagra su existencia á 
ta^parar los elementos que han de concluir algún 
con el tirano de Buenos Aires y en Montevi- 
dm su inteligencia contribuye á la heroica defensa 
qt® opone el último refugio de la civilización del 
Rio de la Plata. 


Considerado y respetado por todos, el Dr. 
Avellaneda es el mas caracterizado de la emigración 
argentina; es el hombre de confianza del Sr Joa- 
quín Suárez, el benemérito presidente de esa repú- 
blica reducida á los muros de una ciudad. 


Los mas grandes contrastes, el asesinato de 
miembros de su familia en Buenos Aires, la suerte 
siempre desgraciada de las armas unitarias, á pesar 
del lampo de esperanza que reflejó Caaguazú, no 
han sido causas bastante poderosas para quebrar el 
ánimo del Dr Avellaneda, fortalecido, es cierto, por 
la entereza de su fiel consorte, Adelaida. 



— 224 — 


Para terminar, diremos, que aquellos dos rudos 
campesinos que tan lealmente se condujeron con el 
Dr Avellaneda, han sido victimas de la lucha contra 
Rozas, pereciendo ambos, brava, aunque anónima 
mente — como perece siempre el soldado — en la 
infausta jornada del Quebracho Herrado, lanceado 
Simón, según parece, al cubrir la retirada del Ge- 
neral Lavalle y degollado Miguel, después de haber 
contribuido á la homérica resistencia de la infante- 
ría del Coronel Diaz y decaído prisionero de gue- 
rra de las hordas del titulado presidente Oribe. 


FIN